5 #8
Y no tardaron en volver a salir del sendero y seguir a Bjorn hasta la moto de nieve.
Sila iba tras el resto a menor ritmo, la vio mirar hacia el lago y casi detenerse. Le recordó a Nanook con aquel movimiento lento y tranquilo.
Y los ojos grisáceos de Sila se cruzaron con los de ella unos segundos.
Ha estado aquí, sí. Lo sabes.
Y Bjorn también lo sabía.
Dio unos pasos hacia la moto de nieve que estaba a unos metros del lago.
Lo vio guardando la cuerda de metal y aquellos rodillos y enganches.
Tenía curiosidad por saber qué pasaba por la cabeza del guardabosques respecto a lo que ella había encontrado en el bosque.
¿Sabía qué podría ser? ¿Sabía que no era la bestia del bosque?
Estaba loca, una bestia no sería. Aunque existía la posibilidad que decía tía Agnes, quizás que ella saliese ilesa no significaba que no fuese un peligro real para el resto.
Para una mujer de ciudad concurrida, que solo había conocido historias similares en la ficción, estaba siendo de lo más embaucador, tanto como el propio guardabosques, que más que guardar el bosque parecía un protector del pueblo. Y también le estaba embaucando su actitud.
A pesar de aquel miedo que le recorría el cuerpo a ratos, comenzaba a sentir que estaba en el lugar más maravilloso del mundo, uno en el que estaba encontrando sensaciones que no creyó que fuese a encontrar en la vida, más allá de la lectura o el cine.
Vilma no arrancaba la moto a pesar de estar subida a ella y seguía observándola con cierto recelo. En otra moto había dos chicas, y en la última una joven sola.
Y las ganas de practicar con la de tía Agnes aumentaron.
Ahora sí que era una necesidad personal superlativa manejarla.
Para desplazarse, por si necesitaba huir, por si necesitaba perseguir, para encontrar.
Para llegar hasta todo lo que la estaba atrayendo en la nieve.
Para no sentirse más torpe que aquella joven que la miraba como si fuese un estorbo en aquel pueblo.
La forastera, la había oído bien. Una palabra que en su voz sonó despectiva. Allí ni siquiera había turismo, no estaban acostumbrados a las visitas. Era un grupo humano, una sociedad independiente del mundo.
Y los entendía. No necesitaban nada más de nadie.
No había centros comerciales, ni demasiado ocio ni multitud de restaurantes. Solo había unos cuantos locales de reuniones tipo cafeterías o bares, y el calor del fuego.
Y no necesitaban más.
Volvió a mirar a Bjorn. Tampoco sobraban entretenimientos masculinos, y no habría ningún entretenimiento a la altura de Bjorn. Supuso que estaba jugando con fuego si estaba cerca de él y que las autóctonas estaban dispuestas a dejarle la cara como el tronco del árbol si osaba quedárselo para ella.
Pero no era lo que pretendía. Ni lo que buscaba allí.
O sí, ahora sí. En parte.
Sintió el bochorno en la cara ante sus pensamientos. Bjorn arrancó la moto de nieve.
Me encantaría, desde luego. Menudo espécimen.
Vio que Vilma seguía observándola, le dio la impresión de que para verla montarse en aquel cacharro.
La moto de Bjorn era bastante más grande que el resto, las de las chicas eran como la de tía Agnes.
Sin embargo, la del guardabosques estaba a otro nivel, todo más ancho y grueso.
Como la de Hakum, la de su padre y otros pocos en el pueblo.
Pasó la pierna al otro lado y agarró el asa baja de la moto en vez de agarrarse al hombro del guardabosques, que era quizás lo que estaba esperando a ver Vilma.
Ciertamente era extraño que la forastera estuviese con el guardabosques a aquellas horas, pero ya él le habría dicho lo que había pasado aquella noche.
—Id delante —le dijo a Vilma y ella encendió el motor para girar la moto y regresar al camino principal.
Aurora vio que Blum estaba oliendo su rodilla, y Bjorn se giró para mirarlo. Antes de emprender la marcha lo apartó con la mano.
Nanook no ha rozado mi rodilla.
Quizás al ponerse en pie de golpe sin darse cuenta lo rozó. Estaba claro que para el perro allí olía a algo.
O había sido en el lago de hielo, que rozase la rodilla con el suelo.
Miró hacia el lago. Su fractura apenas era perceptible cuando a pocos metros había aquella rotura considerable.
—¿Se ha caído algún animal al agua? —preguntó.
—Más bien un animal ha roto el hielo para meterse en el agua —respondió Bjorn mirando hacia el lago—, y es por lo que se ha fracturado el resto de los alrededores.
Ella frunció el ceño. Nanook estaba seco, él no había sido.
—Y casi se cae una forastera curiosa que ni siquiera vio el agujero —añadió él poniéndose en marcha y acelerando.
Me muero.
Se agarró a Bjorn para no caerse con la velocidad repentina. Él había visto las señales que había dejado ella, y quizás sus huellas. Y quizás también las de Nanook.
La había pillado al completo.
Llegaron al camino principal, Vilma y sus amigas iban delante.
—¿Qué les ha pasado? —preguntó ella, aunque lo sabía.
—Iban camino a mi casa, pero dicen que han visto fuego en la cabaña que mi padre tiene al otro lado del lago y pensaron que era yo. Y no debería haber fuego porque esa cabaña está vacía.
Aurora frunció el ceño de nuevo. Un nuevo elemento que incluir en el cuento. Una cabaña deshabitada con una hoguera.
—Pero el puente se ha roto y no iban a poder volver, así que me llamaron para que las trajese de vuelta.
—¿Y cómo se llega a esa casa si no es por el puente? —Bjorn se giró para mirarla a pesar de seguir en marcha por el canino.
—¿Piensas ir también? ¿O te quedarás en el pueblo como te he dicho y no volverás al bosque?
Ella ladeó levemente la cabeza.
—No. Pero es difícil cuando yo también vivo en el bosque.
El lago quedaba atrás, ahora a media altura era capaz de distinguirlo, pero pronto quedaría integrado en el paisaje como un elemento blanco más. Por mucho que lo intentó, no fue capaz de apreciar la casa de la que hablaba Bjorn, estaría bien escondida.
¿Podría ser que hubiese alguien más en el bosque? ¿Que hubiese más de un forastero humano en aquel pueblo? ¿Y que ese forastero fuera quien había llevado a Nanook?
—Eso es lo que me preocupa. Tú y el bosque no sois buena combinación. Pero quizás necesites caerte a un lago helado y un par de veces más por una ladera para darte cuenta.
—¿Sobreviviría? —Aurora contuvo la sonrisa. Cada vez le gustaba más aquella actitud de Bjorn con ella. La hacía sentirse la niña mala de la clase. Y le estaba encantando.
—No tengo ni idea.
Al menos no era un no, y la única explicación a su respuesta acababa de encenderle una caldera de gas a toda presión ombligo arriba.
Bjorn había nacido allí, si tía Agnes conocía aquellos cuentos de los espíritus buenos y terribles del bosque, aquellos que elegían a quién proteger, Bjorn también sería conocedor de aquel folclore, y estaba claro que ella no estaba sola en el bosque. Demasiada suerte demasiadas veces.