18 #3
—Aurora, por favor. —Sintió las manos de Bjorn en sus hombros y él inclinó su cabeza hacia ella para acercarse más a su cara buscando su mirada de cerca—. Por favor. —Le apretó los hombros—. Busca a mi padre.
La soltó y se retiró de ella.
—Necesito saber qué quieren —añadió Bjorn.
Bjorn dio un paso atrás sin darle la espalda, seguía mirándola a los ojos.
No sabía nada de los Ballahios, solo que no era una buena noticia que estuviesen por allí. Pero si hasta alguien como Henrik Viken temía su presencia, no debían ser nada buenos.
Y ya estaba comprobando cómo Bjorn se volcaba una y otra vez en salvar a la gente de aquel pueblo, daba igual si eran animales salvajes, el relieve natural o indeseables.
Un ángel en medio de la nieve en toda regla enfrentándose cada día a una nueva sorpresa que le preparaba el bosque.
Un bosque mágico o maldito donde tantos encontraron el final.
Un ángel. ¿Pero quién lo salvaba a él?
No iba a poder detenerlo, le había dejado a sus perros para asegurarse de que llegaría a casa sin pérdida y los perros la alejarían del oso. Bjorn se quedaba solo, completamente solo. Con el oso y con los Ballahios.
Cerró la mano apretando la correa que ataba a Max y a Sila, la vio querer seguir a Bjorn y lanzar un leve gemido. Hasta el perro sabía que a donde iba su dueño no era un buen lugar.
—Busca a mi padre —repitió él antes de girarse hacia el valle.
Aurora expulsó el aire despacio por la boca, su corazón se había acelerado sobremanera. Tiró de la correa de aquellos perros, pero Sila hizo fuerza para que no pudiese moverla. Volvió a levantar la vista hacia Bjorn y vio su silueta perderse en el vacío, ya estaría descendiendo.
Cogió otro de los cabos de la correa, Blum estaba junto a su pierna, así que no tuvo mayor problema. Y cuando ya tuvo a los tres atados, Zor se acercó por propia voluntad. Llamó levemente a Zuko y enganchó su arnés también.
El dueño de los cinco no estaba, solo estaba ella. Y si quería hacer algo por Bjorn solo podía avisar a los Viken.
Tiró de la correa, pero solo unos pocos atendieron, ahora era Max y no solo Sila los que estaban resistiéndose y así no llegaría a la moto.
Se ayudó con la otra mano agarrando los cabos de Max y Sila, y tirando también de ellos, pero Sila se acostó en el suelo, como una esfinge sin dejar de mirar el lado por el que se había ido su dueño.
Aurora sabía que si el animal le daba por tirar, caerían todos por aquel escalón valle abajo.
El pecho le iba a explotar de los nervios y el frío desapareció por completo. No quería fallarle a Bjorn, después de lo que había hecho por ella, después de lo que estaba haciendo por todos los demás era lo menos que podía hacer por él. No fallarle.
Tiró de nuevo de los animales en dirección hacia la moto de nieve de Bjorn.
—Sila, por favor. —Pero ella ni la miraba.
La neblina estaba aumentando por momentos, apenas podían verse ya los árboles a varios metros. Hizo lo mismo con Max y este sí pareció moverse hacia ella, pero a regañadientes, al menos le hizo caso.
Sila estaba dispuesta a no ceder.
Era un pulso considerable entre la hembra de la manada y ella.
Y no podía perder tiempo, no sabía el que tenía Bjorn. Necesitaba llegar hasta los Viken.
Dio unos pasos y llegó hasta Sila, la cogió por el collar, pero el perro giró la cabeza en un movimiento rápido, gruñendo y sacando los dientes. La obligó a retirar la mano con rapidez.
—¡Mierda! —soltó retirándose de la perra.
Suspiró con fuerza. Pero no podía rendirse. Dejar a Sila allí sola no era una opción. Bjorn se los había confiado, a los cinco. Y se llevaría de allí a los cinco.
Le pidió que no le fallara. No iba a fallarle aunque se llevase un recuerdo con la forma de los dientes de Sila en la piel.
—A cojones no me ganas tú a mí. —Le dio la espalda a la perra y se pasó la correa por el hombro cerrando la mano con fuerza. Si tenía que llevarla a rastras hasta la moto la llevaría.
Dio el primer paso y notó el peso del animal, al menos la nieve le facilitaba el arrastre. Miró atrás, Sila se había tumbado de lado, dejando todo el peso para resistirse. Pero ella dio otro paso más mientras su pie se hundía en el suelo. Y un tercer paso mientras su otro pie se hundía.
Así llegaría hasta la moto, pero necesitaría demasiado tiempo. Y luego no sabría qué hacer.
Volvió a girarse hacia Sila, que seguía sin perder de vista el lugar por el que se había ido Bjorn.
No podía cogerla del collar, ni tocarla y por tanto no podía cogerla en brazos.
Sabía que la única forma de llegar rápido a los Viken era soltar su correa.
Negó con la cabeza.
Dio tres zancadas hasta la perra.
—Te llevo conmigo al pueblo aunque llegue a la casa Viken sin mano.
—Agarró el collar de Sila y la reacción del animal fue la misma, pero esa vez Aurora estaba decidida a no soltarla.
