8
Que Hakum y Bjorn no tenían buena relación era algo que ya había comprobado y que incluso ellos lo llevaban escrito con moretones en la cara.
Dio unos pasos alrededor de las sillas que ya iban quedando vacías, mientras veía al menor de los Viken salir del polideportivo. Su padre seguía allí, ya había comenzado a organizar a los hombres del pueblo.
Bjorn seguía sentado en la silla de la primera fila, aunque no parecía integrado en ninguna conversación en concreto. Se limitaba a mirar a unos y a otros con los brazos cruzados.
Entornó los ojos, no había sido consciente de que los perros del guardabosques estaban tumbados a unos metros de él.
Unos miraban a la gente, otros miraban hacia la puerta, Sila lo miraba a él, y tuvo que contener la sonrisa al ver la postura de Blum, que parecía más desmayado que dormido.
Le estaba encantando aquel perro de ojos bicolor y su descaro y poca vergüenza en cada cosa que hacía, aunque fuese algo tan simple como dormir en medio de tanta gente y con tanto ruido.
Pero el animal ni siquiera había abierto un solo ojo.
Le resbala todo. La mejor filosofía del mundo.
Y sonrió levemente sin dejar de mirarlo.
—Te adentras en el bosque quizás pensando en cruzarte con el guardabosques. —Era la voz de una mujer. Una en concreto que ya estaba conociendo bien. Vilma—. Pero lo único que puedes encontrarte es una tormenta, frío, agua helada, viento y una bestia.
Aurora la miró enseguida, estaba segura de que Vilma pensaba que estaba sonriendo mientras miraba a Bjorn, y no. Él estaba tan solo en su línea de visión, sonreía por algo que estaba más allá, en el suelo, de pelo beige y marrón chocolate.
—Pregúntale a nuestro guardabosques cómo suelen acabar los turistas curiosos como tú —añadió Vilma.
Vio cierta ironía en aquel «nuestro guardabosques».
—No —replicó Aurora enseguida—. Prefiero que mi futuro sea una sorpresa.
Le encantaba cuando la gente no esperaba sus respuestas contundentes. Y allí en el pueblo se estaba coronando poco a poco cada vez con más gente.
—No sabes lo que dices, Aurora —respondió otra de las chicas—.
A mi tío lo mató el oso polar —añadió—. Apareció en el bosque con medio cuerpo sobre la nieve y el otro medio contra las rocas.
—La joven, que tenía el pelo castaño como Bjorn, se inclinó acercándose más a ella—.
¿No has visto nunca a un oso? Las manadas de lobos, la nieve del norte noruego, la colina, los acantilados y los lagos helados.
No creo que ninguno de los destinos sean una sorpresa.
—Por eso aún no he comprado el billete de vuelta a Milán —respondió ella con ironía a aquel intento de asustarla—. No quiero adelantarme a los acontecimientos.
Se alejó de aquellas jóvenes.
No las conozco y ya están tocándome los cojones.
Y se cruzó en su camino tía Agnes, que al parecer las habría estado observando.
—Vaya —le dijo la mujer.
—Son pura amabilidad, no sé qué les pasa —respondió Aurora metiendo las manos en los bolsillos del mono. Tía Agnes sonrió.
—¿Qué les pasa? El guardabosques —Agnes miró a Bjorn—. Es como las montañas y el lago, no son de nadie, pero pertenecen a este pueblo.
—Y ningún forastero puede llevarse de aquí las montañas ni el lago —respondió la joven y su tía alzó las cejas al escucharla—. Así que no tienen de qué preocuparse.
Aurora se alzó de puntillas para ver la primera fila, donde se habían agolpado en pie los vecinos.
Todo parecía ahora diferente desde que escuchó la conversación de tía Agnes con Henrik Viken, ya no habría bestia de la que preocuparse, sino de alguien que buscaba Dios sabría qué. Pero la mayoría allí no lo sabía.
Sin embargo, los rugidos de la anterior noche fueron reales. Y eso no se lo podía quitar de la cabeza. Ningún humano era capaz de hacer aquellos sonidos.
—Pues aquí hemos acabado, nos vamos —dijo tía Agnes apartando la silla en la que había estado sentada para acceder al pasillo.
Aurora echó de nuevo un vistazo hacia Bjorn. Seguía sin intervenir en ninguna conversación, permanecía en su silla en silencio, y hasta parecía no estar escuchándolos.
Luego el joven dirigió la mirada unos instantes hacia uno de los grupos de vecinos donde ahora estaba su padre, y se puso en pie.
Activando con su movimiento a su jauría de perros, salvo a Blum.
Este solo abrió los ojos en aquella postura tumbado de lado con las patas estiradas.
Luego giró la cabeza para mirar al resto y se fue levantando sin ninguna prisa.
—Si quieres te espero en la chocolatería —le dijo su tía viendo cómo Aurora seguía a Bjorn con la mirada, que ya se dirigía hacia la puerta del polideportivo.
Asintió a su tía y anduvo sin mucha prisa hacia la dirección a donde iba Bjorn.
Desde que escuchó la conversación de su tía con Viken, tenía aún más ganas de hablar con él.
Ahora cobraban sentido algunas cosas que había escuchado decir a Bjorn.
