16
No encontró el calor que necesitaba sobre el abrigo de Bjorn, que estaba helado y lleno de nieve, pero abrazarlo de aquella forma desesperada la estaba haciendo sentir que regresaría a casa. Y eso era más que suficiente.
Contuvo el llanto, hasta en aquellas circunstancias le daban vergüenza sus reacciones. No se acostumbraba a que allí, entre la vida y la muerte, una caída, unas lágrimas, ser torpe o estar despeinada daba igual.
Bjorn había respondido a su abrazo rodeándola por completo, gesto que aumentó su sensación de seguridad y las ganas de no soltarlo.
—Lo siento. —Fue lo primero que se le ocurrió decir. Lo de Bjorn allí no podía ser casual a pesar de que el puntero no funcionaba y de que las pocas bengalas que llevaba no sabía encenderlas.
Una locura por su parte adentrarse en el bosque. Una locura lo que había visto, lo que había oído. Una locura absoluta. No sabía ni cómo estaba viva.
Esperaba la reprimenda del guardabosques, se separó levemente de él para aceptar todo lo que tuviera que decirle.
Pero solo recibió la mirada azul grisácea de Bjorn que tanto le recordaba al ángel de la nieve.
Como si el animal y él fuesen el mismo ser, hasta el punto de recordarle a aquellos seres que se convertían en lobos que tanto le gustaban en las novelas románticas.
Pero no, ambos habían coincidido al fin en el espacio, aunque fuese un solo segundo, lo único que tenían en común animal y hombre era su presencia en los momentos difíciles. Dos ángeles, uno hecho de algodón y el otro aún tenía que descubrirlo, ambos de nieve.
No recibió reprimenda y eso le extrañó, Bjorn no decía absolutamente nada. Había visto al animal, no sabía hasta qué punto le habría llamado la atención. Había descubierto su secreto, tampoco era un secreto que le gustase mantener con el guardabosques.
No era la bestia, ahora estaba segura. La bestia era otro tipo de animal, con otra forma, otro gruñido y otro olor.
—¿Qué estabas haciendo en el bosque y por qué tu moto apareció en el aserradero? —preguntó al fin el guardabosques.
Ni siquiera sabía que en el bosque hubiese un aserradero.
—Fui a la cabaña. —Realmente no sabía ni por dónde empezar. Dejó de rodear a Bjorn con los brazos—. Estaba buscando a mi tía.
Bjorn frunció el ceño, Aurora fue consciente de que él había dejado el brazo alrededor de su espalda a pesar de que ella se había retirado de él, no se había retirado mucho, pero sí lo suficiente para mirarlo bien al hablar.
Y si era sincera, no quería que Bjorn la soltase. El contacto le estaba produciendo una sensación placentera que se cruzaba con aquel sentimiento de seguridad absoluta. Siempre le gustaba mirar al guardabosques, pero en aquellas circunstancias era como estar mirando a un ángel de verdad.
—Tu tía está en casa —respondió Bjorn y sus palabras la tranquilizaron.
Una ráfaga de viento la hizo acercarse de nuevo a Bjorn para cubrirse la cara en su abrigo, acto reflejo y bochornoso que ya empezaba a darle igual. Bjorn tenía algo que la hacía sentirse tremendamente mejor y esa noche estaba siendo notoria esa sensación.
El guardabosques miró al cielo.
—Hay que irse de aquí —le dijo.
Aurora había sentido en la cara que comenzaban a caer gotas inapreciables de hielo, parecían cortar la cara. Pronto serían copos cayendo con la agresividad que ya sabía que había allí. Era una de las cosas que temía bajo la roca saliente en la que se había guarecido.
Bjorn tiró de ella.