Mi ángel de la nieve 22
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Había escuchado el grito de su padre varias veces y juraba haberle entendido el nombre de su hermano. Tenía el pecho acelerado y no solo por cargar el peso de Morgan. No habían encontrado a Steven ni a Jacob, solo trampas vacías, una de ellas activada. Animal o humano se habían podido escapar.

Pero el grito de su padre le helaba la sangre. Hakum no estaba bien.

Morgan seguía pidiendo que lo dejase allí cada vez que había un ascenso en el relieve.

No recordaba haber echado en falta tanto a sus perros y su moto de nieve.

Solo esperaba que a Aurora no se le hubiese ocurrido la locura de acudir al bosque en un intento suicida de ayudar en algo.

Porque ya no le quedaban recursos ni fuerzas de abarcar más.

Los Ballahios cada vez usaban trampas más complejas y hasta él podría caer en alguna.

Al menos ahora comenzaba a situar las falsas acampadas, ninguna era real.

Le sorprendía lo bien que los conocían los Ballahios, sabía que nadie de los antiguos del pueblo resistiría en detenerse en un montículo de correas, o ropa, o cuerdas. Iban a por ellos de mala manera.

Seguía la línea acercándose hacia dónde se había escuchado el grito de su padre, pero era una zona alta y no podía ascender tanto cargando a Morgan, tendría que ir por debajo.

Vio las luces de unas linternas y se agazapó enseguida, casi perdiendo el equilibrio por el peso de la espalda. Quizás él no era lo único que había atraído los gritos de su padre. Y eso era lo que temía desde la primera vez.

—Es Steven —le dijo Morgan y Bjorn volvió a erguirse—. Y Jacob.

Aceleró el paso todo lo que le permitieron las circunstancias y a media distancia ya podía escuchar sus voces.

—No pienso sacarlo de ahí y tener que cargar con ese maldito hijo de puta. —Oyó la voz de Steven.

Y a pesar de la oscuridad y la leve niebla, supo a quien se refería con aquel calificativo.

—Steven —Morgan gritó con fuerza y los hombres lo escucharon.

Vio la silueta de un hombre encogido por algún tipo de dolor, y otro algo más erguido sirviendo de apoyo. En unos pasos más pudo ver que era Steven el que se apoyaba en Jacob, que no parecía tan herido.

—¡Bjorn! Dios bendito. —Era la voz de Jacob. Supuso que estaría tan exhausto como él de soportar a un Steven lisiado por aquel terreno.

—¿Estáis bien? —preguntó en cuanto llegó a ellos.

—El brazo y la pierna —dijo Steven bajando la cabeza hacia su pierna izquierda—. Caí en una de esas mierdas.

—Pude sacarlo de una de las cuevas trampas de abajo, pero tu hermano está ahí adelante. —Oyó decir a Jacob—. Y no responde ni se mueve.

Se sobresaltó con una sensación de terror que no estaba acostumbrado a recibir.

—¿Dónde? —Se apresuró a desengancharse de Morgan.

Liberar el peso que había llevado durante tanto tiempo le hizo parecer ligero y dispuesto a lanzarse por la primera colina.

—No tenía cómo sacarlo —le dijo Jacob—. Pero creo que alguien está descendiendo desde arriba.

—Y yo no pienso mover un dedo con ese hijo de la grandísima…

—Ya —lo cortó Jacob.

No podía culpar al padre de Maggie por hablar así. Pero tenían que sacar de allí a su hermano. Aunque ya no sabía cómo podrían transportarlo. No podrían, solo les quedaría esperar a que alguien acudiese a ellos.

Echó a correr hacia donde le habían dicho. Esperaba un agujero de piedras, pero no, era una cuenca de nieve, ni siquiera necesitaba cuerdas. Supuso que Jacob también tendría algo roto y eso complicaba aún más que pudieran moverse. Él solo podía cargar a uno y ya eran cuatro con Jacob los heridos.

—¡Hakum! —lo llamó, pero su hermano no respondía. Era una suerte que no hubiese resbalado más por la pendiente, el terreno se acababa y abajo solo había más roca.

Aun así no estaba seguro de que estuviese vivo.

—Bjorn —lo oyó murmurar.

—¡Hakum!

Le brillaron los ojos al escucharlo responderle, al menos estaba consciente ya.

Se amarró las correas con rapidez para protegerse de la pendiente y las enganchó en el primer árbol. Dio las zancadas más grandes de su vida camino a su hermano, ni siquiera sabía de donde había sacado las fuerzas para hacerlo, como si no hubiese estado cargando con un hombre todo el camino.

—Voy a por ti —le dijo a su hermano.

Vio que Hakum alzaba la cabeza, se había golpeado y la sangre le caía por la frente y la cara. Aparte de que la postura de una de sus piernas apuntaba a imaginar que estaba rota.

Pero estaba vivo.

