Mi ángel de la nieve 7
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Bjorn estaba en la primera tanda de sillas de plástico, con las piernas estiradas y cruzado de brazos, como si lo que estuviese diciendo el alcalde no fuera con él.

Había una bestia en el bosque, en eso todos estaban de acuerdo. Y nadie parecía haber estado en la casa tras el puente, así que también tenían a un desconocido cerca del pueblo.

Unido todo ello, se había acordado un toque de queda después del cierre de los comercios y se organizarían batidas en el bosque hasta que pudieran aclarar lo que estaba pasando.

Los niños no podrían salir a los aledaños del pueblo, tan solo recorrer calles principales y jugar en las plazas de la calle principal.

También se había limitado el acceso al bosque a un horario reducido. Y por supuesto, la protección de los rebaños.

Se recomendaba a los vecinos en general no salir del núcleo urbano, que no dejaban de ser unas cuantas calles.

Había mirado un par de veces la puerta de entrada, era extraño que la sobrina de Agnes no anduviera por allí, cuando era la única junto a su tía que había estado cerca de lo que fuera que deambulaba entre los árboles de noche.

Ellas lo habían oído rugir y atacar, y habían visto a los lobos huir despavoridos.

Quizás con el testimonio de Agnes pensaban que era suficiente. Quizás su tía no quería que su sobrina se inmiscuyera más en los asuntos del pueblo. Quizás sabía de la curiosidad extrema de la joven y quería evitar que se atreviese aún más. Aquella muchacha parecía no asustarse con nada.

Era una inconsciente, algo propio de alguien que ha vivido en una burbuja urbana cuyos únicos peligros eran otros humanos.

Aurora no sabía nada de la crueldad de la naturaleza y de los que la habitaban.

Y ella había visto algo en el bosque que él no. De eso no tenía dudas y sus perros se lo confirmaban continuamente.

La puerta se abrió e hizo que su mirada se dirigiese de nuevo a la puerta.

Allí estaba la sobrina de Agnes. Solo unas pocas noches en el pueblo habían hecho que fuese perdiendo poco a poco su aspecto de joven de ciudad sofisticada. Su pelo cada vez iba cogiendo una forma más despeinada, su piel iba adaptándose como podía al clima. Y ella a los acontecimientos.

Quizás se había equivocado con Aurora. No era una inconsciente.

Claro que estaba comprobando de primera mano las lindezas del invierno en un pueblo como aquel, además en un inicio de temporada atípico.

La joven no estaba tranquila, podía comprobarlo en su forma de cerrar la puerta y quedarse en pie tras los últimos vecinos que habían llegado al polideportivo y que no tenían ya asientos. Tenía miedo.

Hasta los vecinos más antiguos, hasta los ancianos, tenían miedo.

¿Cómo no iba a tenerlo ella?

Desconocía la razón por la que no había hecho las maletas y se había marchado de vuelta a Italia.

Bjorn frunció el ceño levemente sin dejar de mirarla.

No entendía la razón por la que ahora estaba más nerviosa que aquella mañana, que a pesar de haber escuchado lo que fuera del bosque se atrevió a adentrarse en los alrededores del lago, incluso pasando sobre él mismo.

Estaba claro que ella no tenía ni idea de lo que conllevaba caerse en un lago medio helado a aquel nivel.

Proteger al pueblo siempre estuvo dentro de sus obligaciones, profesionales y personales. Pero ahora lo iba a tener más difícil, y no solo porque hubiera una bestia suelta.

Aquella mujer sin experiencia ni habilidades de supervivencia no dejaría de ponerse en peligro continuamente. Se lo había dicho a Agnes, pero la mujer solo había sonreído.

Sintió los pelos gruesos del borde del abrigo de Hakum en su hombro, se había inclinado para susurrar a su oído.

—Vilma dice que bajabas con ella desde la cabaña de la colina —le dijo su hermano—. ¿Ya te estas follando a la forastera?

Bjorn retiró su oído de él y le lanzó una mirada que bien podía haberlo atravesado. Hakum sin embargo sonreía, aunque su mirada se dirigió de nuevo al alcalde.

—Supongo que aquí todos estamos hartos de las mismas de siempre —añadió su hermano—. Carne nueva…

—Ni una palabra más, Hakum —lo cortó Bjorn, pero su hermano se inclinó de nuevo hacia él.

—Aurora no duda en adentrarse en el bosque, acabará pasando algo malo como al resto de forasteros con esa costumbre —siguió susurrando su hermano—. Así que para que la acabe atacando el oso, mejor nosotros, ¿no?

—Para ya, Hakum. —Bjorn entornó los ojos hacia él—. Y ni se te ocurra acercarte a ella.

Hakum alzó las cejas.

— La quieres para ti —respondió su hermano con ironía—. Ya no te basta con dejarnos a las que rechazas, ahora también la nueva.

