17
Había llegado junto a Bjorn hasta el propio borde del precipicio, ya estaba empezando la tormenta y casi no se podía ver al dar un paso. Pero Bjorn no necesitaba ni siquiera ver.
Había parado la moto y la arrastraba mientras las piernas de ambos se hundían de manera considerable.
Pero Aurora al fin vio hacia dónde se dirigían.
Pudo ver en la base de una pared de roca enorme un agujero medio tapado por la nieve que le recordaba sobremanera a las ilustraciones de los cuentos infantiles.
Era el lugar más cercano, supuso, apenas habían tardado unos minutos en llegar con la moto de nieve. El viento hacía que los copos cayesen cada vez más rápido sobre ellos.
Bjorn apartó parte de la nieve con el pie y le empujó levemente en el brazo para que entrase primero. Aurora agarró bien el asa de las correas de los perros, uno de ellos se había detenido a oler la roca, era tremendamente difícil dirigir a los cinco hacia dentro.
Pero Sila fue la primera en atravesar la puerta, y su gesto hizo que el resto la siguiese. La joven se inclinó y accedió al interior.
Oscuridad absoluta, no se veía nada, solo fue capaz de echarse a un lado para que entrase Bjorn, que no tardó en encender un farol y ponerlo en el suelo.
Era una cueva circular, no muy grande, un espacio reducido para dos personas y cinco perros grandes. Un olimpo de dioses comparado con lo que dejaban fuera.
Bjorn había arrastrado la moto hasta la entrada de la cueva, lo que les reducía un poco el espacio.
Dio unos pasos y se sentó en el suelo apoyando la espalda en la red, que estaba helada, hasta dentro podía ver su propio vaho al respirar.
Blum y Zuko se acercaron a ella para oler nuevamente su mono, el olor al otro animal los atraía más que las tiras de golosinas, ya no le quedaban. Nanook se las había comido todas aquella noche. Estaba tan agradecida que le dio lo único que llevaba encima.
Los dos perros de Bjorn se tumbaron junto a ella, uno a cada lado, y apoyaron los hocicos en sus muslos para seguir oliendo.
Agradeció el gesto, aunque más pequeños que Nanook ya sabía el calor que desprendían aquellos cuerpos, de hecho el ángel de algodón y nieve no se había separado de ella bajo el saliente, salvo segundos antes de que apareciese Bjorn, que se subió a la roca.
Era curioso cómo el animal parecía haber hecho una especie de entrega a una persona que sabía bien dónde había otro lugar seguro para ella.
Zuko alzó la cabeza para colocarla mejor, esa vez más cerca de su pecho y Aurora comenzó a acariciarlo, el calor que transmitían era inmediato.
Bjorn había encendido un pequeño fuego, el justo para que no ocupase demasiado espacio y pudiesen tumbarse los perros y ella estirar las piernas. Luego buscó otro hueco junto a ella, entre Blum y Sila, lo que hizo que Blum se estirase entre los dos al completo.
Aurora tuvo que contener la sonrisa, el gesto del perro le recordó a su hermana cuando de pequeña se acostaban en la cama en medio de sus padres y se estiraba en medio de los dos, en un intento más de fastidiar a los dueños de la cama que de comodidad.
Vio que Bjorn contuvo la sonrisa también y le sacudió suavemente la cabeza antes de acomodarse del todo. Blum se giró un poco para poner la panza hacia arriba en una postura un tanto bochornosa que hizo que el guardabosques y ella sonrieran.
Aurora se quitó los guantes, tocar a aquellos animales la haría entrar en calor a piel directa más que con aquellos guantes por muy aislantes que fuesen del frío, también lo serían del calor externo. Y la panza del can estaba ardiendo.
Bjorn se había quitado la capucha y había dejado caer la espalda en la pared de roca. El fuego comenzaba a derretir el hielo interior, las paredes sudaban.
Miró a Bjorn de reojo mientras hundía ambas manos en el pelaje de los animales, una en Zuko y otra en Blum.
—El animal que has visto no es la bestia que estáis buscando en el bosque —le dijo con rapidez.
No sabía por dónde empezar, así que empezó por lo que más le preocupaba.
Pensar que podrían darle caza era algo que le hacía temblar las piernas más que las tormentas de aquel lugar, más que los rugidos de la otra cosa que habitaba el bosque.
—¿Y eso quién lo dice? —respondió Bjorn dirigiendo sus ojos hacia ella.
—Ya lo has visto, es inofensivo —se apresuró a decir.
—Contigo. —Ella no esperaba esa respuesta.
—Y contigo. —Fue rápida en rebatirle y vio un movimiento de cejas de Bjorn.
Luego la miró unos segundos en silencio.
—¿Sabes lo que es? —preguntó, y ella no entendió bien la pregunta. Le recordaba a los perros y a los lobos, pero era diferente a ambos.
Negó levemente con la cabeza.
—¿No te lo has preguntado?
Tenía que reconocer que a ratos, hasta que llegó a la conclusión de que le daba igual.
—No es un perro ni es un lobo —añadió Bjorn.
—No —respondió Aurora bajando la mirada hacia Zuko, que se había acomodado mejor en su muslo.
—Hacía años que no había uno por aquí —dijo él y Aurora se sobresaltó. Bjorn sí que lo sabía.
