9 #3
—Joder. —Volvió a sentarse y se giró para mirar a tía Agnes. Resoplaba mientras la mujer seguía avanzando hacia el lago.
Y volvió a mirar al perro.
—¿De quién carajo es esta moto? —Una voz de hombre la hizo encogerse sobremanera. Y hasta dejar de respirar.
—Es de la vieja Agnes. —En ese momento sí reconoció la voz, era de Henrik Viken—. Te dije que la pillaríamos merodeando la casa. Vamos.
—No puede ser ella, Henrik.
—Nunca me he fiado de esa mujer, así que no sé a lo que puede llegar o no. Desvaría completamente.
Las voces se acercaban poco a poco al montículo de roca. Aurora encogió las piernas y se abrazó a ellas. No quería ni respirar para no hacer ruido. Cerró hasta los ojos y notó un cosquilleo del roce del pelaje cerca de su oído.
—¿Y qué piensas hacer si es ella?
—Ponerla en su sitio y enseñarle de una vez por todas que no puede ir contra los Viken —seguía escuchando.
—Siempre me he preguntado por qué a ella le has permitido más margen que a otros, Henrik. ¿Por qué no has querido echarla del pueblo como haces siempre? ¿Por qué a ella no?
Demasiado cerca, quizás estaban ascendiendo en altura. Apretó los párpados, el cosquilleo en la oreja de los pelos del animal se trasladó a parte del cuello y de la cara. Temió que el perro se le montase encima, pero no podía moverse un ápice ni siquiera para apartarlo.
—¡Cuidado! —Era la voz de Henrik—. Creo que ahí hay un lobo.
—Joder, es verdad. —Se oyó el crujir de unas rocas. Quien fuese había descendido con rapidez.
—Vamos a rodear esto, quizás haya más y no quiero hacer ruido. Quiero encontrar a Agnes.
Aurora frunció el ceño al oírlo.
—Pienso acabar de una vez con esto —añadió Henrik.
Acabar cómo.
Se le aligeraron las piernas.
—Si no es ella la dueña de esa cosa, sabe lo que está pasando en el bosque. Conoce esta tierra mejor que yo y que Bjorn.
—Le dije que la garra apareció en la casa, sabía que vendría por aquí.
Joder, joder, joder.
Las voces se alejaban, pero aún podía oírlas.
—¿Seguro que era un lobo? No se ve ninguno más por aquí.
—Demasiado pelaje para ser un zorro.
—Y demasiado pelo para ser un lobo. ¿Y si es esa bestia?
—No hay bestias en este bosque. Es alguien haciéndonos creer que hay un oso, como la otra vez. Y voy a llegar hasta el fondo de esto. Quiera esa vieja loca o no.
Las voces se alejaron por completo y no podía seguir oyéndolas.
Aurora entreabrió los ojos, pero no podía ver más allá de un pelaje espeso que desprendía un olor a animal intenso. No le desagradaba, pero era intenso. Apartó la cara despacio, tenía al animal muy encima de su cabeza.
Miró al perro, o lobo o lo que fuera. Si no hubiese sido por él, la hubiesen visto.
Él no apartaba la vista de ella, como si estuviese esperando una nueva golosina. La joven se apresuró a sacársela del bolsillo y ni siquiera la partió como las otras veces, se la dio al completo.
—Gracias —susurró—, una vez más.
Y dirigió la mirada hacia la casa, ya no podía ver a tía Agnes. Y no sabía cómo demonios avisarla de que Henrik Viken iba en su busca.
Se sacó el teléfono del bolsillo, no había cobertura ni montada en las rocas, mucho menos abajo donde estaba Agnes. Estar sin conexión siempre le había producido una inseguridad a la que ya se estaba acostumbrando. Allí era más útil el llamador de Bjorn y un lobo, como estaba comprobando.
De dónde salía aquel animal seguía siendo un misterio, pero era tremendamente intuitivo y le estaba salvando de una tras otra.
Esa vez se apartó de su camino y bajó del muro delante de ella.
No tuvo el pie puesto en el suelo más de unos segundos cuando se oyó el silbido de una bengala a lo lejos.
—¡Mierda!
¿Tan tarde era como para que ya hubiesen empezado las batidas? Se habrían adelantado como se adelantó Henrik Viken y su acompañante.
Necesitaba salir de allí, pero también necesitaba avisar a tía Agnes de que Henrik Viken la estaba buscando y por su forma de hablar, no le hacía ninguna gracia.
Ya que fuese ella la de la garra o no quedaba en un segundo plano.
O no. Porque si la garra era de la mujer, realmente había una bestia en el bosque.
El perro rodeó la moto de nieve y Aurora fue consciente de nuevo del tamaño del animal y de la diferencia con los perros de Bjorn o con los del pueblo.
El animal pareció escuchar sus pensamientos, porque la miró con un movimiento brusco, como si ella lo hubiese llamado.
—No sé qué leches eres —dijo en voz baja mientras se subía a la moto—. Pero eres sobrenatural.
Se giró para mirarlo, el animal se había apartado del aparato como si este estuviese a punto de explotar. Él los conocía y era consciente del ruido que hacían.
—Nanook —murmuró colocándose las gafas.
Tenía que encontrar a tía Agnes antes de que lo hiciese Viken.
Arrancó la moto sin saber muy bien hacia dónde dirigirse. Pero estaba claro que el camino solo podía ser hacia delante, hacia atrás solo estaba el camino del pueblo. Y allí no encontraría a su tía.
Los focos de la moto alumbraron la tenue oscuridad que ya iba tomando el bosque. Alzó los pies de la nieve y aceleró.
Solo le quedaba rezar para no volcarse por aquellos terrenos rocosos.