18 #5
Tía Agnes la cogió de la manga del mono y tiró de ella apresurada hacia la casa. Aurora entendió que la presencia de todos allí no era solo por ver el desenlace, era por mucho más.
Los perros la seguían sin poner impedimento y accedieron a los terrenos de su tía. La mujer abrió la puerta y dejó que pasase ella primero.
—Dios, niña —le dijo entrando ella también. Cerró la puerta y esa vez echó el primer pestillo y la cadena.
Se giró hacia Aurora, que enseguida se llevó las manos a la sien. Las lágrimas le caían sin remedio. Tía Agnes la rodeó con los brazos y ella rompió a llorar en su hombro.
—Ya, mi niña, ya —le dijo suavemente su tía.
—¿Qué es lo que pasa? —Casi no podía ni hablar.
Sintió el peso de unas patas en el lateral del cuerpo. Apartó la mejilla del hombro de tía Agnes y se encontró con los ojos bicolores de Blum, que había echado las orejas hacia atrás y acercaba su nariz a ella, tuvo que apartarse antes de que la lengua del perro le llegase a la cara.
Soltó a tía Agnes al ver que Zuko imitó a Blum y todo el cuerpo de la joven basculó con el peso de los dos.
—Ya —les dijo.
Dio un paso atrás y se chocó contra Max, que también acudía a ella. Sila miraba a sus hermanos de manada como si fueran imbéciles.
—Ya, vais a dejarme caer —repitió, y los perros bajaron las patas al suelo.
Tía Agnes soltó el arnés de Max, que era el que tenía más cercano.
—No esperaba que llegases sola.
¿Su tía también?
Tenía tantas preguntas que hacerle que ya no sabía por dónde empezar.
Aurora soltó a Blum y a Zuko, luego se acercó a Zor y por último a Sila, que volvió a pegarse a su muslo como lo hizo fuera.
Pasó la mano por la cabeza de ella y la dejó allí.
Seguía preocupada por Bjorn y no entendía por qué le reconfortaba tanto tener a sus perros cerca.
Luego miró a tía Agnes.
—¿Por qué no me contaste nada? —Se comenzaba a poner nerviosa. Realmente lo único que deseaba era abrir la puerta, coger la moto de nieve y buscar al Kyrax para acudir hacia donde estuviese Bjorn y esos Ballahios.
—¿Sobre qué? —Sabía que tía Agnes estaba también nerviosa, pero el puzle comenzaba a encajarle poco a poco en la cabeza.
—Sobre ese bosque, sobre este pueblo, sobre esa bestia, sobre el perro de la nieve… Y sobre ti —le dijo casi sin respirar—. Me trajiste aquí sabiendo todo esto y no me dijiste nada.
Tía Agnes se giró dándole la espalda un instante. Aurora sentía cómo las piernas le temblaban ligeramente, iba a salir corriendo si no se controlaba, le importaba poco que fuera hubiese una parte del pueblo increpándola. Necesitaba correr, hacer algo. Simplemente no estar parada.
Apretó la mano en el pelaje de Sila, apretando la cara del animal contra su muslo, pensar en Bjorn en el bosque sin sus perros hacía que sus ojos volviesen a brillar y retomase el llanto. Blum lo estaba notando y empujó a Zuko para ponerse pegado a otro de sus muslos.
—Era mejor así —respondió tía Agnes caminando hacia la cocina donde humeaba una tetera. Pero Aurora no tenía ni una pizca de frío aunque hubiese recorrido el bosque de madrugada—. Saberlo te hubiese hecho actuar de otra manera y no como lo has hecho.
—Precisamente por eso —le recriminó ella—. No lo hubiese hecho mal.
La joven miró hacia la puerta, aquella gente de fuera estaba tan cabreada que pensaba que de un momento a otro iban a prender fuego a la casa con ellas dentro.
—Lo has hecho bien, mucho mejor de lo que esperaba —respondió tía Agnes y Aurora se sobresaltó.
—¿Que lo he hecho bien? Casi muero una vez y otra. Ahora el guardabosques está en peligro y todos me echan la culpa —señaló tras de sí—. Y esa gente quiere echarme al oso.
Tía Agnes negó con la cabeza.
—Hace ya unas semanas que los Ballahios están por aquí —dijo y Aurora alzó las cejas—.
Son un clan de otro pueblo, peligrosos, mejor tenerlos lejos.
Desde hace años. Reclaman tierras, ganado y dinero para no molestar a los pueblos, pero aquí siempre se resistieron.
Principalmente Henrik Viken, Hans, el hombre que acabas de conocer fuera que llaman Tom y alguno más.
Es la razón por la que los Viken han conseguido aquí tanto poder.
La gente tenía tanto miedo a los Ballahios que hacían tratos con los Viken a cambio de protección.
Y ahora Henrik Viken es muy similar a eso contra lo que luchaban sus padres y abuelos.
—Tía Agnes cogió la tetera y llenó una taza—.
Quemaron casas y negocios, robaron ganado, y una larga lista de barbaridades.
—¿Y por qué no los denuncian? Que la policía los arreste —replicó ella.
Vio a tía Agnes contener la sonrisa.
—Aurora, somos aldeas en el fin del mundo. Hay años que pasamos más de seis meses aislados. Solo nosotros. Nuestra fuerza, nuestras normas, nuestra ley.
Como si vivieran siglos atrás.
