Mi ángel de la nieve 9
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Arrancó el motor de la moto de nieve blanca de tía Agnes. Era una suerte que la mujer aún no hubiese vuelto de la chocolatería, seguramente no la dejaría ir, cuando estaba prohibido acceder al bosque si no era durante las batidas.

Se colocó las gafas y giró el puño de aquel cacharro para que empezase a andar. Llevaba el móvil cargado, no había cobertura a donde iba, pero seguía dándole una falsa seguridad. Y por supuesto, su llamador de ángeles. Y un par de bengalas.

Necesitaba esconder la garra de cuchillas de hierro en algún lugar apartado y no tan cerca del pueblo.

Aceleró y se dirigió hacia la arboleda, sobre la moto sentía la inclinación de la pendiente que andando no apreciaba. Podía notar cómo a la moto le costaba andar más por aquella parte que no era un camino, los desniveles del suelo quizás.

Se inclinó hacia delante y hasta se alzó en el asiento.

Nadie quería contarle.

Pero ella ya sabía más de lo que debería.

Ir por medio de los árboles era una locura, pero ya comenzaba a formar caminos en su cabeza. Y juraba que sabría regresar al lago.

La moto parecía patinar sobre la nieve, esperaba que fuera más difícil que el camino, pero no. Así que aceleró aún más y miró hacia atrás para comprobar cuánto se estaba alejando.

Era una suerte que la moto tuviese una brújula en la parte de delante, junto a otras esferas con agujas que no sabía bien su utilidad. Pero se le había encendido una luz roja con forma de estrella.

Gasolina tenía, la tía Agnes la había llenado completa, sería otro tipo de error, era antigua y llevaba tiempo sin uso.

Siguió adelante y frenó despacio. Era muy difícil intentar reconocer un lugar no muy iluminado cuando todo aquel bosque parecía ser igual.

Solo sabía que dirección norte iría de cabeza al valle y que al oeste estaría el lago.

A al otro lado estaba el infinito desconocido. Aquel bosque no parecía terminar nunca.

Algo en los árboles la sobresaltó. Un animal había saltado de rama en rama. Aurora resopló, se le acababan de aflojar las piernas. No estaba acostumbrada a aquel silencio y cualquier sonido, aunque fuese leve, la asustaba.

Volvió a arrancar la moto y siguió el camino asegurándose de girar más al oeste. Solo esperaba que aquella brújula funcionase o se encontraría con un valle empinado o directamente contra el infinito del este. Y de ahí no sabría regresar.

O sí, estaba memorizando cada dirección que tomaba y el tiempo que avanzaba, solo tenía que darle la vuelta y regresaría a casa antes de que comenzasen las batidas de la tarde noche.

Avanzó de nuevo entre árboles donde curiosamente parecía haber un camino bastante plano en el que la moto patinaba con facilidad, no se atrevía a acelerar mucho, un desnivel la haría caer de boca.

Y fue aminorando la marcha a la vez que comprobaba que el lago no parecía estar por allí. Tras aquella hilera de árboles había pared de roca, una pared no muy alta. Detuvo la moto de nieve y apagó el motor.

Era un riachuelo mínimo, apenas una pequeña corriente de agua emanando de las piedras. Era extraño que no estuviese congelado, quizás el empuje y la corriente continua lo impedían.

Y quizás aquella era la fuente que formaba el lago a través del subsuelo. No había llegado a donde quería, pero al menos era un lugar y no muy lejano.

Cogió la mochila, era tan leve el agua que hasta podía andar con las botas por encima de ella para seguir la corriente algo más.

Si encontrase por allí un hueco para esconder la vara, al menos ella misma podría volver a encontrarla. No era como buscar un hueco aleatorio en el bosque.

La pared de piedra iba menguando poco a poco mientras la corriente aumentaba.

Y vio un saliente en la pared. Saltó al otro lado del agua, donde las rocas eran más abundantes y prominentes y puso un pie en el saliente. No tenía que escalar mucho más que un par de metros.

O eso le pareció desde abajo. Siempre se veía más fácil de lejos.

Tuvo que ir desplazándose en la pared poco a poco buscando salientes para meter el pie hasta que subió arriba del todo, comprobando que las rocas continuaban, no era tan solo una pared, era el comienzo de un relieve rocoso que bajaba al otro lado formando un desnivel considerable y que le permitió ver un paisaje amplio y despejado.

Desde allí podía ver el lago. Y el puente.

Y la casa.

Entornó los ojos.

Una casa mucho más pequeña que la de tía Agnes, alargada que formaba un codo, haciendo que la casa pareciese una ele si la miraba desde allí. Estaba más lejos del puente de lo que esperaba, unos doscientos metros.

Se arrodillo y siguió gateando por las rocas hasta que encontró un lugar donde sentarse.

Abrió la mochila, apartó aquella vara con cuchillas y sacó el prismático. Era una pena la falta de luz, tan solo con el reflejo de la nieve no era suficiente.

Ajustó las tuercas, el problema de los objetos de tía Agnes era que todo estaba demasiado antiguo. En Milán había tiendas especializadas en lentes avanzadas, cómo no se le pasó por la cabeza comprar uno de los buenos.

Tampoco sabía a dónde iba. Ni lo imaginaba.

