15
Temía la reacción que pudieran tener sus perros en la presencia de un Kyrax, y aún más la reacción de un Kyrax con sus perros.
Sabía por ancianos del pueblo que los perros evitaban acercarse demasiado a aquellos animales, pero no por temor como ocurría con otros depredadores grandes, sino por una especie de jerarquía animal que no entendía muy bien en distintas especies.
Los perros sabían que era una amenaza superior, pero no huían de ellos.
Tampoco los atacaban como podrían hacer con un lobo o con un oso si se daba la circunstancia.
Y los suyos llevaban días rastreándolo y llevándolo hasta él. Sin embargo, a quien siempre encontraba al final del rastreo era a Aurora. Ahora las piezas encajaban.
Algo le llamó la atención a su izquierda y aminoró la marcha de la moto.
Entornó los ojos y se sacó con rapidez la linterna del bolsillo delantero de la chaqueta. La encendió y la dirigió a los árboles.
Tuvo que detener la moto del todo.
De nuevo troncos rotos y señales de zarpas poderosas rasgando la corteza y dejando ver la parte clara y rosada del interior. Una nueva batalla entre algo poderoso y otros animales. Seguramente más adelante habría restos de sangre.
Pero no podía detenerse a inspeccionar.
Si Aurora salía viva de allí completamente perdida y sin moto de nieve, sería un milagro que solo lo podría aplicar algo mitológico como un Kyrax. Nunca creyó que viviría para ver uno. El sueño de todo niño del pueblo.
Pero lo acompañaba una forastera. No era justo en parte, y así era como lo entendería el pueblo. De todos modos, querrían matarlo. Un Kyrax, y más si era grande, no dejaba de ser una amenaza para humanos y animales.
Aceleró siguiendo el rastro de sus perros, por suerte Sila se había detenido, la única que solía esperarlo.
Y siguió avanzando tras ellos. Llegaron a atravesar la zona del lago, no entendía cómo Aurora había podido llegar tan lejos, su moto estaba en el aserradero.
Lo único que lo podía explicar era que ella no hubiese dejado su moto en el aserradero, que alguien se la hubiese llevado a sabiendas de lo que provocaría.
Apretó los dientes al pensarlo. Era curiosa y entrometida, pero no le cabía en la cabeza que alguien la pusiera en peligro de esa manera.
Bordeó el lago al completo hasta el otro lado, aquel camino acababa en un desnivel del valle, una hondonada en la tierra bajo la nieve que parecía el agujero provocado por la caída de un meteorito. Los que habían ido a explorar era lo que decían al menos.
Desde luego no podía negar que si él mismo estuviese huyendo de algo que era rápido en la nieve, también probaría por huir a través de aquel agujero. Un oso, por ejemplo, tendría problemas por descender por allí y desistiría.
El agujero tenía entradas de roca para resguardarse de la tormenta si esta llegaba. El agujero también tenía una cresta lo suficientemente alta para contener avalanchas de nieve.
Era una cuna protectora dentro de aquel bosque. No había peligro de caer por la pendiente del acantilado, ni por morir sepultado en nieve, ni siquiera por un ataque de animales.
Así que aceleró y adelantó a sus propios perros, no tenía dudas de que Aurora estaba allí. Y prefería no plantearse una explicación al por qué un animal salvaje también consideraba aquel lugar seguro.
Detuvo la moto y se bajó de un salto. Cogió las correas de los perros del maletero de la moto, no sabía si la mejor opción era dejarlos suelto con un Kyrax cerca.
Se echó las correas al hombro y comenzó a descender, Blum iba delante, siempre fue el más ágil de todos.
Max sin embargo quedó algo rezagado atrás al ir a pie seguro en el descenso.
No sabía cómo Aurora había podido bajar por allí sin experiencia y con unas aptitudes físicas un tanto torpes en aquellos terrenos.
Pero cada vez estaba más seguro de que estaba abajo.
En la base del agujero, que podría tener un kilómetro de diámetro, se había formado desde la pared de roca un pequeño riachuelo que rara vez se congelaba del todo.
No sabía bien la razón por la que la temperatura ascendía en aquel lugar.
Algunos exploradores decían que bajo aquella tierra había restos de un antiguo volcán y que quizás aún se conservaba la lava que caldeaba la tierra.