Como que no estaba seguro de que hubiese una bestia en el bosque, de hecho la única vez que lo había visto convencido de verdad fue al ver el árbol.
Eso de que sus perros lo alejaban de algo y un día, por las buenas, lo llevaron a un lugar. Un lugar donde estaba ella. Y el animal de algodón y nieve.
Los perros sabían más que ellos, de eso no había duda.
Ellos sí que sabían qué era lo que había en el bosque.
Blum fue el primero en acercarse, seguramente a tirarle la caña con aquellas chucherías que no pensaba sacarse del bolsillo del mono y que a al perro enorme del bosque también parecían gustarle. Un animal tan escurridizo como el guardabosques.
No había trozos de alimento seco que atrajeran a aquel hombre. Tuvo que acelerar el paso para alcanzarlo.
La reacción de alerta de Sila con ella hizo que su dueño se girase al fin, y detuviese sus pasos.
Aurora comprobó que la mejilla de Bjorn había mejorado sobremanera.
Quizás el frío continuo en la cara curaba demasiado rápido, o que allí estaban hechos de otra materia.
Claro que lo estaban. Nunca había visto a tantas personas hablar sobre una posible bestia en el bosque y pensar en salir a buscarla como si se tratase de un cuento de fantasía.
—Tú conoces el bosque mejor que ninguno —le dijo en cuanto llegó a él—. ¿Por qué parece que no estás de acuerdo con ninguna de esas búsquedas?
Bjorn frunció el ceño levemente, le gustaba sobremanera la forma que tomaba su cara, aquella dulzura estética que se contraía tornándola madura y consciente del verdadero problema que habría en el bosque.
—Precisamente porque soy el que mejor lo conoce, y con la que se avecina, habrá más problemas que un oso perdido. No es momento de tener a tanta gente deambulando por allí. —Se inclinó levemente hacia ella—. Y menos tú.
Bjorn se dio media vuelta para seguir andando.
—Ya me han insinuado como acaban los turistas curiosos por aquí.
—La joven tuvo que apartar el hocico de Blum para seguir a Bjorn, pero el perro le siguió la mano comprobando que no había nada.
Pudo ver la decepción en su expresión y tuvo que contener la risa.
De los cinco, Blum era el que más se estaba haciendo hueco, así que abrió la cremallera del bolsillo levemente para coger un fragmento de aquello que le gustaba tanto y se lo dio con rapidez antes de que otro pudiese verlo.
—Han hecho bien.
Pero a los perros no les hacía falta ver para saber. Recibió la mirada de reproche de Zor.
No tenía ni idea de animales, pero aquellos le estaban sorprendiendo por momentos, la cantidad de matices en sus reacciones y en sus miradas.
Zor la había pillado, ahora sabía que Blum era su preferido.
Contuvo la sonrisa de nuevo.
—Quieren que me vaya del pueblo, está claro. ¿Tú también?
—Sería lo mejor para ti.
—No pienso irme. —La nieve se estaba espesando, se alejaban de la calle donde ya había pasado la quitanieves. Seguir a Bjorn se empezaba a complicar.
Se alejaban de las casas, justo lo que acababan de decir dentro del polideportivo que no se debía hacer. Ya sus pies se hundían hasta el tobillo, tenía que dar zancadas más altas. Vio a uno de los perros comenzar a andar a saltos.
—Eso ya lo imaginaba. —El guardabosques no miraba atrás, no la esperaba, no se preocupaba por que pudiese o no seguirlo.
Aurora metió un pie en algo más profundo y por reflejo se agarró al abrigo de él.
—Voy a quedarme hasta que acabe el invierno. —Al sentir cómo lo agarraba, Bjorn se giró levemente y esperó a que recobrase el equilibrio sacando el pie del desnivel.
—¿De verdad te gusta este lugar? No hay diversión, al menos no la que conoces.
Viento, frío, tormentas de nieve y apenas puedes dar un paso sin caerte.
—Soportar la mirada de Bjorn era tan complicado como mantenérsela a aquel animal salvaje.
Mismo azul, misma profundidad, y misma manera de mirar intentando ver qué más había dentro de ella.
Como si fuesen el mismo ser en dos variantes, uno humano y otro salvaje.
Los ángeles pueden venir de distintas formas.
Ambos estaban hechos de nieve. Un hielo frío y lejano inalcanzable. Un muro entre ellos y el mundo donde vivía ella. Parecía difícil acercarse a ellos, penetrar más allá de aquella mirada.
—Tiene su encanto.
No el frío. No las montañas, ni el valle, ni las rocas bajo la nieve, ni las tormentas ni el no poder dar un paso por donde no pasaba la máquina que quitaba la nieve.
Pero había algo allí que le impedía coger un bus hasta el aeropuerto.
—¿Qué exactamente es lo que tiene el encanto? —No esperaba la pregunta de Bjorn.
Y no podía tomar la respuesta a la ligera.
—Solo esperaba un pueblo rodeado de nieve —contestó de manera escueta. Una palabra más la podría hacer cagarla.
Un lobo de nieve, el halo que rodeaba a Bjorn, la tía Agnes y aquel misterio que la vinculaba a los Viken…
Claro que aquel lugar la estaba atando poco a poco. Ya no había forma de irse de allí.