8 #2
Bjorn había alzado la barbilla sin dejar de mirarla a pesar de la diferencia de estatura. Aurora desvió la mirada, no fue capaz de mantenérsela demasiado tiempo al guardabosques, aunque eso significaba el delatarse.
Tampoco lo miró mientras él seguía el camino activando la marcha de sus perros otra vez tras él.
Y ella alzó la vista para mirarlo alejarse entre saltos de perros cuyas patas ya comenzaban a hundirse en la nieve. No estaba por allí aquel aparato ruidoso en el que se movía, desconocía dónde lo habría dejado el guardabosques, se iba a pie.
—¿Qué es exactamente lo que según tú deberían buscar en el bosque? —soltó cuando tuvo a Bjorn a varios metros.
Y lo vio detenerse un instante. Luego giró la espalda sin prisa hasta que tuvo sus ojos de nuevo sobre ella.
—¿Que qué pienso que hay que buscar en el bosque?
—La tranquilidad de Bjorn desapareció por completo.
Quizás su intención durante la charla del alcalde comenzaba a aflorar de alguna manera.
Eso hizo que Aurora siguiese avanzando a zancadas hacia a él—.
Hasta hace un par de días te diría que absolutamente nada.
Pero llegó algo. Y tú. Sin embargo, anoche todo cambió.
Aurora notó cómo su cuerpo se detenía sin orden y se bloqueaba sin poder dar un paso.
—Desde la primera noche has visto algo que yo no he sido capaz de ver —añadió Bjorn—. Y ya no sé qué más tiene que pasar para que no me lo cuentes ni las razones. ¿Porque soy un Viken? No soy de fiar, ¿no? ¿O tu tía dice que no me lo digas?
Acababan de acorralarla un guardabosques y cinco perros.
—Ella no tiene nada que ver —replicó y vio la satisfacción en el rostro de Bjorn. Él lo sabía desde un principio.
En algo sí que tiene que ver.
Aurora pudo retomar la marcha y llegar hasta Bjorn.
—Tu tía odia a los Viken, no es ningún secreto.
—A ti no te odia —se apresuró a responder. Tía Agnes de verdad se preocupaba por él.
—Porque soy el guardabosques.
—¿Qué tiene que ver eso? —Frunció el ceño al mirarlo.
—Porque Hans lo era.
La joven contuvo la respiración.
—¿No lo sabías? —Hasta él se sorprendió—. Bastante bueno, dicen. —Bjorn siguió avanzando y ella comenzó a dar zancadas de nuevo para no quedarse atrás—. Por eso la casa del lago era suya. Entonces no existía la de la colina.
La antigua casa del guardabosques con señales de que alguien la habitaba esos días y un perro enorme en el bosque.
La piel se le erizó bajo el mono.
Como si el espíritu perdido de Hans hubiese regresado. Ahora entendía a tía Agnes si es que culpaba de su pérdida a Henrik Viken. Ahora entendía por qué desde un primer momento la dejó llevarle comida a aquel animal. Por qué no le daba miedo que se acercara a él aunque fuera salvaje.
Era como si aquellos espíritus protectores o vengativos del bosque se hubiesen alzado todos a la vez tomando forma.
¿Quién demonios estaba en el bosque?
¿Y por qué quería provocar pánico en el pueblo o en Henrik Viken?
Un pánico que era evidente que Agnes no había tenido hasta la noche anterior en que oyó los rugidos.
—Esto, sea lo que sea —dijo Bjorn—, es entre el bosque y el pueblo. Nadie más.
Bjorn acababa de coger una de las cadenas que la unían a aquella nieve y las había dejado caer por la colina, mostrándole que lo único que debía hacer era coger un autobús y comprar un vuelo a Milán.
Aurora se detuvo y bajó la barbilla mientras Bjorn se alejaba.
El guardabosques llevaba razón, fuera lo que fuera no iba con ella. Tía Agnes no le contaba nada de su pasado. No tenía ni idea de qué era lo que le habían arrebatado los Viken ni por qué aquel odio con Henrik.
Alzó la mirada hacia el guardabosques, él seguía el camino alejándose cada vez más del pueblo. Sentía que ni siquiera él confiaba en ella.
No pertenecía al lugar.
Las montañas y el lago no son de nadie…
Ni el guardabosques. Ni los secretos.
Miró tras de sí, podía ver a la gente a los lejos saliendo del polideportivo y dispersarse poco a poco en distintas direcciones. Encontró el abrigo rojo brillante de Vilma.
Volvió a dirigir la mirada hacia Bjorn, ya estaba lejos de ella.
Quizás piensa que trato de tapar algo de Agnes.
Espiró por la boca y vio el vaho alzarse y dispersarse en el aire.
Por primera vez desde que puso un pie en el pueblo se sintió tremendamente sola y fuera de lugar. Y esa sensación hacía intenso el frío.
Se dio media vuelta para regresar al pueblo y echó la vista atrás un instante. Los perros de Bjorn ahora eran manchas oscuras que se hundían en la nieve alrededor de él.
El frío aumentaba mientras el guardabosques se iba haciendo pequeño a lo lejos en la nieve.
Y un leve escozor en la garganta encendió cierta llama en su pecho.
Las montañas y el lago no son de nadie.
Era forastera, pero no una inconsciente ni una imbécil. Ni siquiera una niña torpe.
Quizás era así como la veía el guardabosques, como la veía tía Agnes o Vilma y sus amigas, incluso los Viken.
Las montañas y el lago no son de nadie.
Cogió aire y lo contuvo mientras dirigía la mirada hacia el pueblo, con la inclinación de aquel paisaje podía ver gran parte de las casas, como una maqueta enorme.
Y entornó los ojos.
Las montañas y el lago no son de nadie.
Apretó los puños a ambos lados de los muslos.
Los secretos de este pueblo tampoco.
Ya ella tenía secretos que otros desconocían. Una garra de metal escondida y un medio lobo en la nieve.
No era un pueblo normal y corriente. Era un lugar que absorbía al que llegaba y lo inundaba de aquel halo mágico que rodeaba el bosque.
No pensaba marcharse de allí.