Si el agua que emanaba de allí era subterránea, entendía que no llegase a congelarse.
Sin ninguna duda, la cuna de protección para una noche dura de temperaturas, para resguardarse de una tormenta y de las avalanchas que pudiese provocar, y de un oso polar.
Allí abajo la nieve cuajaba en menor medida, el suelo era firme e incluso podían verse partes de tierra y vegetación. Pudo notar cómo la temperatura no era tan extrema.
Por primera vez sintió que alguien en el bosque no necesitaría al guardabosques para sobrevivir.
Le resultaba tremendamente extraño que un Kyrax fuese la razón.
Era como un cuento de niños, todos los vecinos del pueblo, desde el más anciano hasta el más joven, habían soñado con que alguna vez lo salvase uno de ellos.
Era un animal legendario con un halo de magia alrededor de su historia que los hacía poco comunes y especiales.
Y la mayoría morían sin haber visto ni siquiera uno.
Blum se detuvo de repente y vio cómo su cuerpo se tensaba.
—¡Blum! Ven aquí —le dijo enseguida.
Y a pesar de ser el más desobediente de todos, regresó para colocarse en el centro de la manada. Momento que Bjorn aprovechó para atarlo a la correa. No podía estar pendiente de los cinco en aquella oscuridad. Fue enganchando al resto en aquella correa gruesa con cinco tentáculos.
Alumbraba con la linterna alrededor buscando el camino del riachuelo, el agua aumentaba a medida que avanzaba.
Y los perros comenzaron a retroceder, aquella reacción hizo que Bjorn se sacase una bengala del bolsillo, no sabía si era suficiente para ahuyentar a un Kyrax. Quizás no era suficiente, eran animales extremadamente inteligentes.
El gruñido grave de Zor hizo que él también se detuviese. Ninguno de sus perros quiso dar un paso más.
Bjorn se acercó la bengala a la boca para agarrar con los dientes la cinta, le dio un tirón y enseguida se encendió, tenía unos segundos de visión antes de que la bengala ascendiera.
Aurora estaba a unos cinco metros, sentada bajo un saliente de roca con los brazos rodeándose las rodillas.
Sobre el saliente pudo ver la silueta de un animal enorme de pelaje largo, que acababa de inclinar la cabeza con sigilo para mirarlos.
Tendría que pesar cerca de noventa kilos, jamás había visto un perro o un lobo tan grande por aquellas tierras.
Aurora había levantado la cabeza para mirarlos y pudo ver cómo su cuerpo se sobresaltó en una especie de contracción provocada por el inicio del llanto. Aquella mujer no era consciente de que el ser más poderoso que había habitado aquellas tierras noruegas estaba allí con ella.
Y el animal alzó la cabeza un instante, haciendo que su silueta tomase la forma del ser legendario y mitológico del que le hablaron siempre, y se dio media vuelta despacio para marcharse quizás.
Con una tranquilidad que no era propia de un animal salvaje que se sintiese en peligro.
Quizás los Kyrax sí eran conscientes de su presencia superior, de que no habría peligro para ellos.
Él mismo tuvo que contener la respiración. El Kyrax lo había mirado, lo había observado con sigilo unos fragmentos de segundo, y se alejaba despacio dejando atrás a Aurora.
Expulsó el aire despacio al sentir cierta honra de que un ser como aquel lo considerase digno al menos de entregar a la persona que había elegido proteger una noche de muerte segura.
La bengala ascendió y se hizo la oscuridad de nuevo, dejando solo una pequeña área alrededor, pero iluminada muy levemente, mientras se escuchaba un silbido. El Kyrax ya no estaba allí.
—¡Bjorn! —La oyó decir.
Tenía que reconocer que si él mismo fuese un Kyrax, no encontraría a un ser más angelical para proteger.
Se apresuró hacia ella al ver que Aurora tuvo que sujetarse a la roca para ponerse en pie, quizás porque su cuerpo ya estaba al límite del esfuerzo que habría hecho para huir hasta allí.
Llegó hasta ella y Aurora se dejó caer en su pecho, por un momento pensó que caería si no la agarraba. La sintió apretarlo con los brazos.
La elegida del Kyrax no sabía que él no había sido su salvador. De hecho, él no había hecho absolutamente nada.