Mi ángel de la nieve 13
40%

13

Las motos que habían visto a lo lejos eran las de las hijas del alcalde. Se habían detenido en un grupo de personas que esperaban a los miembros de las batidas en el camino hacia el pueblo, justo en la esquina de la casa de Agnes. No entendía por qué allí nadie seguía las normas.

Negó con la cabeza mientras sus perros se dispersaban hacia el bosque.

—¡Bjorn! —Casi no pudo oír la voz de Agnes, no estaba en el tumulto, sino más cerca de donde comenzaba la arboleda.

Tuvo que aminorar la marcha y detener la moto, y una bengala se alzó en el aire, debía estar a unos cuatro kilómetros, no muy lejos del pueblo. Algo que no le gustaba en absoluto con tantos curiosos allí.

Agnes corrió hacia él.

—Mi sobrina —comenzó la mujer casi sin aliento.

Su sobrina, curiosa, atrevida y forastera. No sabía por qué no le sorprendía que Agnes la estuviese buscando.

—No está la moto y no la he visto por los alrededores. —La mujer jadeaba, quizás ella misma había ido a pie a buscarla.

Bjorn echó una mirada hacia atrás. Las únicas motos que había visto durante el recorrido eran de Karina y Vilma, y ellas dos estaban allí.

Alzó la mirada hacia los árboles, vio a Maggie envolverse bien en el abrigo y dirigir la mirada hacia Agnes algo aterrorizada. Negó con la cabeza. Luego lo miró a él.

—Los lobos han bajado esta noche —le dijo al guardabosques.

Pero eso ya lo sabía. Aun habiendo batidas en el bosque, ellos habían bajado acercándose a las casas y al pueblo.

Y eso era extraño con tanto ruido, bengalas y movimiento.

Quizás había algo en la parte superior del valle con lo que no querían cruzarse.

Y lo que fuera de lo que estuviesen huyendo, bajaría también a buscarlos.

Agnes bajó la cabeza y se llevó la mano a la sien.

—Mi sobrina. —Expulsó el aire con fuerza.

Bjorn miró al cielo, la oscuridad se había extendido por completo, demasiada oscuridad, las estrellas comenzaban a desaparecer, las nubes las tapaban. Una tormenta era lo último que necesitaba para poder encontrar a Aurora.

Agarró el brazo de la mujer.

—¿Por qué no deja de meterse en la boca de los lobos? ¿Qué demonios es lo que busca en el bosque?

Agnes negó con la cabeza un instante y Bjorn le apretó el brazo, pero la mujer se soltó despacio y se retiró de la moto.

—Ella no quiere decírmelo. Pero tú lo sabes. —Fue consciente de que Maggie, que permanecía en silencio junto a Agnes y con la misma expresión de terror, tampoco sabía nada.

Agnes ya estaba a un par de metros de él.

—¡Agnes! ¿Qué es lo que pasa?

La mujer se tomó unos segundos.

—Hacía años que no veía a uno de esos por aquí —le dijo mirándolo de reojo mientras se daba la vuelta, y escuchar por fin lo que sospechaba hizo que el cuerpo se le tensase—. Y tengo suerte porque la mayoría de los de aquí jamás ha visto tan solo uno.

Bjorn cogió aire despacio. Cuando la realidad se mezclaba con las leyendas y el folclore del bosque, hasta para los que habían crecido allí era extraño.

—Dicen que a Hans a veces lo acompañaba uno —respondió a la mirada de Agnes.

La mujer hizo un movimiento fugaz de cabeza.

—Este es mucho más grande.

Vio que Maggie se llevó la mano a la boca.

—Aun así no creo que sea vuestra bestia —añadió Agnes—. Hay otra cosa que quiebra los árboles.

Bjorn miró a Agnes con cierto reproche.

—¿Por qué no se lo has dicho a Aurora? —Y a pesar de ser una señora mayor, la voz del guardabosques sonó en un tono similar a aquel que usaban los Viken cuando ordenaban, exigían o mandaban.

—Porque no quería que le tuviese miedo.

—Debería de tenerlo —replicó él enseguida—. Ese miedo puede salvarle la vida.

Agnes bajó los párpados.

—O ese miedo puede impedir que él le salve la vida. —Agnes le dio la espalda del todo—. No sabemos qué hay realmente en el bosque.

—Eso no es cierto, Agnes. Son animales fuertes y salvajes, no son perros. Y el pueblo querrá darle caza en cuanto sepan que está ahí —replicó Bjorn.

