Mi ángel de la nieve 18 #2
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18 #2

—Doy problemas, pero he encontrado al oso y al Kyrax.

—Y fue capaz de decirlo con orgullo. Oyó una leve risa de Bjorn, que aún no había arrancado el motor.

Lo rodeó con los brazos suavemente en un intento de encontrar algún calor como encontró en la cueva.

Pero a la intemperie y con aquellas ropas no era posible.

Al menos sentía la forma de su cuerpo y comenzaba a encantarle.

Respiró despacio esperando que el tembleque leve de sus piernas se fuera aunque no se le hubiera pasado el frío, y no se le pasaría seguramente hasta que tomase algo caliente.

—No estás bien. —Bjorn le cogió la mano y tanteó su brazo.

Volvió a girarse para mirarla y se bajó de la moto para rodearla y abrir el maletero trasero. Sacó un bote plateado.

—No hay mucho, creo. Pero sigue caliente —le dijo abriéndolo.

Era un termo alargado con el tapón de rosca. Aurora bajó la mirada hacia el agujero del bote cuando Bjorn se lo acercó. No era chocolate, era un líquido con aroma dulce.

Le dio un sorbo y lo sintió caliente, algo picante y dulce a la vez.

—Es una infusión de una planta de aquí —le dijo Bjorn mientras ella le daba un segundo sorbo, esa vez mucho más largo—. La recogen en verano, no hay en otra época. Dicen que es buena para el resfriado, pero todo el mundo la toma para entrar en calor.

Y no le extrañaba. El picor iba aumentando a medida que pasaban los segundos, y la boca comenzó a calentársele como si le hubiese dado un sorbo a un caldo hirviendo que bajaba garganta abajo.

—Quema —le dijo ella, pero Bjorn ya lo sabía.

—¿Mejor?

No lo sé.

Le devolvió con rapidez el bote a Bjorn y este lo cogió riendo. No pensaba darle ni un sorbo más a aquello.

Tragó saliva siendo consciente de que su cuerpo comenzaba a entrar en calor poco a poco, la garganta y la boca ya iban recuperándose del picor.

—¿Ya? —Bjorn guardaba el bote, pero seguía sin perderla de vista.

—Ahora sí. —Se limpió las lágrimas que le había provocado aquel mejunje—. Gracias.

—Es desagradable solo unos segundos.

—Podrías haberme avisado. —Bjorn se montaba de nuevo en la moto.

—No hubieses tomado tanta cantidad y la necesitabas.

Aquí nadie avisa de nada. Menudos traicioneros.

Volvió a tener la espalda del guardabosques delante y no dudó en rodearlo y en dejarse caer en él.

Sonó el motor y emprendieron la marcha hacia el lago. Notaba la diferencia entre ir en la moto sola o con Bjorn. Así podía relajarse, Bjorn sabía bien por dónde meterse y dónde no, no tenía miedo de volcar ni de perderse y hasta el camino parecía más estable.

Ni siquiera el bosque le estaba pareciendo el mismo y no era solo por las capas de nieve nuevas. El peligro parecía ir disminuyendo hasta quedarse reducido.

—No te vayas a dormir y caerte. —Lo oyó decir y le respondió con un leve pellizco en el abrigo, ni siquiera sabía si lo habría notado.

Tardaron un rato en llegar al valle del lago, habían tenido que dar varios rodeos, la tormenta había bloqueado algunos caminos.

Allí la oscuridad era constante, no tenía ni idea de qué hora sería.

El móvil hacía ya rato que se le había apagado.

Nunca imaginó que aquel aparato podría llegar a resultarle completamente absurdo.

El pueblo y el bosque habían sido como retroceder varias décadas, un portal en el tiempo hacia otro mundo con otro horario, otra luz, otra temperatura y otros entretenimientos.

Unos entretenimientos peligrosos y mucho más reales que los que estaba acostumbrada.

Y no le disgustaban. De hecho, volver al mundo real que le esperaba a kilómetros de la nieve, el mundo tecnológico, de horarios herméticos y monotonía cotidiana, como si cada día fuese una copia exacta del anterior, sabía que le llegaría a pesar.

Bjorn fue aminorando la marcha hasta que detuvo la moto, la luz del faro se apagó y se hizo la oscuridad completa de nuevo hasta que el guardabosques sacó uno de sus faros linterna, un caño de luz potente que alumbraba a gran distancia.

—¿Es aquí? —preguntó antes de bajarse.

Aurora bajó tras él buscando el lugar exacto donde se escondió aquel animal y por donde se lanzó al terraplén como si quisiera morir de la caída. Dio unos pasos mientras Bjorn le alumbraba el camino, aunque sin seguirla aún.

Y no hizo falta buscar mucho más, uno de los árboles un par de metros adelante tenía la marca en el tronco similar a la que encontraron junto a la casa de tía Agnes, solo que esa vez el tronco resistió la embestida de la garra.

Una marca de uñas perfecta que parecía estar haciendo sangrar al árbol entre hendiduras rojizas.

—¡Aquí! —dijo ella alargando la mano hacia la marca.

Una garra que era capaz de desgarrar así la madera podría destrozar a animales y personas.

Necesitaban encontrar al oso y devolverlo a su lugar de origen, como le había explicado Bjorn que era el protocolo que debían seguir.

