19
Varias veces había echado la vista atrás o buscaba a su alrededor, costumbre viciada al ir con sus perros.
Pero ahora no tenía que estar pendiente de nadie, solo de no meter el pie en ninguna trampa.
Ya había divisado dos y mucho se temía que no las habían puesto las batidas que buscaban al oso. Era cosa de los Ballahios.
Una táctica lamentable y criminal. Hacerles creer que la maldición del oso había regresado, que se organizasen cada noche y que empezasen a caer poco a poco los más valientes del pueblo. Así se quitaban parte de la amenaza de aquella resistencia absoluta.
Les había desmontado dos trampas, solo dos de seguramente muchas más.
Había ido formando aros alrededor de la cabaña, no sabía tampoco el rastreo que los propios Ballahios estarían haciendo y si llevaban perros, solían llevar alguno siempre.
Tampoco sabía si ellos ya conocían que sí había una verdadera bestia en el bosque, y un Kyrax.
Aquellos personajes eran una amenaza para los dos.
No dejarían un Kyrax vivo sabiendo que él ya obedecía.
A un humano, un humano que extrañamente no pertenecía a aquel lugar.
Pero los caprichos de la naturaleza a veces no se podían entender. Quizás Aurora no solo era una joven de aspecto angelical, quizás era una persona tremendamente extraordinaria.
Llegó a pensar que su presencia allí haría el invierno largo y difícil con aquel carácter curioso. Pero ahora entendía que hasta sin ella el invierno no apuntaba a ser normal y ella solo aportaba un halo mágico que nunca creyó ver en el bosque.
La imagen de la joven agazapada y asustada bajo la roca, y la vigilancia desde arriba de aquel animal imponente quedaría en su cabeza para siempre.
La imagen más hermosa que soñase ver en su bosque.
Todo lo que contaban de aquellos animales y que siempre achacó a la fantasía humana era real. Y tanto que era real.
Eligió a una forastera, quizás eligió a la más desvalida.
Tampoco él era un Kyrax normal. No los había visto nunca, pero Tom que había visto el de Hans e incluso alguno más le había relatado el tamaño.
Y ese medio lobo de Aurora lo superaba con creces.
Podría alcanzar los noventa kilos perfectamente, quizás algo más.
Impresionante pelaje, forma, color, todo en él parecía sacado de una ilustración mágica y perfecta. Y de la forma en que lo miró y bajó la cabeza, en lo que parecía casi una reverencia hacia una joven, mostrándole quién era su protegida. Desvalida, helada y con demasiado miedo. Bajo la roca.
Aurora no era consciente de lo que suponía. El pueblo no era consciente de lo que suponía.
No apuntaba a ser un invierno seguro, pero las posibilidades comenzaban a ser extraordinarias.
Un ruido hizo que se agazapase. Los Ballahios no eran la única amenaza allí dentro, el oso podría estar en cualquier parte, incluso el tesoro de Aurora, inofensivo con ella, pero no sabía si su presencia sin estar ella delante sería suficiente para que no lo atacara.
Al fin y al cabo era un animal salvaje. Tom siempre decía que los Kyrax no solían meterse en nada que no les interesara, pero Aurora sí era de su interés y él llevaba en su ropa impregnado el olor a ella.
Fueron unas horas con Aurora junto a él y algo menos con la cara de ella sobre su pecho, con los fluidos que eso conllevaba.
Incluso él podría atraerlo en cualquier momento y siempre buscaba su silueta cuando echaba la vista atrás.
No podría andar lejos. Era una presencia que se podía sentir, la de algo observándote continuamente. Vigilante. Una advertencia firme de que lo estuvieran midiendo continuamente, la misma sensación que sentía con su padre.
Contuvo la respiración, había oído algo a unos metros, era un gemido, pero no de animal.
Ya hacía rato que había pasado de largo otro de los troncos de árbol heridos por la garra, pero nada que ver con los que encontró con Aurora.
Ahora podía reconocer los que estaban hechos por garra de animal y los que hicieron con garra de metal humana.
Una copia cutre para engañar y atraerlos hacia las trampas.
Había una hondonada en el suelo, alguien había caído y por suerte estaba vivo. Sacó una linterna pequeña y la dirigió hacia el agujero.
Y reconoció el rostro del hombre, aunque la luz hizo que se cubriese enseguida la cara con la mano.
—Señor Morgan —dijo con la voz tranquila.
—Bjorn. —Vio en la cara del señor Morgan que la esperanza de que alguien lo encontrase había sido casi inexistente. No pudo ocultar la emoción y el comienzo de los sollozos—. Bjorn.
Alargó la mano hacia él, pero no era posible sacarlo de allí estando tan profundo. Además estaba sentado en el suelo y no hacía por ponerse en pie. Se habría roto algo.