—Ese bosque no es un bosque cualquiera. Peligroso, traicionero y a veces hasta místico.
En horas la naturaleza puede hacer que cambien senderos y caminos, algunos pueden llevarte a la muerte inmediata si no los conoces y aun conociéndolos.
—Tía Agnes puso la taza en la mesa y retiró la silla para que Aurora se sentase frente a ella—.
Ahí fuera han muerto muchos de los nuestros.
Pero también muchos más de los suyos —continuó mientras la joven se sentaba—.
Es un bosque maldito que a veces se llena de animales que no deberían estar aquí.
Pero eso es precisamente lo que nos ha protegido de las garras de los Ballahios y no nos hemos visto como los otros pueblos a los que sí pueden acceder con más facilidad.
Hasta ahora Henrik Viken y unos cuantos han podido contenerlos.
Pero no se olvidan de ese deseo de controlar todo el valle y solo les quedamos nosotros.
—Malos que hacen buenos a vuestros malos —dijo Aurora probando el té caliente de tía Agnes. La mujer asintió con la cabeza.
Ahora entendía entre otras cosas aquella sumisión con los Viken, nadie quería quedarse fuera no solo de su economía, sino de algo más importante aún.
Y ahora entendía el mal de tenerse que marchar del pueblo, como el hermano de Maggie.
Marcharse a otro pueblo significaba someterse a otros tiranos aún peores.
Y ahora entendía que tía Agnes no les tuviese miedo a los Viken, tampoco se lo tenía a los Ballahios. Su protección le daba exactamente igual.
Aurora alzó la barbilla.
—No tendría que haber venido. —Contener las lágrimas era cada vez más difícil.
—No te traje por esto —dijo la mujer con tranquilidad—. Eso se fue originando después de pedirte que vinieses. No pensé en nada de lo que ha ocurrido.
La joven frunció el ceño al escucharla.
—Yo solo quería que estuvieses aquí, enseñarte el lugar y que existiese la posibilidad de que te enamorases de esto.
Aurora contuvo la respiración un instante.
—¿Quién cuerdo puede enamorarse de esto? —murmuró la chica y la mujer sonrió levemente. Luego dirigió la mirada hacia ella y Aurora tuvo que desviar la suya.
—No quería que te quedases para siempre. Pero no estaré aquí eternamente, niña —le dijo tía Agnes—. Y solo quería que alguien se encargase de mis asuntos cuando yo no esté.
Aurora negó levemente con la cabeza. ¿La chocolatería? Que importancia tenía aquello, los herederos, su familia, podría venderlo o traspasarlo.
—Iba a ser un invierno tranquilo, pero todo cambió por completo. Primero los animales muertos.
—Te oí hablar con Henrik antes de la reunión —la cortó ella y tía Agnes asintió con la cabeza.
—Siempre supe que la bestia no era real, como siempre supe que estabas escuchando en la esquina de la chocolatería. No sabes esconderte, no durarías entre lobos.
Aurora se sobresaltó.
—Y sabía que te llevarías la garra, no está de más tenerla en este lugar. —La tía Agnes le guiñó un ojo—. Sabía que había Ballahios, pero luego apareció ese animal casi mágico. —Desvió la mirada hacia la ventana al decirlo—. Era cuestión de tiempo que la verdadera bestia apareciese.
—Me dijiste que era un perro. —Aurora entornó los ojos.
—En parte lo es —replicó tía Agnes.
—Y que ibas a preguntar si alguien lo había perdido. —Aquello hacía que regresase el calor a su pecho.
Tía Agnes la miró de nuevo.
—Si te hubiese dicho lo que era no te habrías acercado a él —respondió la mujer.
Y sabía que llevaba razón.
—Y con los Ballahios y con un oso cerca, era necesario que te acercases a él —añadió—. Él es la razón por la que te dejé adentrarte en el bosque.
—¿Por qué no lo hiciste tú? —dijo y tía Agnes alzó las cejas.
Se hizo el silencio un instante.
—Porque él no vino a por mí, Aurora —respondió la mujer y la joven sintió de inmediato cierta tirantez en la garganta—. Llegó contigo. Es así como lo hacen. Peligro, elección. Y te eligió a ti.
Aurora negó con la cabeza.
—Si hubieses sacado la comida tú…
Agnes negó con la cabeza.
—No funciona así, no me hubiese dejado acercarme o me hubiese atacado.
Y él te estaba observando desde antes de que sacases la comida, y antes de que tú lo vieses a él.
—Aurora alzó las cejas. Tía Agnes lo había visto incluso antes que ella—.
Te he dicho que apareció contigo —añadió la mujer—.
Estaba justo ahí cuando bajamos el camino del pueblo la primera vez —señaló la dirección de la arboleda más allá de la farola—.
Y supe que nada iba a ser lo que imaginaba.
Frunció el ceño y se inclinó hacia su tía al oírlo.
—Me dejaste adentrarme en el bosque, que el bosque decida, sin advertirme, sin contarme nada. Sola a mi suerte, sabiendo que rondaban los Ballahios y que posiblemente acababa de llegar un oso salvaje.
Le dolía hasta decirlo.
Pero tía Agnes volvió a sonreír levemente.
—Querida niña, vi cómo el animal más mágico de la historia de este lugar no te quitaba la vista de encima —respondió tía Agnes—. El bosque ya había decidido antes de que pusieses un pie ahí dentro.
A Aurora le brillaron los ojos. Tragó saliva.