9 #2
Levantó la cabeza y respiró hondo.
¿Estar allí le venía bien? No era su lugar. Y sentirse fuera de todo solo hacía que las piedras pesasen más.
El sonido de una piedra cayendo muro abajo hizo que su cuerpo se sobresaltase y tuvo que girar la cabeza.
Unos ojos que parecían estar hechos del agua congelada del lago, azules, almendrados y rodeados de un antifaz negro sobre pelo claro, la hizo contener la respiración.
La miraba a media distancia, observándola como si fuera una parte curiosa de aquel paisaje tenebroso. Como lo era él.
Aquel perro de pelaje espeso era capaz de aparecer de la nada y convertir aquel bosque helado en el escenario de un cuento de fantasía.
Aurora se sorbió los mocos.
—¿Cómo demonios has subido hasta aquí? —Desconocía si había otra forma que no fuese escalando. Quizás sí, posiblemente una forma más fácil que ella no había visto. Era torpe, mucho, no le extrañaría. Volvió a sorberse la nariz.
Que un animal desconocido la viese en aquel estado no debía suponerle ninguna vergüenza, sin embargo ni siquiera a él fue capaz de sostenerle la mirada.
Al menos lo prefería a él que a Bjorn. Que el guardabosques la viese allí encogida y llorando hubiese sido un bochorno.
Se limpió las lágrimas para ver con más nitidez, quería comprobar si en el cuello del perro había un collar o algún distintivo que le indicase que tenía dueño. Con tanto pelo era complicado, quizás tendría que palparlo y él no se dejaría. A simple vista no se le veía nada.
Se abrió el bolsillo, sacó uno de aquellos trozos de olor intenso y lo lanzó con cuidado para que cayese cerca del perro.
Aquel animal era tan grande y tan grueso que no sabía bien si tendría más de lobo o de perro. Ni siquiera los lobos eran tan corpulentos.
El perro bajó la cabeza para oler lo que había caído sobre la roca, y no tardó en abrir la boca para cogerlo. Mandíbulas poderosas donde las hubiese, que solo podían apreciarse en todo su esplendor en aquel momento exacto, luego cerraba la boca y todo parecía reducirse a una fina línea.
Aurora apartó la mirada de él y volvió a mirar hacia el valle.
—Tú tampoco perteneces aquí, ¿verdad? —Volvió a dejarle caer otro trozo, esa vez más cerca de donde estaba sentada, mientras seguía mirando al valle—. Por eso quizás nos llevamos bien. Forasteros.
No miraba al perro, pero podía sentir que se había acercado despacio, quizás buscando más comida. Aurora sacó otro trozo y lo mantuvo en la palma de su mano, mirando de reojo mientras el perro acercaba su hocico.
Ver cómo abría la mandíbula enorme sobre su mano la hizo contener la respiración. No sabía si llegaría a acostumbrarse al tamaño de aquel animal.
Volvió a sacar otro trozo y se giró levemente, despacio, hacia él. Esa vez procuró mantener la mano cerrada envolviendo el trozo de comida para que a él no le fuese tan fácil cogerlo.
Seguramente será una locura y se llevará la mano entera.
Podría hacerlo con aquellos dientes. Pero solo acercó su nariz negra y brillante a oler entre los huecos de sus dedos. Margen para que ella pudiese quitarse el otro guante y acercar la otra mano hacia el pelaje del animal.
Casi sin respirar rozó el pelaje con los dedos tras la oreja del perro.
La diferencia con el pelaje de los perros de Bjorn seguía siendo notable hasta en el tacto.
El de ese perro era más lanoso y suave. Y la capa bajo el primer muro de pelo era tan espesa que pensó que era imposible llegar más adentro.
Abrió la mano con la golosina y retiró la otra. Allí en su cuello no había collar alguno. Si era de alguien, lo tenía sin distintivo.
El perro cogió la comida y comenzó a masticarla, y Aurora volvió a mirar hacia el valle.
Y su cuerpo se bloqueó por completo al ver cómo la puerta de la casa abandonada se abría. Se apresuró a coger los prismáticos y giró la tuerca para forzar los aumentos al máximo.
Y pudo ver, aunque con poca nitidez, como una mujer con abrigo morado oscuro y gruesa trenza cana salía de allí.
Era tía Agnes, le había dicho que estaba en la chocolatería, pero no era cierto.
Aurora frunció el ceño mientras tía Agnes se encaminaba a pie hacia un árbol, parecía inspeccionar el tronco y luego la copa.
Una ráfaga de viento hizo que su pelo revolotease levemente, tanto que la mujer se agarró al árbol.
¿Qué demonios?
¿Podría ser su tía Agnes la dueña de la garra de metal? Tenía sentido si era así que Henrik se dirigiese directamente a ella. Pero era imposible, su tía estaba en el interior de la casa cuando algo atacó a los lobos.
Pero después de escuchar lo que dijo Viken, quizás su tía quisiese inspeccionar por ella misma aquellas ruinas. Sola.
Una temeridad. Como lo que solía hacer ella misma.
Su tía regresaba dirección al puente, seguramente ya lo habrían arreglado. Aurora sabía que tenía que apresurarse y llegar a casa antes que ella.
Se colocó a gatas de nuevo, pero el perro estaba justo en su camino de regreso a la desescalada y no parecía moverse.
—Ya no voy a darte más nada por hoy —le dijo.
Pero claro, era un animal, no entendía de palabras. Tendría que buscar otra fórmula.
Se arrodilló y se sacó otra golosina.
—Mira. —La alzó en el aire y la dejó caer muro abajo. El perro la siguió con la mirada hasta que desapareció en la nieve.
Pero no se movió.