—Hermano. —Llegó a él y le cogió del cuello para que dejase caer la cabeza. La herida era una brecha considerable en un lado.

—La pierna —le dijo Hakum.

—Ya la veo —le respondió con cierta ironía—. Pero nos vamos a casa a curarte, ¿vale?

Vio que Hakum había sacudido la cabeza levemente.

—Ni siquiera te veo bien.

Tiró de Hakum para desplazarlo y lo oyó gritar. Tenía la pierna rota enganchada con algo.

Unas cuerdas y un gancho, ahora entendía por qué la nieve manchada de sangre abajo.

—Joder. —No pudo evitar decirlo al ver la herida de su hermano.

—Voy a matar a todos esos hijos de puta. —Su hermano tenía pocas fuerzas, pero las suficientes para ser él.

—Te va a doler —dijo sacando una navaja. Podría cortar las cuerdas enredadas, pero el gancho que se había clavado tendría que sacárselo de alguna manera. Los Ballahios no solo querían hacerlos caer con las trampas, sino provocar heridas y desgarros si se salvaban. Unos auténticos miserables.

El grito de su hermano fue fuerte a pesar de que Bjorn fue rápido. Hasta él estuvo a punto de maldecir a los Ballahios y lanzar la misma amenaza que Hakum.

—Ya —le dijo envolviendo la herida con la propia ropa rasgada, pero no era suficiente. Tendría que hacerle un vendaje mejor para que pudiese aguantar el tiempo hasta llegar al centro médico del pueblo.

—Dios, qué dolor. —Hakum se había movido su propio abrigo.

—Agárrate, anda —le dijo y su hermano le rodeó el cuello.

Logró ponerse en pie. Pero su hermano no era Morgan, un cuerpo joven y musculoso era mucho más pesado que el de un señor de cierta edad. No tenía ni idea de cómo iba a llevarlos a todos de vuelta.

Unas nuevas linternas se vieron cerca de donde estaba Jacob. El mono rojo no era el mejor para adentrarse en el bosque con los Ballahios cerca, pero supuso que Vilma no había caído en eso.

—¡Bjorn! ¡Hakum! —La oyó gritar.

Las dos hijas de Housen corrieron hacia ellos. Y si ellas habían descendido hasta allí, significaba que el resto de la batida no estaban lejos. Hakum estaba perdiendo mucha sangre y no podían esperar.

—Ayudad a Jacob y a Steven —les dijo cuando vio la cara de las hermanas al ver la pierna sangrando de Hakum, además de su cabeza.

Pero ya no tenían más manos para Morgan.

Expulsó el aire viendo cómo le estaba superando poco a poco no poder abarcarlos a todos.

Dejó a Hakum en el suelo.

—¡Esos hijos de puta! —Era la primera vez que veía a Hakum llorando del dolor desde que eran niños. Aquello tendría que estar sobrepasando su límite.

Se ató a Morgan a su espalda tal y como lo había llevado antes. Con Vilma y con la otra chica Housen no podía contar, ya se estaban encargando de los otros dos heridos.

Así que solo quedaba él para Hakum y Morgan. Y no pensaba fallarles.

—¿Dónde está mi padre? —les preguntó a las Housen.

—Estará rodeando la colina.

Iban a salir de aquella.

Cogió en peso a Hakum, que volvió a gritar con fuerza, y con su grito se unió el sonido de una jauría de perros. Pero no eran los perros de los Housen ni los de su padre.

Eran los suyos.

¿Aurora se había atrevido a hacer una locura? Solo complicaría el rescate.

Entornó los ojos y vio los faros dobles de su propia moto seguida de una más. La moto de Tom, y eso sí le alegró sobremanera.

Fue Blum el primero en aparecer en la niebla. Y se alegraba enormemente de verlo, llegarían a casa con la rapidez que necesitaban.

Vio tras Tom una melena clara recogida en una trenza, pero su destreza no era la de una novata. No era Aurora. Era su tía Agnes.

La tranquilidad absoluta de saber que aquella joven por una sola vez había hecho lo correcto, hizo que la alegría de verlos aumentase.

Tom enseguida dirigió su mirada hacia Hakum y emblanqueció.

—Dios bendito. —Saltó de la moto para bajarse cuando apenas se detuvo el motor y corrió a sostener a Hakum.

Agnes tardó algo más en bajarse, pero su mirada se detuvo de inmediato en él y en el hombre que llevaba atado a la espalda. Y la vio esbozar una leve sonrisa al verlo cargar a Morgan.

—Tenemos que irnos rápido —dijo Tom—. Los Ballahios no andan lejos. Han escuchado a tu padre.

—Blum ha sido de gran ayuda —dijo Agnes mirando al perro—. Los detectó antes que el resto. Nos hubiesen visto.

Era una suerte que la moto de nieve de Tom llevase un remolque o quizás él sí iba preparado para lo que los Ballahios solían liar cuando se acercaban al pueblo.

