14
Le había costado la vida subir de nuevo a la colina desde el llano de la cabaña. Descendiendo no la recordaba tan empinada y alta.
Miró hacia el árbol donde había dejado la moto.
—No me lo puedo creer.
Miró hacia atrás por si se había desviado al escalar. Pero no se había desviado un ápice, de hecho había seguido su propio rastro.
—Joder. —Su atrevimiento había salido mal y alguien le había robado la moto.
Desconocía que allí hubiese robos, nunca se lo planteó. Allí se conocía todo el mundo, las puertas de los comercios no tenían seguridad, las casas solo se cerraban para combatir el frío.
Pero estaba comprobando que le habían robado. La moto y la mochila.
Se llevó la mano a la frente siendo consciente de que estaba jodida como no llegaba a alcanzar a imaginar.
—¿Cómo coño vuelvo ahora?
Le temblaban las piernas y no de cualquier manera.
Se estaba aterrando por momentos. El miedo que había pasado en la cabaña parecía una broma.
Lo de ahora era real. Estaba en medio del bosque, al comienzo de la noche, con una ventisca que iba aumentando y sin poder volver.
Porque volver a pie tantos kilómetros no iba a ser fácil. Necesitaría más de media noche.
—Mierda, mierdaaaaa. —Miró atrás de nuevo.
Oscuridad y silencio absoluto. Se buscó en el bolsillo del mono y sacó el llamador que le dio Bjorn.
Le temblaba tanto la mano que falló dos veces al encenderlo. A la tercera lo hizo y desvió el puntero para que no lo tapase la copa del árbol, pero no sabía por qué su luz era débil, quizás por aquellas nubes grises no se marcaba tanto como en el cielo abierto. Ahora solo le quedaba rezar.
Bajó la mirada hacia el suelo y dio unos pasos.
Había varias huellas de unas zarpas enormes que debían pertenecer al peluche gigante que solía estar en el bosque. Expulsó aire despacio, no debía estar lejos y saberlo hizo que sus piernas recobrasen algo más de peso.
Dio unos pasos manteniendo el puntero hacia el cielo.
Las señales en el suelo de varias motos de nieve. Una que llegaba hasta el árbol, pero otras que se habían quedado a unos metros. Frunció el ceño y se acercó a estas.
¿Un grupo de batida?
Habían sido solo dos motos, se podía ver claramente cómo habían dado la vuelta para marcharse. Avanzó aún más, sabiendo que el puntero se escondería bajo las copas de los árboles y lo bajó para coger la linterna y alumbrar el suelo, buscando un rastro concreto.
Y lo encontró, pisadas que llevaban desde la moto hasta el árbol.
—Serán cabrones… —Se apresuró hasta acercarse a las pisadas.
Se podía apreciar claramente el leve agujero en la nieve de los pies de quien se hubiese llevado la moto.
Ladeó la cabeza al poner su pie al lado. Quien fuese tenía un número de bota similar a la suya. Desde luego no era de Viken, sino mucho más pequeña. Demasiado pequeña de hecho para ser de un hombre.
Apretó los labios y cogió aire.
—Hija de puta —dijo a media voz asimilando las consecuencias de lo que le habían hecho—. ¡Hija de puta!
Y se llevó la mano a la cabeza.
Madre mía.
Oscuridad absoluta, una tormenta que llegaría de un momento a otro. Y sin medios para moverse más que sus pies. Sus pies sin esquíes.
Cogió aire por la boca y lo expulsó de golpe.
—¡Hija de puta! —gritó y su voz pareció retumbar en las montañas. Miró el llamador de Bjorn en su mano—. Como salga de esta te vas a acordar de mí, Vilma.
Volvió a expulsar aire con fuerza. Salir de aquella no era muy probable.
—Y adónde coño voy ahora. —Alzó la mano y encendió aquel llamador. Pero su luz cada vez era más floja en el cielo. Demasiadas nubes.
Bajó el llamador y pateó el tronco del árbol sin tener en cuenta que la nieve que se acumulaba en las ramas caería sobre ella. La lluvia de copos hizo que tuviese que taparse la cara. Las ganas de llorar se hicieron intensas.
Apretó los dientes y desvió la mirada hacia un lado.
—Esas pedazo de hijas de puta decían que acabaría así. —Apenas podía coger aire, le sobrevenía el llanto—. Y tanto que acabaría así. —Volvió a llevarse la mano a la cabeza. Casi no podía creer lo que le habían hecho.