No había luz de linterna ni de fuego ni a un lado ni a otro del puente. Vio un animal marrón en el borde del lago, al otro lado del puente, demasiado pequeño para ser un lobo o un perro. Quizás zorro. Entre sombras no podía distinguirlo.

Quien había estado en aquella casa en ruinas ya no regresaría, sabría que Viken había estado allí, que habían visto el fuego, que se habían llevado la garra.

Dejó caer el mango de la garra en sus piernas y siguió revisando el pequeño valle que rodeaba el lago.

Ahora podía visualizar mejor cómo estaba ordenado aquel terreno y el porqué de las pendientes.

Y podría diferenciar la del valle con la otra que se cortaba en un vacío.

Desde aquel punto exacto pudo divisar por dónde cayó el primer día.

Entornó los ojos. La nieve acababa justo en una línea, más adelante solo había oscuridad, una oscuridad que iba bordeando casi todo el paisaje.

Por el acantilado también se llega a la casa.

No hacía falta puente. El puente era el camino seguro, pero no el único camino. ¿Lo romperían para que no cruzasen?

Sin embargo ella, habiendo estado cerca del borde y a punto de caer, no sería capaz de llegar por ese lado. Recordaba cómo resbalaba la nieve con tanta pendiente, era una muerte más que probable.

No podía engañarse, allí no era ninguna experta. Acabaría metiendo la pata tarde o temprano, como le dijo Vilma, su fin no sería bueno. Lo mismo que le decía Bjorn. Y ahora el terreno era tan solo uno de los peligros del bosque.

Soltó los prismáticos y cogió la garra de cuchillas. Estaban tremendamente afiladas, hasta metiéndolas en la mochila se rozó la piel con la punta y se cortó levemente. Aquello con una fuerza media, era un arma demasiado peligrosa.

Gateó despacio por el muro de roca buscando un lugar donde encajar aquella vara y encontró un hueco triangular entre dos piedras. Ahora cabría al menos el cilindro, esperaba que casi entero.

Y sí, entraba prácticamente entero, quedando la garra levemente asomada. Allí esperaba que no la encontrasen en las batidas. Con los perros rastreando no podía dejarla a ras del suelo.

No podía demorarse o la encontrarían en el bosque. Siguió gateando por el muro hasta llegar al mismo lugar por el que accedió.

Y oyó un aullido silbante y ronco que la hizo detenerse y mirar hacia el valle del lago.

Contaba con los lobos cuando entró en el bosque, pero escucharlos allí estando completamente sola era un nivel al que no se había enfrentado mucho.

Así que la ligereza de sus piernas fue inmediata.

Pero necesitaba las piernas para bajar de las rocas.

Resopló después de resbalarse al apoyar una mano. No era momento para que el miedo la hiciese ponerse torpe. Así que se sentó otra vez y se llevó la mano a la sien.

—Soy una imbécil y acabaré muerta antes de que se vaya el invierno.

Apretó los labios y tragó saliva, el escozor de la garganta llegó rápido, y quemaba. También el peso en los ojos.

No quería engañarse, pero cada vez lo tenía más claro.

Había llegado allí después de sentir el fracaso generalizado más grande de su vida. Una vida que pensaba que tenía encauzada. Una casa propia, una pareja, un proyecto, una estabilidad laboral con buena dirección, un flujo económico continuo.

Pero todo aquello se disolvió de un día para otro, o al menos con poco margen para asimilarlo.

Quedarse en Milán y dar explicaciones, contarlo una y otra vez. Reconocerlo, digerirlo…

Se limpió las lágrimas de uno de sus ojos.

Huir y llegar allí en medio de la nada, donde nadie le preguntara porque ni siquiera la conocían. Y sentir que era capaz de hacer algo más.

Ya no importaba haber perdido el amor ni el trabajo. Ahora solo importaba volver viva después de haber subido a un muro de piedra de tres metros a vigilar una casa en ruinas. Cruzarse con lobos. Conducir una moto de nieve bajo una tormenta.

Viento, oscuridad, frío extremo.

Una bestia.

Un perro lobo gigante.

Y llegar ilesa a casa.

Sentirse más llena de lo que se sentía en Milán.

Sentirse más llena que los que la despidieron. Que los que la abandonaron.

Había estado a punto de sentirse capaz de ser una heroína y no sabía por qué, cuando allí no era nada ni podía ser nada. Solo una forastera torpe y fracasada con ganas de protagonismo. Y acabaría metida en un lío, o muerta.

Los ojos se le habían llenado tanto de lágrimas que apenas podía ver el valle. Encogió una rodilla y dejó caer la frente en ella. Hasta las lágrimas se le congelarían si seguía llorando allí.

Pero necesitaba hacerlo. Desde que llegó al pueblo, había decidido soltar piedra a piedra hasta vaciar la mochila que cargaba desde Milán. Pero no las había soltado, simplemente intentaba ignorarlas, hacerlas invisibles hasta su regreso.

Pero a su regreso la mochila volvería a recobrar su peso.

Estar allí tan solo era retrasar y volver a vivir aquella sensación angustiosa, volver a salir a la calle y esperar ser invisible tan solo para que nadie le hiciese preguntas.