Él no había vivido los malos tiempos como Tom o su padre.

Pero solo le hizo falta una noche para comprobarlo.

Y solo era el inicio, aquello iría a más.

Más frío, más nieve, un oso con más hambre y unos Ballahios cada vez mejor preparados. ¿Qué buscaban? Control y dinero, su pueblo era el que mejor funcionaba, el más grande, el de familias más resistentes y con menos miedo.

Y habrían decidido ir a por todas.

Habían aguardado como alimañas, durante años, para darles el golpe final como solía decir su padre. Llevaba años advirtiéndolo.

Soltó a Morgan y lo ayudó a subirse a la moto de Tom mientras este colocaba a Hakum en el remolque, su hermano dio otro alarido.

—Maldita sea, eres un hombre —le dijo Tom con tono autoritario—. Atraerás a las hienas del valle, esos malditos Ballahios. —Acabó de atarlo—. Y no estamos en circunstancias de enfrentarlos.

Los tres perros marrones de Tom se habían entremetido con los suyos en una manada única, uno de los de Tom era padre de Zuko, y aunque ya no lo supieran, siempre tuvieron un vínculo especial.

El sonido en las piedras altas lo hizo sobresaltarse y alzar la vista enseguida. Juraba haber visto una silueta, no estaba seguro si animal o humana. El sigilo de cualquiera de los Ballahios estaba al nivel de un animal del bosque.

Tom también lo había oído y se había apartado a observar mejor. Bjorn lo siguió mientras el resto se repartía entre ambas motos.

—¿Puede ser que huelas a ella? —preguntó y frunció el ceño al escucharlo. Tom era la única persona del pueblo que podría conocer el bosque y sus habitantes mejor que él. Más años entre aquellas piedras, algún que otro oso, tres Kyrax contando al nuevo y esas alimañas de los Ballahios.

Bjorn bajó la mirada hacia su abrigo.

—Sí. —Era suficiente su olor impregnado en él.

—No lo esperaba tan grande —susurró Tom e hizo una mueca que no supo bien cómo interpretar, si era por un golpe de suerte o por terror.

Bjorn no había podido verlo, pero lo había visto cerca de Aurora y junto a la menuda chica su tamaño se hacía de una tremenda bestialidad mitológica.

—Parece que los espíritus del bosque no nos han abandonado del todo —añadió Tom dándole una palmada en el hombro para regresar con rapidez—. Hay que ayudar a Aurora o no será ninguna ventaja para nosotros.

Bjorn alzó la mirada hacia las rocas altas sabiendo que ya no habría ni rastro de él. De toda la gente que podría encontrarse en el valle, él prefería a alguien con total desconocimiento. Pero ante eso no podrían hacer nada. Solo ayudarla con él.

—Es un disparate. —Oyó decir a Tom y él contuvo la sonrisa tras él. Llegaban de nuevo a las motos de nieve donde todos se habían montado—. Pero el señor del valle ha elegido.

A pesar de que a Tom le pareciera un disparate, podía notar que la noticia de que él estuviera allí le emocionaba tanto como a él.

Regresaban a casa, y estaba deseando que a Hakum lo viese el médico del pueblo, esperaba que no hiciese falta el helicóptero para ninguno de los heridos.

Se montó en el remolque junto a su hermano, que se agarraba la pierna herida con fuerza.

—Nos vamos a casa.

—Y volveremos a acabar con esa gentuza —respondió.

No le respondió. No creía que en un tiempo cercano Hakum estuviese para amenazas. Pero el genio de su hermano podía más que las heridas. En eso salía a su padre.

Volvió a echar la vista atrás hacia donde había estado el Kyrax.

Nadie más que Tom lo había visto, pero aun así era extraño que aquel animal se dejase ver.

La curiosidad del olor pudo más que la oscuridad quizás.

O quizás estuviese allí desde antes de que lo divisaran.

Animales curiosos que les gustaba observar, ellos solían saber todo lo que pasaba en el bosque.

Por eso su estela mágica unida a una inteligencia sobrenatural para ser un animal salvaje.

Aun sabiendo del peligro que conllevaba tenerlo cerca, su presencia producía una estela de seguridad hasta para él, que no era que necesitase mucha protección en el bosque. Podía hacerse una idea de lo que significaría esa sensación para Aurora.

Estaría en casa de Agnes, esperaba que el pueblo no hubiese sido muy duro con ella, y esperaba que Sila hubiese hecho su trabajo.

Era la única que no estaba allí. Así que eso quería decir que Sila seguía cumpliendo.

Aquella perra muchas veces parecía una descendiente de un Kyrax, su entendimiento siempre iba a más.

Cogieron velocidad, se alejaban de las piedras a nieve abierta.

No llevaban más de diez minutos en marcha cuando oyeron el motor de otra moto, una que rugía con fuerza. Su padre.