Era como las bromas pesadas del grupo de las más magníficas del instituto, pero con más mala leche. Y la sensación de recibirlas era tremendamente similar, aunque la otra vez fuese tan solo humillación y esta quizás la muerte en medio del hielo.
Se le encendió el pecho sobremanera.
—Como salga de esta…
Pero «esta» eran palabras mayores. Nieve, noche, tormenta, lobos y a saber qué más había en el bosque.
Podía regresar a la cabaña, al menos había un lugar donde refugiarse, un lugar helado, eso sí. Y esperar allí a la mañana siguiente si es que sobrevivía a los grados bajo cero durante tantas horas, sin fuego ni nada más.
Volvió a llevarse las manos a la cara. Lo que no podía era quedarse allí en medio y recibir la tormenta en pleno bosque. Alejarse a pie de la cabaña solo haría que se perdiese del todo, allí al menos tendría la oportunidad de un punto de partida al que volver.
Resopló.
Dio unos pasos atrás y se giró sobre sí misma, por un momento había sentido algún movimiento cerca de uno de los árboles. Su cuerpo se bloqueó de inmediato.
—Ahora no, por Dios —dijo en un susurro.
¿Lobos?
Cogió aire despacio y lo contuvo dentro. Los lobos rara vez atacaban a un humano, lo había leído en alguna parte.
—Y no hay bestias en el bosque —susurró de nuevo. Según Viken solo había alguien que quería hacerlos creer que había una bestia. Y estaba la prueba de la garra.
Pero aquellos ruidos que su tía y ella escucharon no eran una broma de nadie.
El miedo empezó a recorrerle el cuerpo, había algo allí, tras un árbol y una roca enorme.
Lobos.
Acababa de ver brillar los ojos de uno, al que se le sumó un segundo par de esferas brillantes. Muy diferentes a los de Nanook, ahora que podía apreciarlo bien, ni siquiera la forma.
Cerró los ojos y dio otro paso atrás, no quería darles la espalda. Tenía que alcanzar la pendiente de nuevo y bajar hasta la casa. Y no podía perder ni un segundo.
Y oyó un rugido que hizo eco en toda la cuenca del valle, pero venía del otro lado, a su espalda, no de donde estaban los lobos.
Y al menos tres animales enormes y alargados salieron de detrás del árbol para resguardarse tras otra roca.
Ahora sí que estoy jodida.
Podía notar un olor extraño, un olor que le recordaba al de las jaulas de los zoos y que se disipaba en el aire, por ambos lados.
Cerró los ojos un instante.
Decían que en ese tipo de circunstancias no había que correr, pero era imposible detener a su cuerpo.
Entre lobos y otra cosa. No podía quedarse allí.
Dio tres zancadas hacia la pendiente y se lanzó hacia ella, oyendo cómo tras ella algo saltaba y una especie de exhalación profunda de algo que no era humano.
Un rugido grave hizo eco en toda la cuenca del valle.
Se dejó caer para que su peso hiciese el descenso sin prestar mucha atención a lo que era seguro o no, si había piedras, ramas o si se acabaría matando con la caída.
Primero patinó, cayó de culo y este resbaló nieve abajo haciéndola caer de lado hasta engancharse a una rama seca saliente de alguna parte bajo la nieve.
Le había roto el mono, por suerte con tantas capas de ropa no le llegó a la piel.
Volvió a oír otro rugido acompañado del sonido de ramas.
Por mucho que dijese Henrik Viken, aquello no era obra de un loco en el bosque.
Se soltó como pudo de la rama y siguió resbalando como si fuese un tobogán hasta que el desnivel la hizo rodar hasta llegar abajo.
Se dio media vuelta en el suelo y se sentó con rapidez, lo primero que hizo fue mirar arriba. Sonido de ramas quebrándose, podía ver hasta las copas de los árboles moviéndose.
Y más alaridos.
Algo estaba cayendo por el mismo terraplén por el que se había lanzado ella, así que se puso en pie y echó a correr. Notaba cómo las lágrimas le caían de los ojos sin ser consciente ni siquiera del momento en el que había empezado a llorar.
Correr con más de una cuarta de nieve bajo los pies era el acto más desesperante que había vivido. Sus pies se hundían haciéndola lenta y torpe.
Y algo la seguía a mayor velocidad.
Miró atrás.
Una masa de pelo abundante beige y negro corría a saltos por la nieve, abriéndose paso a su dirección.
Nanook.
