6
La reunión organizada por el alcalde en el polideportivo era a media mañana. Las tiendas comenzaban a cerrar, nadie quería faltar a aquella concentración de vecinos que daría respuesta a las medidas que tomaría el alcalde contra la bestia o contra lo que hubiese en el bosque.
Y por si ya no fuera suficiente, se sumaba aquel fuego que Vilma y sus amigas decían haber visto en la casa abandonada del bosque.
Tía Agnes le dijo que podía quedarse en la chocolatería una vez cerrada y esperar a que regresasen, pero Aurora seguía deambulando por la calle. Viendo cómo todos se preparaban para cerrar, salir de trabajo o donde estuviese cada uno, y acudir al polideportivo.
Parecía una especie de toque de queda. El pueblo iba poco a poco vaciándose de vida y de ruido, haciéndose solitario y silencioso, más que nunca.
A ella no le correspondía ir, no era una de ellos. No pertenecía al lugar, solo estaba de paso.
Rodeó la chocolatería, era extraño no haber visto pasar la ruidosa moto de nieve del guardabosques. Desde atrás se podía ver el camino que llevaba al bosque y aun lejos, podría apreciarlo. Bjorn no había acudido todavía.
Y oyó la voz de un hombre, no pudo entender qué decía, pero no lo hacía de buenos modos.
—A mí no te me subas, Henrik Viken. —Era la voz de tía Agnes—. Ni se te ocurra gritarme como estás acostumbrado a hacer con el resto.
Aurora apoyó la mano en la fachada de la casa y se inclinó hacia delante para ver qué ocurría tras la casa. Eran el padre de Bjorn y su tía.
—¿A ti no te preocupa quién podría haber estado en esa casa? —Estaba enfadado, era evidente, pero no sabía si su enfado era con Agnes o no.
—No. —Fue rápida en responder—. Eres tú el que tienes enemigos.
Vio a Henrik abrir los ojos enormes y fulminar con ellos a su tía.
—¿Ni siquiera que sean los Ballahios? —No le sonaba en absoluto haberle escuchado aquel apellido a nadie.
—Lo único que me preocupa es que lo paguemos el resto del pueblo —añadió tía Agnes.
A Henrik se le redondearon los orificios de la nariz y se oyó el tintineo de algo metálico. Tenía en la mano un objeto y lo lanzó, por un momento pensó que iba dirigido a tía Agnes, pero no, el objeto la rebasó y cayó en el suelo, apenas a un metro de Aurora.
Aurora alzó las cejas al verlo. Era una vara de metal con una garra de hierro soldada en un extremo.
—Es imposible que no te importe qué demonios es eso. Ni quién quiere hacernos creer que vuelve a haber una bestia en el bosque.
¿Cómo?
—No es mi problema, ya te lo he dicho. —Su tía se separó de Henrik.
—¡Agnes! —gritó él cuando ella le dio la espalda. Su tía se detuvo, pero siguió sin mirar a Henrik—. Quien sea ha estado en tu casa.
—No es mi casa. La compraste, ¿recuerdas?
—La compré para ayudarte a marcharte del pueblo.
Agnes se dio media vuelta con rapidez para mirarlo.
—La compraste para quitarme de en medio. —Vio a su tía avanzar hacia Henrik.
Él se irguió para hacerse aún más enorme ante su tía Agnes.
—Deja de inventar. —La voz de aquel hombre se volvió tan tosca y amenazante, que Aurora tuvo que agarrarse mejor a la pared—. Y ni se te ocurra acusarme de nada.
Su tía se detuvo ante Henrik, apenas a medio metro de él.
—Llegará el día en que todo el mundo sabrá la verdad —respondió Agnes con tanta fuerza en la voz que si no la conociese, le hubiese parecido que era alguien a la altura de Henrik Viken—. Y entonces serás tú quién tenga que irse de este pueblo para no volver.
Se alejó de él y dio unos pasos hacia la esquina, Aurora tuvo que escabullirse, una vez allí escondida no quería que la pillaran, todavía estaba asimilando lo que acababa de escuchar.
—Si alguien ha venido a este maldito pueblo a ajustar cuentas —añadió la mujer—, bendito sea.
—¡Agnes!
Su tía pateó la vara de metal con la enorme garra afilada.
—¿Vas a decirle lo que has encontrado a los del pueblo? —Se giró un instante hacia Viken—. No, claro que no. Te interesa que crean que hay una bestia mientras buscas a quien seguramente ha venido a por ti.
—¿Estás muy segura de que ha venido a por mí?
La mujer se inclinó hacia delante para responder.
—No hay nadie aquí que se lo merezca más después de lo que me hiciste a mí. —Aurora contuvo la respiración al oírla, no sabía por qué podía sentir en la garganta el dolor y la quemazón de la voz de su tía.
La mujer dio de nuevo un paso hacia él.
—Después de eso te mereces cualquier cosa.
—¡No tienes ni una sola prueba!
—¡No las necesito! —respondió tía Agnes, y su grito hizo que Aurora apretase la mano en la fachada, como si pudiese pellizcarla.
—Sabía que darías problemas en cuanto llegaste a este puto pueblo. Pero sigues superando mis expectativas —replicó Henrik—. ¿No piensas colaborar?
Su tía no respondió, de hecho volvía a retirarse. Aurora tuvo que apresurarse hacia la calle principal para que no la viese en el callejón de la fachada.
