5 #9
Forastera, pero elegida de algún modo por un elemento salvaje que también era forastero en el bosque.
Quizás él no estaba solo, quizás tenía dueño.
La idea de que fuera así le provocaba sentimientos encontrados.
Por un lado la tranquilidad de que el animal no estaba en la calle en un bosque frío, oscuro y peligroso.
Por otro la pena de que aunque la hubiese elegido de algún modo, no fuera su único humano.
El egoísmo de ese pensamiento la hizo avergonzarse.
¿Cómo iba a preferir que aquel animal fuera salvaje y solitario cuando ella ni siquiera pertenecía a aquel lugar?
Cuando ella se iría en cuanto acabase el invierno. No podía llevárselo a Milán.
Dirigió la mirada hacia la nuca de Bjorn.
Ni a ti tampoco.
Así que aquella sensación extraña que le daban Vilma y aquellas chicas tampoco le correspondía.
Ella estaba de paso. Y Nanook pertenecía al bosque o a un desconocido, y Bjorn a quien él quisiera.
Contuvo la respiración, ya podía apreciar la farola amarillenta de tía Agnes. No sabía si estaría preocupada por lo que estaban tardando.
Bjorn aceleró hasta alcanzar a Vilma.
—Vete a casa y dile a tu padre que quiero verlo —le dijo.
La joven ni siquiera lo miró, aceleró con fuerza y en cuanto llegó al cruce de la farola se desvió hacia el camino que la llevaba al pueblo. Sus amigas fueron detrás.
Aurora las siguió con la mirada un instante y se sintió tan forastera como la llamaban. La pena en el pecho que había indicado el pensamiento de Nanook aumentaba.
Bjorn frenó junto a la farola y Aurora se bajó. Fue rápida en entender que Bjorn seguiría el camino, que ya no se quedaría a comer lo que fuera que había preparado la tía Agnes.
—¿Te vas? —preguntó Aurora.
—Se ha hecho tarde. Ya estarán todos despiertos y habrá que hacer recuento para ver si no solo estuvo aquí. —El joven miró hacia el bosque—. Aunque ya sabemos que no solo ha estado aquí.
Aurora ladeó la cabeza para mirar hacia el bosque mientras daba pasos atrás apartándose de la moto de Bjorn. De nuevo otro de los perros del guardabosques se acercó para olerle la rodilla, ahora estaba segura de que en algún momento la habría rozado con Nanook.
—Quiero que arreglen hoy mismo el puente. —Lo oyó decir.
—¿No hay otra forma de llegar a esa casa? —le dijo ella mientras Bjorn giraba la moto para cambiar el sentido y dirigirse al pueblo.
—Pregúntale a tu tía Agnes. —El motor rugió con fuerza, aunque la moto solo se movió un ápice—. Esa era su casa hace muchos años.
Aurora alzó las cejas.
—Prométeme que no entrarás en el bosque —añadió él, y la miró antes de emprender la marcha.
Aurora no respondió y él inclinó la espalda hacia donde estaba ella.
—¿Qué demonios hay en el bosque? —preguntó sin esperar respuesta, como si la pregunta fuera a sí mismo.
Aurora lo miró sabiendo que Bjorn lo imaginaba. Él volvió a acelerar la moto, que avanzó unos centímetros en la nieve para volver a detenerse.
—Acabarás muerta si no coges el primer autobús hacia donde sea que te lleve a casa. —Volvió a acelerar y se alejó camino al pueblo.
Lo siguió con la mirada mientras se alejaba rodeado de sus perros.
—No hay forma de que ese chico pare un instante. —Era tía Agnes. Aurora se giró—. ¿Por qué habéis tardado tanto?
—Vilma y unas chicas se habían quedado atrapadas en el puente —respondió y tía Agnes alzó las cejas al oírla.
—¿Y qué demonios hacían esas descocadas en el puente?
—Dicen que había fuego o luz en la cabaña al otro lado.
Tía Agnes negó con la cabeza.
—Eso es imposible. —La mujer miró hacia el bosque.
—¿Vivías allí? —le preguntó y su tía asintió con la cabeza.
—Con mi primer marido.
—¿En medio de la nada?
—Por aquella época casi todo aquí estaba en medio de la nada. Ha cambiado mucho.
Entendió que su tía se fuese del pueblo. No quería ni imaginar vivir en un sitio así, con un lago helado, y un puente viejo como única unión al mundo.
—Pero lleva años vacía. De hecho, está medio en ruinas —dijo la mujer.
—Dice Bjorn que es de su padre, ¿eso es lo que te robaron?
Agnes se sobresaltó y la miró enseguida.
—No, era más pequeño —respondió, pero no había ironía en su voz. Lo que fuera que le quitaran no lo había perdonado. Y quizás de ahí venía aquella guerra continua con los Viken.
Agnes se giró para regresar a la casa y Aurora dio dos pasos para seguirla.
—Estaba allí, junto al lago.
—¿Ese animal?
Aurora asintió con la cabeza.
—Y casi he podido tocarlo.
Tía Agnes sonrió.
—Es menos escurridizo que el guardabosques. —Regresó la ironía característica de tía Agnes y Aurora comenzó a reír—. Y tú acabas de crearte nuevas enemigas en este pueblo.
—Tres meses de enemigas no es mucho. No tiene importancia —respondió ella cruzando el umbral de la puerta de entrada mientras oía la risa de tía Agnes—. Y había las mismas marcas en otro árbol.
—Hay algo ahí fuera y espero por el bien de este pueblo que lo atrapen rápido.
—¿Y mi ángel de la nieve? —preguntó Aurora echando una mirada hacia el exterior antes de cerrar la puerta.
La tía Agnes la miró de reojo.
—Él solo necesita un poco más de tiempo. —Tía Agnes se dirigía hacia la puerta del baño, la vio abrirla y meterse dentro, para cerrar después—. Y el perro también —añadió la mujer desde dentro.
Aurora alzó las cejas y se llevó la mano a la cara. No le hacía falta ni acercarse a la chimenea, le ardía de la vergüenza.