Las lágrimas aumentaron. Las que la habían dejado a su suerte en el bosque no habían contado con que no estaba sola.
Ahora estaba segura. No era un lobo ni un perro.
Era su ángel de la nieve.
Y las copas de los árboles se seguían moviendo a lo lejos, tras ellos. La bestia que fuera seguía allí, persiguiendo lobos, una humana y a aquel ángel de algodón y nieve, que quizás había vuelto a salvarle la vida metiéndose entre ella y la bestia.
Ahora lo entendía. Fue él el que saltó, no sobre ella, sino sobre lo que fuese que iba a atacarla. Por eso no la alcanzó, por eso pudo saltar a la ladera, por eso pudo caer hasta abajo.
Las lágrimas aumentaron tanto que estuvo a punto de caer en su carrera. Nanook se estaba desviando, estaba claro que no quería dirigirse a la casa. Aurora giró la cabeza para mirarlo, tenía claro que en el bosque, en la noche y en la nieve, mandaba él.
Así que se desvió tras él, era rápido, casi imposible de seguir aunque lo vio mirar atrás un par de veces para comprobar si lo seguía.
Pero ella estaba más pendiente de lo que fuera que habían dejado atrás.
Nanook iba dirección al final del valle, a aquella zona que ella sabía que no debía adentrarse, en la que se cayó la primera noche. Ahora no estaban las cuerdas de Bjorn, ahora no había nadie más que ella, la bestia y un ángel.
Y no sabía si el criterio de un animal era certero, pero no había nada más a lo que aferrarse. Así que no dudó en seguir avanzando y alejarse de la casa. No tardó en sentir el desnivel del suelo, solo esperaba que no descendiera mucho o acabaría desapareciendo por completo.
Las rocas iban aumentando, y los setos, y algunos árboles sueltos. Sintió cómo su pie derecho se hundía por completo, tanto que cayó dentro de la nieve hasta la cadera.
—¡Mierda! —gritó al notar el dolor de haberse golpeado con algo en la tibia. Bajo aquella nieve el suelo estaba duro, sería un agujero de rocas escondido en la nieve. Había pisado mal, quizás el perro había saltado y mirando atrás no se fijó.
Su pie izquierdo estaba hundido también aunque no tan profundo, necesitaba encontrar algún punto de apoyo más o se hundiría por completo bajo la nieve.
Intentó ascender, pero la nieve no era lo suficientemente espesa como para sujetarla al subir.
Estaba en una postura rara, medio caída de boca y sus brazos comenzaban a hundirse también.
Alzó la mirada y se encontró con el hocico negro y brillante de aquel animal nocturno de ojos grises y antifaz.
Alargó la mano y se agarró a él, rodeándole los hombros, luego lo alcanzó con la otra mano y se agarró cerca de su cuello, intentando no cogerle el pelo, temía hacerle daño y que le mordiese, a una mordida estaba claro que tampoco sobreviviría.
Pudo sacar la rodilla del agujero de nieve y apoyarla en la superficie.
—Joder. —Logró salir a flote y ponerse medio en pie. Miró al animal mientras lo soltaba—. No contabas con que fuera tan torpe, supongo.
Aurora volvió a mirar atrás. Ya no se escuchaban rugidos, ni alaridos ni las copas de los árboles se movían. Pero un hocico empujándole la cadera la hizo saber que debían seguir.
Retomó las zancadas todo lo rápido que podía, el animal volvía a desviarse, esa vez más a la derecha, ya no iba en línea recta hacia el acantilado. Y llegaron a una zona de vegetación más abundante, tendrían que estar cerca del lago.
Como me saques de esta te voy a comprar media carnicería del pueblo. No vas a pasar hambre en tu vida.
Tuvo que inclinarse, debían descender por un terraplén de hielo y roca.
Y a esa Vilma Housen…
El calor en su pecho aumentaba . ¿Por qué le había hecho eso? ¿Porque la había visto con Bjorn? ¿Solo por eso?
Nanook no se alejaba de ella en el descenso y eso le daba seguridad, era una especie de guía de por dónde pisar, y una especie de apoyo donde agarrarse por si resbalaba. De hecho, sin ser consciente su mano se resistía a retirarse de su lomo.
Había dejado de tenerle miedo, por muy alto y corpulento que fuera, por muy enormes que fueran sus colmillos o la anchura de sus zarpas.
Claro que no era un perro. Claro que no era un lobo.
Era su ángel en aquel lugar.
Cómo iba a tenerle miedo.