12
Un leve viento había movido la portezuela rota de una de las ventanas de la casa en ruinas y la sobresaltó. Solo esperaba que Henrik hubiese tenido las mismas malas dotes de búsqueda que ella. No lo creía, él sí conocía el bosque.
Un bosque en el que nada servía un mapa o una brújula, perdía demasiado tiempo hundiendo el pie y la pierna en socavones tapados con nieve.
Y la casa estaba desierta. Aun así, era el paisaje más tenebroso del bosque de los que había conocido. No entendía cómo su tía había vivido allí con su primer marido.
Dejó caer los párpados despacio y contuvo el aire acercándose a la puerta. Le faltaba un trozo en la parte superior, un corte demasiado recto en diagonal como para ser fortuito.
La empujó con el pie, ni siquiera se atrevía a tocarla, y la puerta cedió solo un poco. Supuso que llevaba demasiado tiempo sin usarse en mitad de ventiscas y temporales.
Entrar allí le producía la misma ligereza en las piernas que le producía acercarse a la puerta de los castillos de terror.
Solo que estos estaban llenos de decorado y actores.
Ahora era una casa verdaderamente abandonada, guarida de animales y quizás de algo más que portaba una vara con cuchillas afiladas como la que ella tenía escondida.
Le dio otro puntapié a la puerta y cayó al suelo un pequeño montículo de nieve.
Se sobresaltó al escuchar una bengala alzarse a lo lejos.
Se giró para mirar al cielo. La batida continuaba.
Se estaba metiendo en un lío que no había valorado bien, porque ni siquiera tenía idea de lo que podría estar pasando en aquel pueblo.
Colocó las manos en la puerta y empujó. Los herrajes estaban tan corridos por el hielo que rugieron al ceder.
Paredes ennegrecidas y escarcha esparcidas en un lugar oscuro y en ruinas que le era difícil imaginar que una vez fuera un hogar.
Una mesa redonda y dos sillas, una de ellas volcada en el suelo.
Más hielo, quizás porque dentro se concentraba una humedad extraña que hacía que todo se cubriese de escarcha.
Encendió la linterna, adentrarse en la negrura del interior de la cabaña en ruinas era un paso hacia una valentía de la que ella nunca fue dueña.
Contuvo el aire y dio unos pasos hacia dentro.
—¿Tía Agnes? —probó, sabiendo que allí no había nadie. Su tía ya estaría lejos de allí, directa y sin perderse y posiblemente sin cruzarse con un solo grupo de las batidas. Allí la torpe solo era ella misma, la forastera.
Y nunca tendría que haber salido de la casa.
La cocina estaba en el mismo salón, como en la otra casa de su tía. Esta tenía un pasillo al fondo y tres puertas más.
Llegó hasta la primera. Más escarcha y un montículo de nieve, había una grieta en el techo que daba un poco de luz del exterior y eso que fuera ya estaba oscuro.
Allí había lo que parecía un somier de cama apoyado de lado en una pared y restos de madera de un armario un tanto basto.
Lo alumbró bien, no había nada dentro, pero no fue eso lo que le llamó la atención.
Aquel armario no parecía haberse roto por el paso del tiempo, lo habían golpeado y roto a trozos.
Quizás alguien a posta para romperlo y usar los trozos para hacer fuego.
Dio un paso al interior de la habitación comprobando que las paredes parecían estar raspadas y que el hedor era un tanto desagradable.
Era evidente que aquello había sido la guarida de algo, quizás refugio de zorros o lobos. Salió y dirigió la linterna hacia otra de las puertas o lo que quedaba de ella. La habían golpeado de la misma manera que al armario. Era la puerta de un baño cuyo váter estaba arrancado de cuajo.
—Menuda choza del terror.
Y dio otro paso más por el pasillo. Una tercera puerta, esa vez sin romper y cerrada.
Aún tenía pomo, un pomo redondo, dorado y con más escarcha. Lo cogió y casi pudo notar el frío a través del guante.
Giró el pomo y la puerta emitió un chirrido similar al de la puerta principal.
Otra habitación, mucho más pequeña que la anterior, mismas paredes ennegrecidas del moho, sin montículo de nieve, sin grietas en el techo. Con un armario basto y pequeño.
Contuvo la respiración y tuvo que agarrarse al marco de la puerta para que su cuerpo no basculase a un lado mientras movía la linterna para comprobar si la forma que le había dado a aquello no había sido equivocada.
Abrió la boca, pero el aire no salió de momento.
Qué demonios.
De madera y tan pequeña que parecía de juguete. De hecho tenía la forma de balancín que solía ver en los escaparates de las jugueterías, solo que estos estaban pintados de colores pasteles llamativos y la que tenía delante era solo madera barnizada.
Barrotes de madera tan cubiertos de escarcha que parecía una cuna para el príncipe del hielo. Ladeó la cabeza y siguió alumbrando. Ni había colchón ni sábanas. No había nada, solo madera mohosa y congelada.
Pero tía Agnes nunca pudo tener hijos. O eso era lo que solía escuchar en casa.
Dio unos pasos atrás sin cerrar la puerta. Una ráfaga de aire la sobresaltó y la hizo girarse con rapidez. Por un momento pensó que alguien había entrado, pero no. Allí solo estaba ella.
Se apresuró hacia la salida y echó un último vistazo atrás. Con la puerta del dormitorio pequeño abierto, desde allí podía ver todavía la cuna de hielo.
Salió de la cabaña a toda prisa y cerró con el pie la puerta principal.
Ahora sí que estaba segura.
Nunca debió salir de la casa de tía Agnes.
Ni siquiera la primera noche.