Mi ángel de la nieve 11
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—¡Vilma! Allí hay algo —dijo Erica, una de las jóvenes, bajando de la moto.

—Tendríamos que irnos ya —dijo Karina—. Como papá se entere de que estamos aquí…

Vilma detuvo el motor y se bajó de la moto también.

—Aún no es la hora —dijo Vilma entornando los ojos hacia el frente, justo hacia el tronco de un árbol—. Como si no cociéramos también el bosque, como si no pudiésemos hacer nada. —Dio unos pasos tras su amiga Erika—. Este puñetero bosque siempre está lleno de misterios.

—Están ya aquí las batidas. Tendríamos que volver como dice tu hermana —dijo Helen, que iba sentada tras Karina.

Vilma se giró para mirarla.

—¿Y si encontrásemos nosotras a esa bestia? —respondió Vilma—. Ni los Viken, ni los Cruix ni ninguno de los otros pueblos. Nosotras.

Karina alzó las cejas.

—¿Así quieres atraer la atención del guardabosques? ¿Haciendo el loco en este maldito bosque?

Vilma rompió en carcajadas.

—Pues parece que está encantado —dijo Helen—. A mí me da pánico entrar tan adentro.

—Venga ya. —Vilma seguía avanzando. Sin embargo Erika ya se había detenido. Pudo ver qué era lo que había pegado al árbol. Una moto de nieve blanca y una mochila—. Hasta esa imbécil se atreve. ¿Cómo no vamos a hacerlo nosotras? Esa es la moto de la vieja Agnes.

—¿Y cómo sabes que la ha traído la forastera? —le dijo Karina.

Su hermana había llegado hasta la moto blanca, la vio coger una mochila que había sobre el asiento.

—Vilma, vámonos —le dijo su hermana Karina.

Pero el rugido de la moto blanca se oyó sobremanera.

—¡Deja eso! Vámonos —le repitió con una voz más fuerte.

Vilma se giró para mirarlas. Ver aquella sonrisa en la cara de su hermana nunca significaba nada bueno. Lo recordaba bien en sus años de patio de colegio y de instituto antes de gastar alguna broma de mal gusto a alguien.

Pero allí en medio del bosque no existían las bromas.

—¡Vilma!

Vilma se montó en la moto y aceleró.

—¡Erika! Sube a mi moto. —La oyó decir.

—¡Vilma, no!

Pero Vilma ya pasaba junto a ellas con la moto de la vieja Agnes.

—Vamos a enseñarle a esa idiota italiana que este bosque, y todo lo que hay en él, nos pertenece. —La oyó decir mientras aminoraba la marcha—. Y que si se atreve a algo más que sentarse a mirar, lo único que le espera es oscuridad, peligro y nieve.

—¡Vilma! —Su hermana aceleró y se adelantó a ella unos metros—. ¡Vuelve!

—Esa joven puede morir ahí si no consigue volver. —Helen miró atrás mientras Karina aceleraba—. ¡Vilma!

—Que el bosque decida si merece vivir o no —respondió Vilma—. Así ha sido siempre.

—¡No puedes hacer eso! —gritó su hermana.

—¡Que el bosque decida! —repitió su hermana acelerando.

Karina se puso en pie en la moto y aceleró, mientras se le levantaba el vello de todo el cuerpo.

Costumbres ancestrales, primitivas y, bajo su punto de vista, un tanto perversas.

El bosque no solía decidir para bien del que abandonaban.

Esa creencia de espíritus protectores y bestias que aparecían para castigar a los miserables, no podía ser cierta.

Solo había una realidad, demasiados grados bajo cero, peligros y animales salvajes que despedazaban lo que encontrasen, se lo mereciese o no.

Tenía que devolver la moto a Aurora, o buscarla o llamar a alguien para que la buscase. Coger a Vilma en una carrera era complicado, y más yendo con Helen. Su hermana se escapaba.

Se llevó una mano a la cara. Otra muerte más en aquel lugar, esa vez en parte por culpa de las cuatro, de Vilma evidentemente y del resto por no haber podido detenerla.

Otra muerte en aquel bosque de los malditos.

Una tragedia.