Mi ángel de la nieve 18 #7
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18 #7

Seguramente Vilma y sus amigas se alejaban, ellas conocían el bosque y tenían suficiente destreza con la moto de nieve. Se oyeron los ladridos de perros, aunque los de Bjorn aun la esperaban a ella. Como si aun estuviesen pendientes de salir a buscarlo cuando ella dijera.

Pero ella solo iba a sentarse y a rezar.

La sensación de fracasada y de inútil que la hizo huir de Milán a aquel pueblo perdido aumentó a grados que su pecho no era capaz de soportar.

Tía Agnes había cerrado la puerta de nuevo, quizás no se fiaba de irse aún y que alguien entrase a seguir increpándola.

Aurora puso la mano en el respaldo de una de las sillas, seguía con la mirada en el suelo, ahora sí pudo sorberse la nariz con más libertad.

—Siéntate ahí y no hagas ninguna tontería. —Tampoco era que se fiase mucho de ella. —Lo traeremos de vuelta.

Escucharla provocó un tintineo en su pecho que hizo que levantase la cabeza para mirarla.

—Ellos son jóvenes —le dijo a tía Agnes—. ¿Por qué tú?

Vio cómo su tía, que había llegado de nuevo hasta la puerta de la calle, se sobresaltaba.

Y los ojos de la joven se cruzaron con los de la mujer.

—Odias a Henrik Viken porque te robó algo que no se puede devolver —añadió Aurora—. Y vi en la cabaña del bosque una cuna ahora cubierta de hielo.

La tía Agnes entreabrió los labios, parecía que iba a decir algo, pero no dijo nada.

—Después de veintiocho años es muy difícil devolverlo, ¿no? —continuó la joven.

No sabía por qué no se le había pasado por la cabeza, pero ahora todo encajaba. Vivir a los pies de la colina, el lugar más cercano a Bjorn sin tener más razones, el estar cerca de él aunque no siguiese las normas, las cestas de comida cada día.

Era su hijo y no sabía las razones ni las circunstancias por las que Henrik Viken se lo había robado.

Ahora encajaba también el que le confesase que había accedido a llevarla a aquel pueblo para que se ocupase de sus asuntos cuando ella no estuviese.

Sus asuntos no eran un negocio ni patrimonio.

Era Bjorn. El guardabosques.

Tía Agnes no dijo una palabra, abrió la puerta sin apartarle la mirada.

—No se te ocurra moverte de ahí —volvió a advertirle.

Vio en el umbral a aquel hombre que la había ayudado fuera, Tom. Un hombre de pelo oscuro y ojos grises que compartía con su tía Agnes la tez arrugada y quemada del hielo durante decenas de años. Supuso que iría con ella.

Fue él quien llamó de un silbido los perros de Bjorn y algunos no tardaron en acudir, lo conocían desde luego.

Vio a Sila dar unos pasos despacio hacia la puerta, pero se detuvo y se giró hacia ella. Aurora seguía sin moverse, algo encogida, dejando caer su peso levemente en la mano que apoyaba en el respaldo de la silla. Alzó levemente la mirada hacia Tom.

—¿Vas a dejarla aquí sola? —preguntó Tom.

—No puede venir. —Oyó responder a su tía.

Vio que Tom dirigía sus ojos hacia Agnes buscando una explicación.

—Hay un Kyrax en el bosque —Agnes habló en un susurró casi inapreciable.

Pero la sorpresa en el rostro de Tom fue inmediata y sus ojos se dirigieron a la joven enseguida. Tom debía ser de mucha confianza para tía Agnes si ella le había confiado aquello.

—Intenta no salir —dijo el hombre—. Le diré a Maggie que venga contigo.

Le agradeció la idea. Estar sola haría que la espera se hiciese terrible.

Sila se había dado media vuelta y volvía hacia ella despacio de la misma manera con la que se había dirigido hacia la puerta minutos antes. Tom pareció fijarse y no esperó a la única hembra de la manada de Bjorn. Cerró la puerta en cuanto la tía Agnes y los cuatro perros habían salido.

Aurora bajó la mirada hacia Sila, que había alzado la cabeza hacia ella mientras sus ojos volvían a llenarse de lágrimas.

—Gracias —le dijo al animal en un susurro.

Era curioso cómo los perros de Bjorn, unos más que otros, parecían pensar por sí mismos, tomar decisiones en la medida que podían.

Alargó la mano hacia la cabeza del animal, esperando que se apartase o le hiciese algún desprecio como acostumbraba a hacer antes de llegar al pueblo, pero Sila dio un paso más hacia ella hasta alcanzar su muslo con el hocico.

Así que se acuclilló como lo había hecho en otras ocasiones con Blum y el resto.

—Gracias —le repitió. Seguramente ella no la entendía, seguramente no alcanzaba a pensar que aunque quisiese ir a buscar a Bjorn no era posible, pero a través de sus acciones podría parecer que sí. Y eso era suficiente para consolarla en parte.

Abrazó el cuello de Sila de la misma manera que ya se había atrevido a hacerlo con Nanook y el animal se dejó sin poner resistencia, sin endurecer el cuerpo, sin tensión alguna.

Con confianza. Sabía que el olor a Kyrax permanecería en su ropa y que los perros de Bjorn, que lo habían visto, reconocían de quién se trataba.

Sila podría haber acudido al rescate de su amo, sabía que tendría las mismas ganas que ella. Pero había decidido quedarse. Y llorar juntas quizás.

Y se lo agradecía. Se lo agradecía sobremanera.

Su llanto aumentó y dejó caer la cara en el mullido pelaje blanco de Sila.