Miró a Bjorn con una curiosidad superlativa, su pecho se había acelerado de golpe.
—Hace algunos siglos eran frecuentes por todo el valle hasta la costa, no se sabe bien su precedencia, pero fueron desapareciendo.
Aurora frunció el ceño.
—La mayoría de por aquí piensa que ya están extinguidos, aun así es uno de los animales más peligrosos que puedes encontrar en el bosque —continuó él—, tu tía debería haberte advertido.
La joven abrió la boca para decir algo, pero su garganta se había bloqueado por completo. ¿Su tía sabía lo que era ese animal? Actuó como si fuese un perro, incluso le dijo que había preguntado en el pueblo si alguien había perdido uno. Le dejó acercarse a él desde la primera noche.
Se llevó la mano a la sien, justo hasta el nacimiento del pelo, necesitaba coger aire y asimilar aquello. Dejó caer la espalda en la pared de roca y bajó los ojos mientras abría la boca, por la nariz no podía respirar.
Los misterios de aquel pueblo no cesaban uno tras otro, y su tía no dejaba de sorprenderle al estar en medio de todos, sorprenderle hasta el punto de querer coger el primer bus de salida de allí si no era sincera con ella.
El arma de la bestia, el animal salvaje, lo que sea que tuviera con los Viken… No sabía por qué le permitía estar en medio de tantas cosas sin ni siquiera conocerlas.
Bajó la mirada sintiendo cierta quemazón en la garganta y un leve peso en los ojos.
—¿Qué es? —preguntó a Bjorn intentando que no se le notase lo que le había producido conocer que Agnes sabía más de lo que quería contarle.
Una especie de traición por parte de la persona más cercana que tenía allí.
Su única familia en un desierto de hielo aislado e incomunicado, donde alguien había intentado incluso matarla de frío en el bosque.
Exhaló el aire notando cómo el llanto estaba a punto de llegar, tenía que contenerlo.
—Son parte de las leyendas del valle —respondió Bjorn y Aurora alzó la mirada hacia él—.
Los únicos animales de por aquí capaces de enfrentarse a un oso y salir con vida.
De hecho, se cree que esa era la función que tenían en la época de las tribus.
—Frunció el ceño al escucharlo—. Que los osos atravesasen el mar helado era mucho más frecuente de lo que es ahora.
Ahora están controladas las colonias, antiguamente no.
Tenía sentido, ahora las colonias estaban bien protegidas, pero no quería imaginar lo que tuvieron que soportar las tribus del valle.
—¿Le has visto esa mandíbula y te ha parecido normal? —preguntó Bjorn casi riendo.
Aurora tuvo que contener la sonrisa. Le llamó la atención desde un principio aquella anchura que le recordaba tanto a las mandíbulas poderosas de las hienas.
—Pero si son de verdad, ¿por qué son parte de leyendas? —Tuvo que preguntar.
—Porque no son animales salvajes como el resto —respondió Bjorn—. No se comportan como ningún animal que puedas encontrar por aquí. Como si tuvieran pensamientos y opiniones propias.
En eso sí que estaba de acuerdo, y no pudo disimularlo, giró la cabeza para reír.
—Y porque dicen que cuando aparece un Kyrax es porque una bestia no anda lejos.
—Las palabras de Bjorn hicieron que su risa se cortase de inmediato y volviese a mirarlo, y lo vio fijarse completamente en ellos.
Quizás acababa de responder a otra de las dudas de Bjorn. —¿Es un oso? —preguntó él directamente.
Aurora negó levemente y bajó la cabeza.
—Lo tenía a mi espalda, Nanook lo contuvo y pude saltar al terraplén. —Se le entrecortó la respiración al recordarlo. Aquel olor a animal y suciedad tan intenso regresaba a su nariz, no lo olvidaría en la vida.
—¿Nanook? ¿Ese Kyrax tiene nombre?
Fue consciente en la voz irónica de Bjorn que le sorprendió más que el Kyrax, como él lo llamaba, tuviese nombre que el hecho de que la protegiese seguramente de un oso.
—Además no es la primera vez que escucho ese nombre.
—Mi tía me dijo que le recordaba al perro de Hans —se apresuró a replicar en un intento de excusarse, como si hubiese cometido un delito al ponerle nombre a aquel bicho. Quizás eso de que todo lo que había en el valle pertenecía al pueblo se extendía también a Nanook.
—¿Lo llamó perro? —Bjorn empezó a reír y negó con la cabeza—.
Llamó perro al Kyrax de Hans —repitió alzando las cejas—.
Si la llegan a escuchar Los Cruix o los Housen…
—Ladeó la cabeza mirando a Sila y le pasó la mano por la suya.
Lo vio con la intención de decir algo más.
Pero Bjorn se calló lo que fuera que iba a añadir.
Allí todo el mundo callaba. ¿Tanto pesaba ser una extranjera? Quizás esa era la razón por la que nadie de la familia visitaba a tía Agnes, pero ¿por qué entonces tía Agnes la invitó?
—No es fácil que un Kyrax se acerque a un humano —dijo Bjorn despacio concentrado en Sila—. Aun menos lo que él ha hecho contigo. —Alzó sus ojos azules hacia ella—. Los que hemos crecido aquí lo hemos hecho con las historias de los elegidos.