18
La tormenta se había extendido quizás durante horas.
No lo sabía, junto a Bjorn el tiempo pasaba diferente.
Además era una suerte que él no solo llevase encima golosinas de perros, también humanas.
No recordaba otro momento en el que el dulce y el sabor a chocolate blanco le hubiese sentado mejor.
Llegó un momento en que en la cueva se había concentrado cierto calor que hizo que le sobrase en parte el mono, al menos abrochado.
Tener la cara ardiendo en aquel espacio concurrido, pero cada vez más cómodo hizo que sus párpados comenzasen a pesar hasta que la oscuridad y el olor a animales comenzase a transportarla en el espacio y en el tiempo hasta desaparecer.
—Aurora —un susurro de Bjorn la hizo abrir los ojos.
Tenía la cara hundida en el abrigo de Bjorn a la altura de su pecho derecho.
Tras ella estaba el brazo de Bjorn alejándole el contacto con la pared de roca dura, no sabía en qué momento se había recostado sobre él, no sabía cómo llegó a aquella postura descarada sobre el guardabosques, con tremenda manta de pelo de dos perros sobre las piernas.
Necesitó unos segundos para regresar a la realidad y que su cerebro comenzase a dar órdenes a su cuerpo.
No tenía frío en ninguna parte del cuerpo, al contrario, la cara le ardía. Y el ardor de la cara aumentó al notar la tirantez en la comisura de la boca. Se le habría caído hasta la baba sobre él cuando se quedó dormida.
Se llevó la mano a la cara con disimulo antes de ser capaz de retirarse y mirarlo.
—Disculpa. —Fue lo único que le salió decir mientras se enderezaba y Bjorn liberaba su brazo tras ella.
Qué vergüenza.
Se restregó la mano en la boca para limpiarse aquella sensación pegajosa y miró de reojo si había manchado el abrigo de Bjorn.
Dioooos.
Se apresuró a acercar la manga del mono y restregarla por Bjorn.
—Lo siento, de verdad —dijo limpiándole el cerco, era una suerte que aquellas ropas fueran impermeables. Bjorn contuvo la sonrisa.
Pero después del susto y la carrera, traerme a este agujero agradable…
—No te preocupes —respondió él y ella alzó los ojos hacia él. El fuego y la calidez del escueto espacio habían hecho que las mejillas de Bjorn estuviesen algo más elevadas que el anaranjado que le producía la nieve. El ángel humano de la nieve era una locura a la vista.
Y yo sin ser consciente de que estaba durmiendo con tremendo muñeco. Pufff, que la tormenta dure cuatro días, por favor.
Y no dejaba de transmitir esa sensación de seguridad absoluta que la había hecho caer casi desvanecida sin ser consciente.
Recordaba que estaban hablando del resto de leyendas y folclore de aquel bosque, y esas historias le daban un rasgo místico de completo bosque encantado, con sus agujeros oscuros, sus bestias y sus espíritus protectores con forma de animal.
Ella ya había comprobado que al menos eso último era real, ¿por qué no lo iba a ser el resto?
Ya no se escuchaba nada fuera.
—¿He dormido mucho? —preguntó y la risa de Bjorn la hizo desviar la mirada con vergüenza.
Vamos, que he perdido un tiempo maravilloso. No me voy a ver en otra.
Entornó los ojos hacia la boca de la cueva.
Aunque aquí las tormentas son frecuentes. Pienso perderme en todas y que este me meta en una de estas.
Blum no parecía pensar quitársele de encima, así que ni lo intentó. Le estaba dando un calor impagable y estaba tan dormido como ella hacía un rato. El único de los perros de Bjorn que seguía dormido.
—Otro que duerme. Creo que ahora sé por qué este y yo nos llevamos tan bien —dijo y vio a Bjorn sonreír mirando a su perro.
—Inconscientes con el peligro, curiosos, atrevidos, desobedientes… claro que os lleváis bien —dijo él y ella lo miró de reojo.
El perro pareció reaccionar a la voz de su dueño y abrió los ojos, pero solo para comprobar que todo seguía en su lugar y volvió a cerrarlos.
—Es el primero en tumbarse y el último en levantarse siempre —dijo Bjorn sacudiéndolo suavemente, volvió a abrir los ojos pero con el movimiento.
—También será el que gasta más energía —replicó Aurora—. Ser curioso, atrevido y desobediente requiere mucha exigencia —dijo antes de reír y le gustó hacer sonreír a Bjorn.
—Es un dolor de cabeza terrible —añadió él.
Y ahora tienes dos dolores de cabeza y cuatro perros.
Bjorn miró hacia el hueco de la cueva.
—La tormenta ha pasado. —Esperaba esas palabras de Bjorn, no se oía nada fuera—. ¿Puedes enseñarme dónde viste al oso?
Aurora asintió. Si Bjorn la llevaba hasta la colina del lago no tendría problema. Había trozos de aquel laberinto blanco que ya le sonaban.
—¿Y si sigue por allí?
—Los perros no nos dejarán acercarnos si esta allí —respondió Bjorn incorporándose y sentándose en la pared de roca. Su movimiento hizo que tres perros se alzasen a la vez que él.
Aurora bajó los ojos hacia Blum, que seguía sin quitarse de encima. De hecho, él seguía durmiendo.
—Tienes cinco seguros de vida.
—Y tú un Kyrax —dijo Bjorn con rapidez—. Me llevas cierta ventaja.