Corrió hacia el primer árbol para enganchar el carrete de las cuerdas metálicas y enseguida comenzó a atarse en el cuerpo el arnés de cuero.
—Bajo enseguida —le dijo al señor Morgan.
—Steven creo que ha caído también, lo oí gritar, pero más lejos —decía el señor Morgan mientras él saltaba apoyando los pies en la pared del agujero, era estrecho, no quería imaginar lo que sería estar allí dentro atrapado, herido, en medio de oscuridad y el frío.
Ató la otra correa en el señor Morgan y comenzó a ascender. Por suerte no era demasiado profundo y la mayor dificultad era el hielo que se había hecho en la pared.
—¿Quién demonios ha hecho esto? —preguntaba el señor Morgan.
—Los Ballahios.
—¿Están aquí?—A pesar de estar atado, le estaba clavando los dedos en los hombros—. Malditos hijos de puta.
—¿Con quiénes ibas?
—Con Steven y Jacob —respondió el señor Morgan. Nos separamos, solo oía a Steven gritar que nos alejásemos, pero nada más.
—Habrá caído en otra trampa. —Ya estaba arriba, dejó de lado en el suelo al hombre y comenzó a desatarse.
—¿Entonces no hay oso? —preguntó el hombro llevándose la mano a los tobillos, por la postura y la forma, estarían ambos rotos. No sabía cómo pensaba sacarlo de allí sin moto de nieve, en aquel desnivel, e intentando burlar a los Ballahios.
—Lo hay —respondió intentando no perder la tranquilidad.
Andando no llegarían muy lejos, pero no era una opción dejarlo allí.
Los Ballahios lo rematarían, para eso eran las trampas.
De hecho, las otras veces después del deshielo encontraban trampas de aquel tipo con cuerpos corrompidos dentro de algunos desaparecidos.
—¿Ballahios y un oso? —Seguía sujetándose los tobillos, como si al soltarlos fuesen a desprenderse de sus piernas—. Qué puta pesadilla de invierno es esta.
—Va a ir todo bien. —Se acuclilló junto a él para desatarlo. Era un señor de unos sesenta años, como su padre. Le parecía extraño estar consolándolo como si fuera un niño.
Esperaba que al menos no pesase demasiado. Las mismas correas de piel le servirían para atárselo a la espalda y tener las dos manos libres. Las necesitaba.
Y tenían que buscar Steven. Era el padre de Maggie, lo último que necesitaba aquella pobre chica era que su padre muriese. En aquella situación delicada por culpa del imbécil de los Viken, su propio hermano, no podía darle una mala noticia.
Resopló levemente y comenzó a ajustar las correas en el cuerpo de Morgan.
—¿Qué haces? ¿No pensarás llevarme a cuestas? —le dijo el señor Morgan—. ¿Estás loco? Busca a Steven y Jacob, y regresa. Ya volveréis por mí.
Dejarlo allí sería ir a recoger un cadáver.
—Vamos a morir los dos —le dijo el hombre sujetándole el brazo para que no siguiese atándolo—. Y con todo lo que me cuentas, a ti te necesitan en el pueblo más que a mí.
Ni siquiera respondió a Morgan, sin pedirle permiso lo alzó y se ajustó las cuerdas metálicas para pegarle el pecho a su espalda. Era una suerte ser alto, Morgan quedó con los pies a una cuarta y pico del suelo.
—Estás loco, Bjorn —protestó el hombre—. Caeremos rodando en el primer desnivel.
No pensaba discutir con él. Morgan nunca había sido tremendamente amable con él, pero no solía medir la ayuda con quien la mereciese más o no. Todos ellos eran su responsabilidad en aquel bosque, fuera quien fuese.
Agarró la linterna y se la guardó en el bolsillo, no podía hacer señal ninguna de que estuvieran allí, no quería llamar la atención de los Ballahios. Si había salido alguien a buscarlos, que esperaba que no, iba a ser difícil que los encontrasen.
Casi imposible.
Miró tras de sí, el señor Morgan seguía protestando y tuvo que contener la sonrisa al oírlo insultarlo.
—El más imbécil de todos los guardabosques que hemos tenido —seguía diciendo el hombre—. No sé cómo aun estás vivo. Déjame aquí y sigue tú, maldito loco. Vas a morir.
Morgan sabía de la dificultad, no era ajeno al bosque, ni a los osos, ni a los Ballahios.
Era demasiado consciente de todo.
Pero no se hizo guardabosques para salvarse a cambio del abandono de otro que dependía de él. Era su bosque y eran sus normas. Las del pueblo le daban exactamente igual.
Ascender un par de rocas bajo nieve fue complicado, pero el terreno pareció allanarse. Le preguntó a Morgan de dónde llegó la voz de Steven. Solo esperaba que estuviese con vida.