Por eso a él no le gustaban las partidas de búsqueda y de caza vecinales, porque el oso podría atacar a alguien e irse de las manos, y se sumarían más muertes de personas y animales en aquel bosque mágico y maldito.

Y ya en su historial había habido suficientes.

—Ese olor… —susurro ella. Hasta en el árbol parecía haber quedado impregnado. Nunca había olido algo así.

Miró de reojo a Max, que se había acercado al tronco , el perro ni siquiera necesitaría pegar su nariz a la marca para apreciar el olor.

Si era un oso, y no podía ser otra cosa, sería terriblemente enorme.

—Tiene que ser tan grande… —Pasó la mano por la marca mientras sentía a Bjorn inclinarse en su hombro para ver el tronco de cerca.

—Los polares son grandes —respondió el guardabosques—. El mayor de nuestros osos que están en las cuevas de las montañas no es ni la mitad.

No muy lejos del árbol pudo ver ramas rotas de los arbustos y un trozo de tronco, quizás de otro árbol, que con la oscuridad no alcanzaban a ver.

Fue consciente de la gravedad de tener a un animal así suelto en el bosque, con niños y personas mayores que poco podrían hacer contra él. Realmente nadie podría hacer nada contra él, ni siquiera Bjorn o Henrik Viken.

Su cara tendría que estar reflejando sus pensamientos porque vio a Bjorn observarla un instante en silencio.

—Solo quiero saber su ruta, dónde se esconde y dormirlo hasta que se lo pueda llevar el helicóptero —dijo Bjorn bajando la intensidad del faro, que quedó en una luz amarillenta entre los dos—.

Y tengo que hacerlo antes de que la nieve me impida llegar a él o no podremos atraparlo antes de que acabe el invierno.

El pánico volvió invadir el cuerpo de la joven. Aislados y atrapados por la nieve y con el oso rondando el pueblo.

Bjorn acercó la mano a su cara. Sintió la tela fría del guante.

—Un bosque encantado y maldito haciendo honor a su fama —le dijo inclinándose hacia ella—. Tu tía Agnes debió explicarte bien a dónde venías.

Se sintió imbécil de haber pensado que iba a unas vacaciones, desconexión y descanso.

Aquello estaba superando sus expectativas en todos los sentidos.

Lo que no entendía era por qué tía Agnes la quería allí.

No a su hermana, ni a sus primos ni a nadie más.

A ella. Solo a ella. Pensaba que era porque siempre tuvo cierta conexión personal con ella.

Pero ahora ya dudaba de que fuese su sobrina preferida y no todo lo contrario.

El sonido lejano de un motor pareció retumbar en el valle y Bjorn dirigió hacia el suelo el foco con rapidez y lo apagó mientras se giraba hacia la colina que llevaba a la casa.

—No estamos solos —murmuró.

¿Y quién demonios podría estar en el bosque con la tormenta que acababa de terminar? Horas de ventisca y hielo insoportables.

Dio pasos torpes tras Bjorn, que se fue acercando al borde para poder ver de dónde llegaba aquel sonido. Salieron de la arboleda, sin más luz que la de las estrellas que ya volvían a aparecer. Con la neblina que se había formado tras la tormenta era muy difícil ver nada tan lejos.

Pero quienes fueran que estuviesen abajo no sabían que pudiese haber nadie en el bosque y no parecían tener cuidado alguno en esconderse.

Había luces de focos, contó hasta cuatro, uno grande y tres pequeños, y otra luz alargada.

En un principio en medio de la oscuridad grisácea del valle de la cabaña y el lago parecía una especie de volcán ardiendo.

No tardó en verle forma, la montaña no era más que el techo de la casa y el agujero que pudo ver en ella ahora era rojo, reflejo de algún fuego que habrían hecho en su interior.

Había gente en la cabaña de tía Agnes y ahora fue consciente de su atrevimiento de visitarla sola.

Se agarró a la manga de Bjorn, que tuvo que sujetar a Max que estaba decidido a lanzarse por el terraplén al igual que lo hizo ella, después de emitir un gruñido considerable que le recordó al del Kyrax del bosque.

Se oyó el tintineo de cadenas y dos focos más salieron de la cabaña. Debían de ser al menos siete personas.

Bjorn no tardó en sacar la correa de sus perros y se la dio a Aurora.

—Ahora tienes que escucharme —le dijo el guardabosques cogiendo un extremo y enganchándolo en el arnés de Sila, quizás la que sabía que se resistiría a obedecerla a ella.

—No. —Y no era únicamente el miedo a quedarse sola. Aquella gente no era del pueblo y Bjorn los había reconocido con rapidez. Así que solo podía ser aquel apellido que había escuchado varias veces. Los Ballahios.

Pero Bjorn no pareció ni escuchar su oposición. Así que se irguió frente a ella.

—Escúchame, y aquí no puedes fallarme. —Cogió otra de las correas y la enganchó en Max—. Tienes que volver al pueblo.

—¡No! —Era algo que estaba viendo venir.

—Los perros van a guiarte, no te perderás —continuó Bjorn—. Busca a mi padre y al alcalde y les dices que los Ballahios están en la cabaña.

Aurora negó con la cabeza.

—Prométeme que no harás estupideces.

Aurora cogió aire con fuerza y apretó los labios.