18 #4
Llegó hasta la gente en medio de un silencio absoluto, como si todos se hubiesen quedado callados a la vez. Quizás eso era lo que había pasado cuando vieron que era la moto de Bjorn, que eran los perros de Bjorn, pero que no era el guardabosques el que acababa de llegar a ellos.
Vio a tía Agnes gritar su nombre y correr hacia ella, pero ella buscaba con la mirada a Henrik Viken.
Alargó la mano hacia el mosquetón para liberar la correa de los perros de la moto de nieve y se la fijó en la muñeca, mientras se bajaba de la moto.
Vio que Sila se bajó y se mantuvo junto a ella, demasiado pegada a su muslo, una reacción que no entendía bien.
Un señor mayor, el más cercano, se fijó en Sila y luego alzó la vista hacia ella.
—¿Dónde está Bjorn? —preguntó de malas formas.
No se detuvo en tía Agnes ni en aquel señor. Buscaba al más grande los vecinos del pueblo. No lo veía.
Incluso no se detuvo en Vilma y su grupo, ni siquiera ver a la joven le había calentado el pecho como esperaba que lo hiciese cuando la tuviera delante. Necesitaba encontrar al padre de Bjorn.
Y comenzaron los murmullos, y las voces que le preguntaban por él, pero no de una manera preocupada, sino molesta y extraña. Tía Agnes la cogió del brazo.
—Vamos a casa, rápido —le dijo.
Pero el interés de Aurora estaba en otro lugar, entre la gente.
—¡Henrik Viken! —gritó con todas sus fuerzas.
Y aquella multitud que se había comenzado a acercar a ella, se fue abriendo hasta dejar a la vista al padre de los Viken, que estaba junto al otro de sus hijos y a otro hombre de una altura exagerada y similar. Más retirado estaba el padre de Vilma, el alcalde.
Aurora se apresuró hacia él mientras los perros la seguían sin impedimento en sus correas, ni siquiera Sila. Veía que la gente se apartaba a su paso, como si fuese un anima resucitada de un muerto del bosque. Quizás nadie la esperaba con vida, mucho menos llegar sin Bjorn.
Henrik acudió a ella también con rapidez.
—Los Ballahios están en la cabaña del lago —le soltó sin mediar más palabras.
Y vio el cambio en el rostro de Henrik, que aceleró el paso y ni siquiera se detuvo en ella. Su otro hijo y el hombre alto que los acompañaba y que por el parecido debería de ser algún hermano de Henrik los seguía hacia las motos de nieve. Otros hombres se les unieron.
Aurora los observaba alejarse mientras que los perros grises de los Viken acudían a ellos.
Aurora sintió el murmullo de la multitud mientras el círculo que le habían hecho alrededor a ella y a los perros no se rompía un ápice, como si nadie se atreviese a invadirlo.
Bajó un momento la mirada hacia los perros y el verdadero peso de haber dejado atrás al guardabosques llegó de repente. Mirar a sus perros solo hacía que el peso fuera insoportable.
Dio unos pasos hacia la moto de Bjorn con algo en mente. Volver a por él. Tenía el medio, y tenía la guía, su manada.
Tendría que estar loca para querer meterse de nuevo allí y sola. Pero en ese momento no le importaba en absoluto.
Aquel bosque tendría que ser realmente mágico y maldito, ni siquiera ella se reconoció en aquel lugar.
Solo unos días y ya no parecía quedar nada de la joven que cruzó aquel arco de madera que daba la bienvenida al pueblo. Ni siquiera se sentiría ya forastera si no fuese por la forma de mirarla de aquella gente.
Sintió la presión que le frenaba en un brazo. Era tía Agnes.
—¿Qué demonios haces, niña? —La voz de un anciano, Aurora alzó la mirada, tenía un ojo azul como Bjorn, el otro con una nube grisácea.
Su tez estaba tan quemada por el frío de decenas de años y tan arrugada, que su imagen al completo la hizo detenerse—.
La bestia siempre es premonición de algo malo. Y entonces llegaste tú.
Frunció el ceño al oírlo. El anciano entornó los ojos.
Tía Agnes tiró de ella para que no siguiera escuchando.
—Las consecuencias de no cumplir la ley se las cobra el bosque y si él no lo hace, lo hará el pueblo —añadió el hombre a su espalda y la hizo girarse.
Una mujer corpulenta les cortó el camino. El bosque de verdad tendría que tener algo mágico, cuando se adentró en él por la noche aquello parecía un pueblo medio normal. Ahora era como si todos hubiesen cambiado de repente. Una película de terror delante de sus ojos.
—No sé si la culpa la tiene esta niña o tú por traerla, Agnes —dijo la mujer—. Y por no enseñarle a cumplir las normas.
Agnes la apartó.
—Paparruchas de unos cuantos viejos —les soltó tía Agnes a los curiosos que se estaban acercando mirando a Aurora, y la observaban con detenimiento, buscando el más mínimo rasguño en su piel o sus ropas. Se detuvieron en el enganche de su brazo, el que le hizo la rama de la pendiente.
Realmente pensaban que había muerto. Estaban convencidos de que estaba muerta.
Y no sabía el porqué de aquella reacción al verla con vida.
Y preferían que hubiese muerto.
—Primero la bestia y ahora los Ballahios. —Se oyó otra voz.
