21
—¡Henrik! —Era Housen quien lo llamaba.
Habían encontrado una guarida posiblemente de los Ballahios, no solo estaban concentrados en la cabaña.
—No deben de andar lejos —respondió él.
Housen se acercó a él.
—No podemos perder tiempo, hay que encontrar a Bjorn —le dijo el hombre—. Ha podido caer en una trampa. Tenemos a Jacob, a Morgan y a Steven desaparecidos también. Pueden morir si no nos damos prisa.
—Y tenemos una oportunidad de acabar con esto de una vez —respondió Henrik.
—Henrik, no sabemos cuántos son. —Housen no le iba a dejar seguir el rastro de los Ballahios y estos una vez que se diesen cuenta que los habían descubierto, volverían a desaparecer en el bosque—. Hay que irse.
—Seguirán acorralándonos. —Henrik se inclinó hacia un montículo de cuerdas inclinadas en la nieve—. Seguirán con esto hasta acabar con nosotros uno por uno.
Otro de los del grupo se acercó a ellos.
—Hay otra trampa a unos metros, debemos tener cuidado —dijo y miró a Henrik—. Hay que marcharse, cada minuto cuenta para los nuestros.
—¿Por cuánto tiempo vamos a estar así? —respondió alzando la voz—. Atrapados por la nieve viendo cómo nuestras reses disminuyen, nuestra gente no puede salir de las casas y nos cercan poco a poco.
—Le buscaremos una solución —dijo el alcalde—. Hay un oso en el bosque, lo mismo deciden marcharse.
—No se irán. Sabes que no se irán.
—Por todos los demonios, Henrik, es tu hijo el que está solo en el bosque —le rebatió Housen.
Henrik volvió a mirar las cuerdas. Las hijas de Housen y dos chicas más del pueblo y Hakum descendían de una de las rocas, el sonido de los anclajes lo hizo sobresaltarse, el sonido que solían tener las trampas Ballahios cuando se activaban era muy similar, las recordaba demasiado bien.
—Arriba no hay nada, ni siquiera trampas —dijo Hakum.
—Solo han estado abajo. —Vilma había sido la primera en liberarse de las correas—. Malditos hijos de puta.
La idea de que a Bjorn solían gustarle las alturas para revisar el bosque sonaba bien, si no habían colocado trampas en zonas altas Bjorn estaría a salvo.
—Vámonos —les dijo Housen a todos en cuanto los jóvenes recogieron los carretes de las cuerdas—. ¡Henrik!
Henrik volvió a inspeccionar la zona con la luz de la linterna. Los Ballahios habían dejado también correas de perros tiradas a un lado y un montículo de lo que parecían varios abrigos.
—Podemos dividirnos —le dijo al grupo.
—No pienso hacer otra cosa que no sea buscar a Bjorn. —Vilma fie rápida en responder con aquella voz firme, como si mandase en algo. Culpaba a su padre de aquel carácter, demasiado blando a la hora de educarla—. Ni entrar en una guerra de viejos del pueblo.
Oyó cómo su propia hermana la mandaba a callar.
—Vilma. —Fue su padre el que le llamó la atención.
—Los nuestros pueden estar muriendo y a él solo le preocupan los Ballahios. Pues que se vaya él a buscarlos —replicó Vilma a su propio padre.
Se giró con rapidez para responderle, si la hubiese tenido cerca dudaba de su propia reacción con ella. Housen conocía bien su carácter, así que se colocó enseguida delante de su hija, y Hakum dio un paso para sujetarlo.
Pero no le dio tiempo de avanzar mucho más, las cuerdas estaban en medio.
Al principio su hijo solo cayó al suelo, pero luego su cuerpo empezó a resbalar hacia la pendiente.
Primero despacio. Se inclinó enseguida para cogerlo, pero el cuerpo de Hakum tomó una velocidad que no correspondía con la leve pendiente.
Vio el cuerpo de su hijo patinar por la nieve.
Las jóvenes gritaron, incluso él gritó al ver cómo desaparecía en una cresta de la colina.
—¡Hakum!
Una nueva trampa de los Ballahios, una que no conocía.
Las ropas, las cuerdas, las correas de perro, una trampa, no una trampa para animales como solían hacer, adaptada a personas.
Si no una trampa directamente para ellos.
Los Ballahios llevarían demasiado tiempo preparando aquello si habían llegado tan preparados.
La garra metálica solo era para despistarlos, para entretener a Bjorn con la búsqueda de un oso, y luego para que organizasen batidas y caer uno por uno.
Y había caído Hakum.
Se llevó la mano a la sien jurando que si a Hakum le ocurría algo, mataría uno por uno hasta que no quedase ni un solo Ballahios.
Maldijo gritando mientras se acercaba a la cresta de la colina.
Una pendiente de roca no demasiado empinada, pero a Hakum no le se veía por ninguna parte.
Gritó su nombre con fuerza y oyó que las hijas de Housen también lo llamaban.
Pero solo respondía el eco de las rocas.
Podría haberse golpeado y perdido el conocimiento, pero ¿dónde demonios estaba su hijo?
—¡Hakum! —gritó con tanta fuerza que si los Ballahios estaban a media distancia podrían oírlo, pero le daba igual. Hakum seguía sin responder. Y gritó aún más fuerte sintiendo la punzada en la garganta y en el pecho.
Vilma y su hermana volvían a atarse las correas.
—Descenderemos —dijo una de las chicas.
Para los jóvenes era mucho más fácil moverse en pendientes. Él tardaría más en revisar la colina, lamentaba que la edad no perdonase a nadie. De haber estado allí Bjorn, estaría seguro de que encontraría a Hakum estuviera donde estuviese. Pero Bjorn también estaba perdido en el bosque.
—¡Hakum! —lo intentó una vez más mientras las hijas de Housen descendían con rapidez.
Housen se asomó a la colina, demasiado oscuro para ver nada, la linterna tenía un límite y en ese límite no se veía a Hakum.
—Hay que rodear la colina —le dijo al alcalde mirando hacia abajo.
—Nos dividiremos para seguir buscando al resto —le dijo Housen.
Miró a Housen como si estuviese diciendo una aberración.
—Mi hijo ha caído por esa cresta, si está malherido hay que encontrarlo.
Housen se irguió y lo miró.
—Tu otro hijo esta en algún lugar, no sabemos las circunstancias.
—Bjorn sabe cuidarse —respondió con rapidez.
Housen frunció el ceño al oírlo. Sabía que Henrik solía tener sus diferencias con su hijo Bjorn, pero hasta el punto de sacrificar la búsqueda de uno para acelerar la del otro no lo entendía cuando eran suficientes para repartirse.
—Como alcalde todos los míos son iguales —le dijo a Henrik—. Y hay cuatro más aparte de Hakum que hay que encontrar. Mis hijas, sus amigas y los Housen se quedan contigo. Me llevo al resto.
—¡Housen! —Su grito fue tan fuerte que resonó con eco en la colina. Atraería a los Ballahios. Pero le daba igual—. Esto tendrá consecuencias.
Housen se irguió.
—Las que quieras —respondió Housen. No era normal que alguien se le enfrentase con aquel descaro, y menos Housen, era alcalde gracias a él.
No tendría que haber escogido a un hombre mediocre, se había crecido y ahora quería estar a su altura—.
Y recuerda que son mis hijas las que están ahí abajo buscando al tuyo.
Apretó los labios para no decir nada más.
Housen se dio media vuelta y se alejó hacia las motos de nieve.