Mi ángel de la nieve 20
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Maggie sabía coser, tejer lana y hacer muñecos con una aguja de ganchillo e hilos. Y parecía estar haciendo a Sila, al menos era blanco y por la forma quizás fuera ella. O un oso polar, tampoco estaba en circunstancias de detenerse a imaginar mucho.

El pecho le iba a explotar y notaba el escozor de los ojos después de haber parado de llorar.

—Vilma se ha comportado como una… —dijo Maggie—. Lo siento, de verdad. Todo es su culpa, no tuya.

—Da igual quien tenga la culpa. —Se llevó la mano a la frente. Solo necesitaba que apareciese Bjorn, una necesidad inmediata y extraña. Una necesidad física y real. Nunca había tenido esa sensación.

Maggie entornó los ojos hacia ella.

—De todos los hombres del pueblo, te diría que es del que más puedes fiarte —le dijo la muchacha.

Aurora alzó los ojos hacia ella.

—Es solitario, pero no es distante, es…

—Solo quiero que aparezca —la cortó ella y los ojos se le llenaron de lágrimas de nuevo.

—Claro que va a parecer —Maggie sonrió, una sonrisa no muy conseguida.

Quizás tampoco estaba segura de que fuese a pasar, sopesaba una posibilidad con un mal fin.

Pero intentaba sonreír para calmarla a ella y eso se lo agradecía.

El esfuerzo de Maggie, el esfuerzo de Sila que no se apartaba de su lado—.

Y cuando vuelva, hazme caso. Invítalo salir.

Aurora se sobresaltó.

—¿Invitarlo a salir? ¿Yo por qué? —Fue rápida en replicar.

—Porque él no va a hacerlo. Nunca lo hace. Siempre lo invitan ellas —respondió Maggie.

Aurora ladeó la cabeza.

—Yo no invito a salir a hombres. Y menos aquí. —Bajó la mirada hacia Sila.

—¿Por qué?

—Pues… —Metió la mano en el pelo del perro—. Por la misma razón que no lo hace él.

—¿Porque no le interesa nadie de aquí?

No, esa no es la razón.

—Porque yo no he venido para eso —dijo ella.

Yo solo quiero que este aquí. Que yo pueda ver a Sila alrededor de él, que ella vuelva a sacarme los dientes si me acerco demasiado a su dueño. Quiero que todo vuelva a ser como cuando llegué.

—Para recuperarte, ya —dijo Maggie como si eso sonase aburrido.

—¿Te parece poco? —Aurora frunció el ceño.

Maggie inclinó el cuerpo hacia delante y apartó la aguja de ganchillo y los hilos de su regazo.

—Has estado a punto de morir en el bosque y has salido ilesa. De una tormenta, de un oso, ¿te parece eso poco? —respondió Maggie—. Has encontrado a un Kyrax, por amor de Dios, ¿te parece eso poco?

Aurora tragó saliva al escuchar a Maggie.

—¿A qué has venido, Aurora? —Maggie sonrió y notó que su sonrisa fue sincera, sin esforzarse de ninguna manera. Real—. ¿A superar que perdiste el novio, el trabajo… suena a poco, ¿no?

Objetivamente sí. Después de estar congelada de frío pensando que iba a morir sonaba a una tremenda estupidez. La sonrisa de Maggie aumentó, pero Aurora bajó la cabeza.

—Acabé en el bosque todas las veces, por mi culpa. Desde que llegué no paro de meter la pata y de poner en peligro a Bjorn. Y ahora la gente…

Recordó las palabras de Vilma y lo de la garganta regresó con fuerza. Tuvo que tragar de nuevo.

—Me salvaste a mí y él después a ti, tú y nuestro pueblo estáis en paz.

—Pero eso lo sabemos tú y yo, y no cambia mucho lo de esta noche.

Sintió la mano de Maggie sobre la suya. Apenas podía mirarla a los ojos. No era Bjorn el único desaparecido, también el padre de Maggie. Tenían que aparecer todos. Las ganas de echar a correr al bosque regresaban una vez y otra, oleadas que le resultaba muy difícil contener.

—Hay un oso en el bosque y una familia peligrosa —dijo la chica—. Los mayores temores de mi gente durante años, juntos —añadió apretándole la mano—. Pero ha sido una forastera la que ha atraído a un Kyrax.

Alzó los ojos hacia Maggie.

—Y estoy aquí esperando a ver cómo los demás lo resuelven. —La sensación de no servir, de no ser capaz, de no ser suficiente, dolía.

—Solo acabas de llegar —respondió Maggie y sonrió de nuevo—.

La mejor entrada de forastera de lo que recuerdo.

Me ayudas, enfrentas a los Viken, a Vilma, te adentras en el bosque, sobrevives una vez y otra, eres la única persona que he visto rodeada de los perros del guardabosques.

—Bajó la mirada hacia Sila—. Te han defendido ahí fuera de la tensión de la gente. Y eres la única que puede tocar a Sila.

—Hoy ha hecho una excepción —la cortó ella acariciando a la perra y Maggie rio levemente.

—Y esta noche me entero de que el animal más mágico de nuestro folclore te protege. —Maggie intentó tocar a Sila y esta tensó el cuerpo pegándolo contra la pierna de Aurora—. ¿Qué se siente cuando tienes a uno cerca? —preguntó Maggie poniéndose derecha en la silla de nuevo.

—Al principio miedo, es enorme —sonrió al decirlo. Pensar en Nanook hasta en aquellas circunstancias la hacía sentir cierta seguridad, la esperanza de que todo iba a salir bien. Aunque no estuviese fuera buscando a Bjorn, aunque no sirviera para nada tener a un animal mitológico de su parte.

—¿Qué pensaste que era? —Maggie estaba entre curiosa y divertida.

—Un perro. —La risa de Maggie hizo que tuviese que desviar la mirada—. No entiendo de animales en general, ni de perros.

Agarró el collar de Sila, que se había sentado sin despegarse de su pierna, y miraba hacia la puerta. No sabía qué podría estar oliendo y escuchando ella.

—Se parece a algunos perros de Bjorn —dijo en una excusa rápida.

—A los husky.

—Sí, en la parte de los ojos, como un antifaz negro.

—observando a Sila le fue curioso descubrir que ella, a pesar de ser un color crema casi blanco aparentemente uniforme, tenía también un antifaz algo más crema que el resto de su pelaje.

Apenas dibujado, un boceto leve. Pero llevaba su antifaz en su propia gama de colores, como Zuko, como Zor, como Blum, como Max y como Nanook. Super héroes todos ellos.

Se acercó a la cara de Sila para apreciarlo mejor, no había dudas, no era imaginación, tenía máscara también.

—¿Y sus ojos?

—Azul grisáceo.

—La mayoría los tienen amarillos, dicen que dan miedo —dijo Maggie.

Pero los de Nanook eran azules, un azul helado similar a los de Bjorn. Seguramente también los Ballahios serían un peligro para él. Cogió aire por la boca con cierta ansiedad y lo fue soltando.

—¿Y ahora qué va a pasar? —preguntó Aurora. Las circunstancias habían cambiado teniendo en el bosque a aquella gente.

Maggie negó con la cabeza.

—La prohibición de entrar en el bosque, los toques de queda en las casas y todo lo demás aumentará.

Aurora bajó los ojos. Tenía una responsabilidad, como le dijo tía Agnes. Una responsabilidad que significaba en parte no abandonar el bosque, a pesar de las prohibiciones, a pesar de los peligros, a pesar de todo.

La ansiedad en el pecho aumentaba.