Notó la tensión hasta en los perros de Bjorn, Zor comenzó a tirar hacia delante, como si quisiera sacarla de allí cuanto antes y eso activó a sus hermanos, dio un traspiés al dejarse llevar por ellos.
—Si no regresa nuestro guardabosques… —Oyó decir a su espalda mientras intentaba frenar la marcha de los perros, pero cinco tirando era imposible.
Vio que otra mujer de cabello claro se acercaba apresurada a ella, por un momento pensó que era Vilma y se giró con rapidez pensando que iba a golpearla, pero aunque parecida, no era ella. Tanto fue el ímpetu de la mujer que Aurora se retiró con rapidez cubriéndose la cara.
Un rugido grave y ronco se interpuso entre la mujer y ella. Bajó los ojos hacia el suelo. Sila tenía todo el pelaje levantado como no la había visto hasta ese momento y su reacción hizo que los perros que iban adelante se acercasen enseguida rodeando a Aurora.
La quemazón en la garganta fue instantánea. Quizás Bjorn no solo le dejó a sus perros para guiarla hasta el pueblo y su padre. Y ahora lo entendió al completo. Renunció a todos, del primero al último, cuando para guiarla solo necesitaba a uno.
Por eso tía Agnes intentó quitarla de en medio desde el primer momento.
El pueblo entero estaba enfadado con ella.
Los ojos se le inundaron de inmediato, tanto que era incapaz de contener las lágrimas.
—El oso ha atraído a los Ballahios. —Oyó a lo lejos—. Dijeron que volverían con el oso gris.
Una sombra grande hizo que se sobresaltase y se girase con rapidez, pensaba que iban a darle con algo. Pero si alguien se había acercado, la carrera y el salto de Blum para ponerse delante de ella había bastado para detenerlo.
Las lágrimas aumentaban. Cinco perros, un guardabosques y un Kyrax. Era demasiado, no lo merecía.
Se agarró al abrigo de tía Agnes, que había comenzado a encararse con una mujer y discutían.
—Dicen que se lleva adentrando en el bosque desde el primer día. —Era una mujer que había visto en la chocolatería—. Es su culpa y es la tuya.
—Esa bestia llegó antes que ella y los Ballahios también —replicaba su tía.
Tía Agnes se giró hacia el resto.
—Así que ni la toquéis —se dirigió a los que estrechaban el cerco hacia ella todo lo que les permitían las correas de los perros, que parecían saber bien la misión que les había dejado Bjorn.
Aurora dio un paso atrás hacia la casa de su tía. Los miró a todos, algunos con linternas, otros con antorchas. Llevaban de nuevo las cadenas y las cosas con las que habían ido muchos a las batidas.
La película de terror tomaba una forma extraña. Irse de allí en el primer autobús hubiese sido lo acertado. Pero ya no había autobús al que subirse. Estaban atrapados, sin salida más que el precipicio de nieve. Y un oso o ese clan de los Ballahios no era lo único a lo que ahora temía.
—¡Dejadla en paz! —Se oyó una voz firme a lo lejos.
Todos se giraron para ver quién había hablado. Era un hombre de edad similar a la de tía Agnes, mayor, pero no un anciano. Era la primera vez que lo veía y se acercó hasta ellas.
—Por amor de Dios, qué estáis haciendo con esta criatura —les dijo alzando la voz—. ¡Estáis locos!
—No tienes ni idea, Tom Orland —respondió uno—. Dice que los Ballahios están en la casa del lago.
El nombre sí lo conocía, era un amigo de Agnes desde los tiempos de Hans.
Y él, como tía Agnes, había vivido tiempo fuera del pueblo hasta que decidieron regresar.
Lo imaginaba más corpulento, como Henrik, pero no, era mucho más menudo y delgado.
Pudo ver el rostro de Tom, la presencia de aquella gente no sería ninguna broma si todos reaccionaban así cuando escuchaban su nombre.
—Nuestro mayor problema ahora mismo es un oso que hay suelto en el bosque y que ha vuelto a atacar esta noche —les dijo Tom—.
Hay tres personas que no han regresado de las batidas y la única solución que proponéis es increpar a una joven, acusarla, amenazarla e incluso volver a echarla al bosque.
—Empujó a las dos hacia la casa—. Realmente estáis locos.
—Los Ballahios decían que volverían junto al oso gris —dijo una mujer—. Y lo han cumplido.
—Cazaremos al oso sea del color que sea y echaremos a los Ballahios. —Tom puso una mano sobre el hombro de Aurora, era curioso que los perros de Bjorn sí le permitiesen a Tom acercarse a ella.
Un hombre negó con la cabeza.
—¿Y cómo explicas que esta joven haya sobrevivido a un oso esta noche cuando quizás no hayan sobrevivido ni los antiguos del pueblo?
—preguntó y Tom se giró para mirar a Aurora.
Tenía el pelo oscuro y la tez dorada, un moreno más de la presencia de la nieve que del sol.
En su piel podía ver que habría recorrido demasiado mundo—.
Y hora Bjorn está pagando su inconsciencia.
—Bjorn volverá. —Tom bajó la mano hacia Zor, que tenía erizado el pelo del lomo de nuevo, y acarició la cabeza del animal con tranquilidad—. Henrik lo traerá.
—El peor invierno de los últimos años con una bestia y los Ballahios —dijo otra voz.
Tom alzó ambas manos.
—Regresad a casa —les dijo girando la cabeza hacia ella y tía Agnes.