Se llevó la mano a la boca parea espirar aire, no había sido capaz de digerir lo que había escuchado. Su mente divagaba hacia teorías extrañas. Aquel odio de tía Agnes hacia los Viken sabía que venía de algo real y personal.
Ella siempre hablaba de algo que le quitaron, algo más pequeño que una casa. ¿Sería Hans? ¿Culparía a Henrik de su muerte? Quizás tuvo algo que ver, por eso él le dijo a Agnes que no tenía ninguna prueba.
Hiperventilaba a pesar de no haber dado una carrera. Aquella discusión que no entendía al completo había conseguido acelerarle el pecho.
Y digerir que lo más probable era que no hubiese ninguna bestia en el bosque y aquellas señales en los árboles y los animales muertos solo eran causadas por alguien que, por lo que fuera, había venido a buscar a Henrik Viken.
No podía sacarse de la cabeza la vara con la garra de hierro.
Miró tras de sí ya en la esquina de la fachada donde estaba la puerta principal de la chocolatería, el mismo lugar por donde seguían pasando de vez en cuando personas que cruzaban la calle hacia el polideportivo.
La tía Agnes se sacaba la mano de un bolsillo para mirar su reloj circular que mantenía siempre cogido de una cadena.
—Ahí te vas a quedar congelada, niña, métete dentro —le dijo al pasar por su lado—. Regresaré en cuanto pueda —añadió sin detenerse.
Aurora la siguió con la mirada y luego la bajó hacia el bolsillo de su mono. Metió la mano para sacar las llaves, pero solo las tocó y las dejó dentro.
Escuchar aquella conversación la había dejado más helada todavía, con cierto nerviosismo por dentro y con las piernas ligeras. Que hubiese alguien no conocido en el bosque con una garra de hierro, y no sabía con qué intenciones, le daba aun menos seguridad que si fuese un oso polar.
Un oso polar no podía abrir puertas principales de casas. Un oso polar no podía vigilar los pasos de la gente del pueblo. Un oso polar solo podía atacar por comida o miedo.
Lo otro era mucho más peligroso.
Expulsó el aire despacio y el vaho le nubló la visión hacia las montañas. Tía Agnes pensaba que quien fuera, iba a por Henrik Viken. ¿Solo a por él?
La ligereza de las piernas aumentaba por momentos. Bjorn también era un Viken, y quizás el más vulnerable por estar la mayor parte del tiempo en una casa aislada con una puerta sin llave.
Resopló y dirigió una fugaz mirada hacia el comienzo del pueblo, aquella entrada de madera con un cartel enorme de bienvenida que atravesó dentro del autobús. Autobús que permanecía en el almacén junto al resto y que ya pocos viajes podría hacer.
Cada día que pasaba, y eso que no llevaba allí muchos, marcharse se convertía en la decisión más sensata.
Pero ni siquiera lo valoraba.
Era como si cada amenaza y cada misterio de aquel lugar le atasen más los pies a la nieve.
Y el enigma de tía Agnes le había echado una cadena más sobre los hombros. ¿Qué habría pasado entre ella y los Viken? Parecía una acusación grave la que le hacía a Henrik.
Vio el cuerpo enorme de Henrik rodeando la chocolatería y lo siguió con la mirada hasta que cruzó la calle.
Ya no había nadie deambulando por allí, la calle estaba ya completamente desierta. El silencio se hizo absoluto, no se escuchaba el motor de coches, ni motos de nieve ni de ninguna máquina quitanieves.
Esperó un rato a que las pocas personas que veía a lo lejos desapareciesen para volver a rodear la casa.
Revisó con la mirada el suelo buscando la garra de hierro, pero no estaba por allí. Sin embargo, Viken no la llevaba consigo, así que la habría escondido por alguna parte.
Y allí solo había un lugar para esconderla, las cubas de basura de la chocolatería.
Se acercó a ellas y levantó la tapa de la primera, lo bueno del frío aterrador era que allí las cubas no solían desprender olor. Hasta la basura solía congelarse.
Y allí estaba la vara con la garra de hierro. Metió la mano y la sacó, pesaba más de lo que esperaba, era un artilugio grueso y macizo.
Se la acercó para verla bien, no solo tenía la horma de gancho emulando las zarpas de un oso, sino que estas eran cuchillas afiladas y que acababan en punta.
Si alguien pensaba atacar a Viken con aquel artilugio, no le gustaría estar en su lugar.
Aurora acercó la otra mano para cogerlo con las dos y lograr sacarlo de la cuba. Frunció el ceño al ver un pequeño mecanismo cerca de la soldadura de la garra. Y aun con guantes decidió pulsarlo. Sonó un clic y la garra se cerró de inmediato.
Aquello no solo estaba hecho para dar un zarpazo, sino para profundizar y arrancar.
Las piernas se le aflojaron de inmediato.
Quien fuera el dueño de aquello, estaba bien armado, y quizás aquella zarpa no fuera la única.
Volvió accionar el mecanismo y la garra se abrió.
Madre mía.
La apoyó en el suelo sin soltar el mango, pesaba bastante para tenerla alzada, y miró a su alrededor.
Una idea fugaz pasó por su mente.
No debía llevársela, no debía esconderla.
Su cabeza pensaba lo contrario.
Volvió a cogerla y dio unos pasos. Volvió a mirar a su alrededor.
Aceleró el paso a través de la nieve.