Hakum le dio un toque en el brazo y Bjorn se lo agarró con tanta fuerza que la silla de su hermano hizo ruido al desplazarse en el suelo, provocando que el alcalde se callase. Las miradas de todos no tardaron en llegar hasta ellos.

Bjorn soltó despacio la mano del antebrazo de su hermano. Hakum cada día se acercaba más al tamaño de él. No era que se llevasen mucho de edad, apenas veinte meses. Pero Hakum siempre fue físicamente menos voluminoso. Nada que ver con Henrik Viken. Ninguno de los dos heredó aquel tamaño.

El alcalde retomó su discurso, pero Bjorn tuvo que esquivar el dedo índice de su hermano en su pómulo amoratado.

—La verdad es que no sé qué ven las mujeres en ti —susurró de nuevo con ironía—. Siempre tan serio y tan…

Bjorn le apartó el dedo con la mano.

—Iremos organizando batidas continuamente —añadió el alcalde.

Hakum se detuvo un instante al escucharlo, luego miró a su hermano de reojo.

—Siempre he dudado de quién de los dos sería mejor cazador. —Entornó los ojos hacia Bjorn—. Y no te hablo de la sobrina de la loca. Sino a otro nivel, hermano.

Bjorn bajó los ojos lo justo para llegar a los de su hermano.

—¿Quién de los dos atraparía a la bestia? —Volvió a acercar su índice al pómulo de Bjorn y este le dio un manotazo, cuyo sonido volvió a absorber la mirada del público, incluso la del alcalde.

Henrik Viken se puso en pie y dio unos pasos desde su asiento hacia el de ellos, colocándose justo al lado, una pena para los que estaban en pie pegados a la pared. Con su padre delante no verían nada. Pero era la única forma que tenía de asegurarse de que no volverían a llamar la atención.

A veces los trataba como si tuvieran doce años. Y quizás su comportamiento no era de mucho más de doce años. Pero con Hakum era imposible actuar de otra manera.

—Os quiero en las batidas a los dos. —Oyó decir a su padre—. Si hay gloria, que sea para los Viken.

Su padre y aquella absurda soberbia contra otras familias de aquel pueblo o pueblos aledaños. Su padre fue el protagonista la otra vez, y volvía a tener la oportunidad.

Una más. Con cierta edad ya, eso sí. Pero con dos hijos.

Así que las posibilidades aumentaban.

—Quiero a los perros rastreando en todo momento —continuó Henrik—.

Quiero saber de cada mínima ardilla que se mueva en el bosque.

—Puso la mano en el hombro de Hakum—. Os necesito a los dos al completo y no me servís si os dedicáis a pelearos entre vosotros.

—El hombre dirigió sus ojos hacia él—. Así que deja de perder el tiempo con la sobrina de la chocolatera loca.

Bjorn frunció el ceño. Vilma no había tardado en contarlo y allí, un pueblo completamente aburrido y la mayoría de días sin novedades, la noticia correría rápido. Aunque últimamente tenían novedades diarias de las hazañas de aquello del bosque.

—Reúne a los que puedas, empezaremos hoy —añadió su padre dirigiéndose a Hakum—. Sea lo que sea esa bestia que rompe árboles y mata rebaños… —Retiró la mano del hombro de su hijo—. Le daremos caza.

Henrik se apartó de ellos para dejar que los que estaban tras él vieran algo.

Un vecino discutía algo con el alcalde sobe el toque de queda.

Al parecer habían planteado unos permisos especiales para profesionales y personas concretas, que sí podían estar fuera del pueblo. Todos armados de alguna manera.

El debate se fue extendiendo conforme se iban añadiendo a la disputa otros vecinos, y acabó en un continuo jaleo de gritos donde ya no se escuchaba nada.

—Yo creo que aquí hemos acabado —dijo Hakum estirando las piernas—. No voy a perder el tiempo mientras una panda de vejestorios compara el protocolo con el que tuvieron hace casi treinta años. —Se puso en pie y bajó los ojos hacia su hermano—. No pienso unirme a tu batida —le dijo.

—No pensaba invitarte —respondió Bjorn con rapidez, y su hermano sonrió satisfecho.

—Mejor, será más divertido. —Dio un paso atrás para alejarse de Bjorn—. Yo encontraré a esa bestia.

Bjorn se cruzó de brazos mirando a su hermano.

—Pues intenta que no te arranque la cabeza, aunque no te sirva para mucho.

Hakum tensó la mandíbula. Sabía que compartía la soberbia de su padre y ansiaba el trofeo de cazar al oso. Pero a diferencia de Henrik, que lo deseaba para mantener el ego superlativo de aquella familia, Hakum lo deseaba tan solo por ganarle a él.

—Espero que no te la arranque a ti —replicó Hakum ya a media distancia.

Demasiados vecinos estaban ya en pie, su hermano no tardó en perderse entre la gente. Las voces ascendían, ya era imposible escuchar una sola palabra con sentido.

Si no hubiese sido el guardabosques, ya habría seguido el camino de Hakum hacia la puerta del polideportivo.