Max pasó por delante de las piernas de Bjorn para salir, vio que tuvo que escarbar algo la nieve para facilitar la salida. Bjorn se inclinó para asomarse.
Aurora se apresuró para subirse el mono y cerrárselo, la temperatura fuera apuntaba a ser terrible.
Pero Blum no se movía y pesaba lo suyo.
—Shhh —lo llamó ella—. Hay que irse, eh.
Solo abrió un ojo y enseguida lo puso en blanco mientras su párpado se cerraba.
Este es peor que yo por la mañana.
Sus hermanos de manada estaban ya fuera y Bjorn apagaba el fuego empujando nieve de la acumulada del agujero.
—Vamos. —Le tendió la mano—. Lo de este perro no lo entiende nadie —añadió agarrando la mano de Aurora—. ¡Blum!
Al fin el perro alzó la cabeza y miró a Bjorn.
—Venga fuera. —Le dio la orden y el animal levantó primero el culo y empezó a estirar la espalda.
Sin mucha prisa se fue girando y dio un par de pasos hacia la puerta, luego estiró el cuello y finalmente dio un paso más hacia fuera mientras estiraba primero una pata trasera y luego la otra.
Bjorn lo observó hasta que salió y tiró de ella para que se levantase.
Y una vez en pie, Aurora se dio cuenta de un inconveniente que no esperaba.
Me meo.
Con un mono y en medio de la nieve.
Yo no pienso bajarme el mono y sacar el culo ahí fuera. Se me va a congelar hasta…
Pero no iba a tener muchas opciones. Resopló al sacar un pie fuera. Se puso los guantes con rapidez.
El primer paso fue un traspiés. Blum fue derecho a hacer lo que tendría que hacer ella si no quería mearse encima. El cambio de temperatura del exterior no ayudaba a su contención.
Bjorn se había acercado a ella después de verla bascular. Andar por allí se complicaba por momentos, la nieve que había era tremendamente blanda. Podía ver a Zuko con solo la cabeza fuera y a Blum lanzarse sobre él hundiéndolo por completo.
Siempre hay un hermano incordioso, aquí está claro quién es.
Bjorn la llevó hasta el primer árbol y se alejó de ella hacia la moto de nieve. Aurora ni siquiera podía verla y se le habían perdido de la vista también tres perros, entre ellos Sila.
Rodeó despacio el árbol apoyándose en el tronco.
—Bjorn, necesito un momento. —Alzó la voz para que la oyese bien mientras escarbaba en la nieve con las manos intentando hacer un agujero a su alrededor para poder inclinarse.
—No te preocupes, te doy la espalda. —Él parecía saber a lo que se refería.
Esto es de traca.
Cogió aire para aguantar la respiración mientras se bajaba la cremallera del mono, sacó los brazos y se apresuró a bajarse los pantalones y las mallas de lana interiores. Tenía unos segundos antes de congelarse el culo. Inclinó las piernas y arqueó la espalda todo lo que pudo para no mancharse.
Y el sonido del chorro sobre la nieve empezó a salir. Se apresuró a terminar, secarse y taparse de nuevo, ya empezaba a hormiguearle la piel. No había rozado la nieve, pero no hacía falta para congelarse de inmediato.
Volver a entrar en calor le iba a costar.
Echó el aire de golpe y comenzó a dar zancadas hasta Bjorn mientras su cuerpo comenzaba a temblar. Todo el bienestar parecía haberse quedado en la cueva, fuera estaba la realidad de aquel lugar. Y era inhóspito y tenebroso de nuevo.
Bjorn estaba junto a la moto de nieve. La habría desenterrado, cuando salieron no se veía. Al llegar a él Bjorn se giró para ponerse de cara a ella.
—¿Estás bien? —preguntó subiéndole la capucha del mono.
—Todo lo bien que se puede estar a tantos grados bajo cero —respondió ella y él sonrió—. ¿Cómo demonios puedes pasar tu vida aquí?
Bjorn ya se subía a la moto.
—¿Cómo se puede pasar la vida lejos de aquí? —Fue su respuesta.
—No conoces otra cosa —le dijo subiendo tras él.
—No lo necesito.
—¿No te cansas de estar solo y de ver durante toda la vida las mismas caras?
Demasiado bien se lleva esta gente aquí encerrados sin murallas.
—¿No consiste en eso?
La joven frunció el ceño al oírlo.
—Milán está lleno de gente, pero ¿a cuantas realmente miras, escuchas y hablas? —Había girado la cabeza para no perderla de vista—. Padre, madre, ¿hermanos?
Ella asintió.
—Una.
—Amigas… ¿cuántas?
—Tres.
—¿Vecinos?
—Dos familias.
Bjorn asintió.
—No importa que sea una gran ciudad o un pueblo aislado, todo se reduce a un mundo personal.
—No, no, de eso nada. Allí siempre puedes conocer a gente nueva. —Se agarró al abrigo de Bjorn. Ya era capaz de hacerlo con más naturalidad, casi no había sido consciente de su propio gesto—. Aquí no.
—¿Ah, no? ¿Y qué eres tú?
Ella alzó las cejas y entornó los párpados.
—Una forastera curiosa, atrevida y desobediente —replicó—. Como Blum, pero en humano.
—Prefiero la otra versión —dijo él con ironía y Aurora tuvo que reír mientras se bajaba las gafas—. Da menos problemas.
Se inclinó hacia Bjorn y se dejó caer levemente en él.