Mi ángel de la nieve 17 #2
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17 #2

Aurora sintió un leve calor en las mejillas mientras algo se le removía en las costillas. Intentó que no se le notase.

—Solo le di comida. —Intentó quitarle importancia.

—Y él no te arrancó la cabeza —replicó Bjorn, y parecía que estaba seguro que de ser otra persona, sería lo que hubiese hecho.

—¿El de Hans le arrancó la cabeza a alguien? —preguntó y Bjorn contuvo la sonrisa.

—Había una familia del condado vecino, los Ballahios.

—Frunció el ceño al pronunciarlo y Aurora recordó habérselo escuchado nombrar a Henrik cuando le llevo la garra de hierro a su tía—.

Hans había tenido problemas con ellos desde niño, ¿y quién no?

Tenían a este pueblo aterrorizado y solo Hans, mi padre y alguno más les enfrentaban.

El Kyrax no necesitó arrancar ninguna cabeza.

—Bjorn contuvo la sonrisa—. Pero se le acabaron los problemas a este pueblo con ellos.

—¿Y cuando Hans y el Kyrax se fueron? —No quiso decir «murieron». De hecho, no había pruebas del que el Kyrax hubiese muerto, no apareció.

—Regresaron.

¿Y?

Bjorn no parecía continuar.

¿En serio? ¿Así me va a dejar?

Bjorn pareció ver en su expresión que quería saber más.

—Mi padre es una buena contención, pero ellos son más. Hace un par de años que no aparecen por aquí, pero no sé hasta cuándo —añadió Bjorn.

Joder con el puto pueblo este. Son una cajita de sorpresas de mierda.

—Además en cuanto se enteren de que hay un oso suelto, vendrán.

Aurora entornó los ojos. Si ya aquello era un pueblo con cierta tensión, no quería ni imaginar si llegaban otros que eran peores que los Viken.

Los Ballahios le habían hecho recordar la garra de hierro.

—Hay algo más —dijo ella y Bjorn pareció sobresaltarse—. Antes del oso había alguien haciendo creer que había un oso.

El guardabosques despegó la espalda de la pared para inclinarse sobre ella. Le puso la mano en el hombro para que siguiera hablando.

—Escuché a tu padre decirle a mi tía que había encontrado una vara de hierro con una garra de cuchillas en la cabaña del bosque.

Bjorn no sabía nada, lo estaba comprobando en su expresión, una muy similar a la que habría tenido ella momentos antes cuando fue consciente de que su tía sabía lo del Kyrax.

—Fue antes de la reunión —continuó—. Y no me preguntes por qué, pero la vara la tengo yo. —Reconocer que la cogió le daba un tremendo bochorno, pero ya en aquel punto nada parecía importar mucho.

El guardabosques desvió la mirada un instante. Claro que le dolía que su padre se lo hubiese ocultado y más, supuso, siendo el guardabosques y el primero en la línea del peligro de todo lo que hubiese en aquel bosque, animal o humano.

—Antes de la reunión. —Bjorn bajó la cabeza y dirigió la mirada de nuevo hacia Sila, que había apoyado la cabeza en él tal y como la tenía Zuko en ella.

—De todos modos es cierto que hay algo en el bosque —lo dijo en un intento de que la decepción de Bjorn fuese a menos.

—Pero fue después. —Lo sintió coger aire profundo—. El oso llegó con el Kyrax y contigo.

Aurora giró la cabeza para no ver la manera en que Bjorn la estaría mirando. Cogió aire de manera profunda y lo echó de golpe. Que los tres llegasen a la vez era una casualidad que la tensaba.

—Quien me quitó la moto me quería muerta, desde luego —dijo Aurora con ironía intentando disipar la tensión.

Miró de reojo a Bjorn, él seguía mirándola de una manera que la hizo apretar el estómago para contrarrestar aquel rayo de nieve que acababa de atravesarla produciéndole descargas.

—No exactamente, y sí —respondió él.

Aurora levantó las cejas.

—No estoy de acuerdo con ciertas costumbres de este pueblo —añadió Bjorn y la hizo girar el cuerpo para mirarlo de frente. Las descargas placenteras se habían disipado dejándole tan solo hielo, uno duro y frío que hizo que se le endureciesen hasta los brazos.

—Qué demonios —dijo ella casi en un susurro.

—Cuando alguien pone un pie en el bosque durante el invierno es una costumbre dejar que sea el bosque el que decida si es digno o no de estar con nosotros.

Sentía tanto hielo dentro que apenas podía moverse.

—¿Dejar que muera? —No daba crédito.

—Ya te he dicho que no estoy de acuerdo. Pero es una especie de contrato entre el bosque y el que decide atravesarlo. En las batidas cuando se busca a alguien también suele haber muertes, se intenta evitar eso por culpa de un inconsciente.

—Pero si decís que no sale nadie a buscarlos.

—Es una ley antigua y absurda, ya hace años que se suele buscar a los nuestros si no vuelven. —Vio que Bjorn desvió la mirada y entonces lo entendió.

Los suyos.

—Solo los vuestros. —Por eso Vilma y sus amigas le advirtieron de aquella manera con lo del bosque y los extranjeros. Ahora encajaba. No solo las montañas, el valle y el bosque y todo lo que hubiese allí les pertenecía, es que el forastero solo podía aspirar a no sobrevivir.

Se llevó la mano a la sien.

A qué maldito lugar del demonio he ido a caer.