—Ya te he dicho que no creo que sea vuestra bestia.

—Eso no lo sabemos.

Agnes se detuvo y miró a Bjorn de reojo.

—Hay algo más en el bosque —respondió la mujer—. Tus perros lo saben. Y tú lo sabes.

No fue capaz de rebatirle. El ruido de los motores de varias motos sobresaltó a Agnes. Los tres miraron hacia el grupo que se acercaba.

Una de las motos remolcaba una segunda moto sin piloto, una blanca que ya había visto alguna vez en casa de Agnes. Vio el terror en los ojos de la dueña en cuanto la vio entre las cadenas.

El hombre que la remolcaba se detuvo frente la mujer.

—Pensábamos que estabas en el bosque cuando la encontramos. Pero allí no había nadie —le dijo a Agnes.

Agnes enseguida llevó las manos hacia una mochila que colgaba del manillar.

—La llevaba mi sobrina, ¿dónde la habéis encontrado?

—En el antiguo aserradero —respondió el hombre, y Agnes lanzó la mirada hacia Bjorn. Todos sabían lo que significaba que alguien se perdiera en el bosque en una noche así. Cuando se mezclaban manadas de lobos, algo más peligroso, y una tormenta.

Agnes seguía mirando a Bjorn y él emitió el silbido que llamaba a la manada. Si había alguna posibilidad de encontrar a Aurora, estaba en ellos cinco.

—Iré yo —se apresuró a decir.

El hombre negó con la cabeza.

—Rompes continuamente la ley de este bosque y de este pueblo.

Bjorn dejó caer los párpados.

—Porque dejar a la gente morir en el bosque no me parece ninguna ley —respondió.

Vio que Agnes levantó la barbilla con cierto orgullo.

Aquella norma que tenían por costumbre de dejar que aquel bosque peligroso decidiera el destino de autóctonos y extranjeros era casi una condena segura para los que se perdían.

Muchos tenían familiares que crecieron en el bosque con aquellas creencias absurdas de espíritus protectores y bestias.

Se hizo guardabosques para asegurarse de que el contador de muertes tarde o temprano se detendría.

Y de momento, casi lo estaba consiguiendo.

Aunque eso significase también que quedase él a la voluntad de aquellas tierras cubiertas de nieve y de sus bestias.

Iría solo, no era una noche cualquiera, ahora al cúmulo de dificultades se sumaba un animal misterioso y casi mitológico, al que los ancestros llamaban Kyrax, que aparecía por los bosques solo de vez en cuando y en presencias aleatorias y casi elegidas.

No sabía si era la bestia que asustaba al pueblo y se comía al ganado. Pero a Aurora no le había hecho nada.

Miró a Agnes.

—Creo que sé dónde puedo encontrarla.

No tenía mucho margen, si la tormenta llegaba iba a ser difícil encontrar a Aurora en más de media noche.

Sus perros llegaban a él. Arrancó la moto.

En circunstancias normales era imposible encontrar a alguien una noche de invierno en aquel bosque inmenso, de hecho, los cuerpos de los que desaparecían no se encontraban hasta el deshielo.

Pero las de Aurora no eran circunstancias normales y quizás era una de las razones por las que Agnes no le ponía muchos límites en el bosque.

Agnes estaba muy arraigada a las creencias antiguas que veneraban a aquellos animales casuales y escasos que parecían proteger a quienes elegían.

Y no la culpaba por creerlo cuando a su propio marido lo había salvado varias veces un Kyrax. Sin embargo, Hans acabó muriendo.

Pero era extraño, un Kyrax aparecía de nuevo después de casi treinta años sin que hubiese ninguno, y se había aparecido a una forastera que no sabía ni de su existencia.

Los ancestros decían que los Kyrax eran espíritus protectores del bosque.

No eran perros. No eran lobos. Era una especie de mezcla que formaba un animal mucho más corpulento y con más pelo. Y con unas fauces letales.

Recordaba al viejo Steven, ya muerto años atrás, decir que los Kyrax eran una antigua raza que mezclaba distintos tipos de perros y lobos, que las tribus de la zona hicieron para que los defendiesen de los osos.

Era la teoría más cuerda y coherente. Y como conocedor del bosque, de los animales y los peligros, y teniendo en cuenta los recursos de siglos atrás, esa teoría no le parecía una locura.

Ahora había una manera de llegar hasta Aurora. Que los perros rastreasen al Kyrax.

Si Aurora estaba en el bosque, él no estaría muy lejos.