Los dientes de Sila llegaron hasta sus guantes, quizás el animal no esperaba encontrarlos allí sin inmutarse a su amenaza.
La vio dudar un instante antes de atraparle la mano.
No apretó, no le clavó los colmillos, solo comenzó a hacer unos movimientos rápidos abriendo y cerrando la boca en unos mordiscos rápidos, algo que le recordó a las pirañas de las series de niños.
Una piraña sin mucha maldad ni fuerza. Era tan solo un cosquilleo molesto en la mano que se intensificó un poco cuando vio que su cuerpo se estaba desplazando en contra de su voluntad.
Pero seguía siendo demasiado lento. Así que volvió a tentar a la suerte dando un paso más hacia la resistencia de Sila.
Se inclinó hacia ella, le rodeó el cuerpo con los brazos y la alzó hasta ponerla en pie.
No sabía muy bien cómo se cogía a los perros, nunca lo había hecho.
Y de ese tamaño era aún más complejo. Metió la cabeza entre las patas delanteras de Sila.
La rodeó con los brazos y la alzó hasta cargarla en peso al completo como si cogiese a un niño pequeño.
Notó el cuerpo del animal completamente endurecido y tenso, quizás no se esperaba su atrevimiento.
Ni siquiera ella misma se lo habría esperado.
Tenía las patas de Sila sobre sus hombros y el hocico lleno de dientes delante de su cara, si le hubiese tirado a morder no sabía cómo habría acabado.
Pero Bjorn confiaba en Sila, por eso la había dejado a su cargo, así que no podría ocurrir nada malo.
Vio la cara de resignación en el perro cuando se vio en brazos mientras daban zancadas incómodas hacia la moto.
—Tenemos que ayudar a Bjorn —le dijo Aurora—. Tienes que poner de tu parte.
Llegaron hasta la moto, por suerte el resto de perros no se resistían, iban derechos al destino. Aurora se inclinó para soltar a Sila, no la dejó en le nieve, sino en el reposapiés de la moto.
Y se sentó con rapidez en el asiento colocando cada rodilla a los lados del animal para impedirle moverse. Vio el enganche en la parte delantera de la moto donde iba el mosquetón de las correas de los perros.
En cuanto ellos sintieron aquel clic parecieron activarse y comenzaron a tirar con fuerza. Aurora tuvo que apresurarse a agarrarse al manillar para no caerse, los perros estaban moviendo la moto sin ni siquiera ponerla en marcha. Y la llevaban demasiado rápido para aquel terreno.
Madre mía.
No poder controlar la velocidad estaba siendo extraño, la moto parecía patinar sin remedio. Enseguida arrancó el motor, pero apenas notó el cambio de velocidad, iban a estrellarse si seguían así.
Resopló con fuerza, Bjorn nunca los llevaba atados a la moto salvo en momentos de peligro o similares, podía entender el por qué.
Joder.
Aceleró la moto intentando tomar el control y vio que las correas dejaron de tensarse, entonces los perros se abrieron en su camino y se adaptaron a su velocidad. Pero esa era más rápida de la que ella estaba acostumbrada. Estaba claro que ellos no habían marchado nunca con una novata.
Bajó los ojos hasta Sila, estaba sentada en el reposapiés y miraba al frente. Bajó una mano hasta su nuca y la pasó suavemente por el pelaje blanco del animal.
Al final nos vamos a hacer hasta amigas, creo que las dos queremos lo mismo.
Salvar al ángel de la nieve.
Notó cierto brillo en los ojos. Dejar a Bjorn atrás no había sido fácil para ninguna de las dos.
Ella al menos entendía la misión que le había encomendado el guardabosques, pero Sila solo sabía que Bjorn había quedado solo en un bosque de noche, con un oso y con extraños que eran una amenaza.
Entendía que pusiera residencia para irse y más con ella, que ni siquiera era una persona grata en su manada perfecta.
Pero se estaba dejando tocar sin problema.
Sila alzó la mirada hacia ella y se encontró con sus ojos.
—Vamos a ayudarle. —Apartó su mano de Sila y agarró de nuevo el manillar para que la moto no se desviase del camino que le marcaban los perros. Ya estaban en el sendero, así que se vio segura de acelerar aún más.
Podía ver a lo lejos la farola de la tía Agnes, al fin.
Y por lo que podía alcanzar a ver también, no era la única luz a los pies del bosque.
Había más gente para ser aquellas horas.
Quizás habían regresado todos los de las batidas cuando pasó la tormenta.
La neblina iba dispersándose a medida que avanzaba hacia las casas, quizás por el cambio de altitud, el bosque estaba completamente invadido, las casas por suerte no.
Vio las luces alrededor de la farola moverse cuando los perros empezaron a ladrar. Todos reconocían el sonido de la moto del guardabosques y su jauría bajando de la colina.
Pero no era el guardabosques el que llegaba.
Aminoró la marcha cuando se estaba acercando a ellos, pero las correas de los perros se tensaron impidiéndole frenar. Temió pegársela o volcar, no podía darle al freno o entonces se caería la moto de boca.
Por suerte los perros fueron aminorando poco a poco. Espiró aire despacio al sentir aminorar la marcha hasta el punto de poder ir frenando poco a poco.