Encogió la rodilla para apoyar el codo en ella y dejó caer la frente en su antebrazo. Cerró los ojos.

Ángeles en el bosque, no era que fueran extraordinarios. No era que hubiese sobrevivido ni siquiera el primer día sin ellos. Y cada vez todo iba encajando más.

Tendría que haber cogido el primer autobús. Tendría que haber regresado, no era su lugar. Ni de ella ni de nadie que no hubiese nacido allí.

—Vilma no tendría que haberte quitado la moto, no es así como funciona. —Oyó decir a Bjorn.

Aurora apretó los párpados con fuerza, casi no podía coger aire por la nariz. El hielo se le estaba yendo y ahora su cuerpo comenzaba a arder.

—Y tú no tendrías que haber venido a buscarme, ¿no? —Levantó la cabeza al fin.

—Ya te he dicho que yo no sigo esa norma —replicó Bjorn con rapidez—.

Y el llamador que llevas en el bolsillo es una muestra de que no pienso dejar que muera nadie.

Aquí somos muchos los que no estamos de acuerdo, casi todos los jóvenes.

Ni siquiera Vilma, no sé en qué demonios estaba pensando cuando se llevó la moto —negó con la cabeza—.

Maggie tampoco cumplió la norma cuando me llamó para que te sacara del acantilado.

Y no la vio dudar un ápice en llamar al guardabosques.

—Y tuvo represalias —añadió Bjorn y Aurora levantó la cabeza en un sobresalto—.

La mayoría de los mayores están muy arraigados al folclore de este sitio.

Los jóvenes creemos menos en esos cuentos mitológicos de osos gigantes, Kyrax, muertes y un castigo al pueblo con forma de tormentas y una bestia.

—¿Mañana tendrás represalias tú?

—A mí ya no me pueden hacer nada más. —Pasó la mano por el pelo de Blum, que seguía en medio de los dos—. Vivo aislado del pueblo, eso ya lo sabes.

La joven frunció el ceño. Había visto que Bjorn no tenía mucha relevancia en el pueblo, siendo el guardabosques no lo entendía.

Iba a comer por la mañana a la chocolatería de tía Agnes y era tía Agnes la que le preparaba las comidas del resto del día.

Pensaba que era porque le daba pena, por ayudarlo.

Y era porque el pueblo le hacía una especie de vacío por no cumplir con ciertas costumbres arraigadas durante años. Aunque fuese el hijo de Henrik Viken.

—Llevan años diciendo que los Viken atraeríamos al oso gris —dijo Bjorn—. El oso gris ha sido el mayor castigo a este pueblo. Ni siquiera el último fue gris.

Alzó la mirada hacia ella.

—Que haya alguien haciendo creer que había un oso de otro lugar no me extrañaría, pero que apareciese un Kyrax y una bestia de verdad es algo que no lo tenía ni en remotas posibilidades.

Aurora se rodeó las piernas con los brazos.

—¿Hay posibilidad de que ese animal no haya venido solo? —preguntó. La duda que había tenido desde el primer día—. Que sea de alguien, me refiero.

Bjorn negó con la cabeza.

—¿Del dueño de la garra de metal? —añadió ella.

Bjorn volvió a negar con la cabeza. No entendía por qué estaba tan seguro.

La tormenta fuera sonaba que daba miedo, recorrió con la mirada los perros de Bjorn, uno por uno, y se acordó del otro animal salvaje y solitario que estaba fuera.

Saber que no era un animal común la tranquilizaba en parte, pero que no fuese común, que fuera algo legendario no quitaba que estuviese completamente solo entre el frío y la lluvia de nieve.

Cogió aire levemente y tragó saliva. Luego miró a Bjorn de reojo, ya se habían borrado completamente de su cara las señales de la pelea con su hermano.

—¿Cómo acabaste solo en la colina? —se atrevió a preguntar.

—Soy el guardabosques —respondió él y ella negó con la cabeza.

—Podrías regresar cada noche al pueblo. —Aurora bajó la mirada al decirlo, que Bjorn permaneciera solo todo el tiempo significaba que no tenía interés en nada que hubiese en el pueblo, incluidas todas las que colaboraran en que estuviese dentro de aquella cueva una noche de tormenta y demasiada nieve—.

Te pregunto que cómo acabaste solo en la colina.

Lo vio contener la sonrisa y su gesto hizo que ella sintiese algo de bochorno por la pregunta.

—Ya te lo he dicho antes, no aceptar normas, ni siquiera las de mi padre, tiene consecuencias —respondió él—. Tu tía podría hablarte más extendido sobre eso.

Su tía tendría que hablar con ella de demasiadas cosas.

—A ella también le dan igual las normas —dijo Aurora—. ¿La de dejarme morir en el bosque? —preguntó con ironía mientras agarraba con la mano una pequeña rama que Blum tenía enredada en el pelaje.

Bjorn negó con la cabeza.

—Me pidió que te buscase.

Aurora desvió la mirada hacia su mano, partió la rama con el dedo pulgar y la lanzó al fuego.

Vilma no tendrá represalias de nadie por haberme quitado la moto y abandonado a mi suerte. Pero no la va librar nadie de que me cague en su puta madre.

El sonido del viento aumentaba, ya la entrada de la cueva estaba casi cubierta de nieve, el fuego iba fundiendo parte de ella y se estaba formando un charco en el suelo que se iba llenando por un goteo armonioso y tranquilo.