Mi ángel de la nieve 5 #7
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Pero él seguía sin correr a comerlo. Daba pasos como si estuviese cansado, como si su peso fuera demasiado grande. Una tranquilidad que no había visto en los perros de Bjorn. ¿Aquel animal no tenía hambre? ¿Era él el que comía reses y animales de los del pueblo?

El volumen le decía que estaba bien alimentado. No parecía ningún perro callejero.

Nanook volvió a erguirse mirando su mano. Había más, un solo trozo más.

Y se atrevió a alargar la mano. Ahora él estaba más cerca, quería probar hasta cuánto estaba dispuesto a acercarse a ella.

Entornó los ojos hacia él y sostuvo la golosina. Vio la trufa negra de su nariz moverse. Y dio un paso hacia delante.

Aurora tragó saliva, esa vez se había fijado en la planta de sus patas. No sabía si sería efecto visual del pelo. Pero eran anchas, muy anchas.

Es demasiado grande.

No entendía de perros, pero hasta para ella era evidente. El perro se detuvo a metro y medio de ella, y alargó tan solo el cuello para volver a oler. Pero la miró, tranquilo, quizás esperando a que volviese a lanzárselo.

No quería lanzárselo, quería solo que se acercase un poco más aunque tuviese que dejarlo caer para que él lo comiese. Tampoco pensaba sostener la golosina hasta que él acercase su boca enorme. No sería capaz. No tenía práctica con los perros, y aún menos seguridad.

Nanook volvió a dar un paso con una lentitud y sigilo aun mayores que antes, sin perderle la mirada de reojo a ella. La joven no quería ni respirar por si al hacerlo su mano se moviese y lo hiciera huir, o atacar.

Así que se guardó el aire dentro mientras él se acercaba aún más.

Zona roja, umbral corporal, ambos ahora estaban al alcance uno de otro. Ella podía alargar la otra mano y tocarlo, él podría mover la cabeza y morderla.

Agarró la golosina con solo dos dedos, como si fuese un cigarrillo, para alejarla aún más del resto de su cuerpo.

No sería capaz de sostenerla hasta el final.

La curva de la mandíbula del animal, aquella línea que parecía hacerlo sonreír de manera perenne, era demasiado ancha.

Podría arrancarle la mano de un mordisco.

Y el animal volvió a estirar el cuello y todo el cuerpo para acercar su nariz a la golosina algo más.

Pero los murmullos lejanos de quienes estaban cerca del lago más adelante se hicieron claros.

—¿La extranjera? —Oyó. Estarían ya de vuelta.

Nanook dejó de prestar atención a su mano y a la golosina y giró la cabeza, sus ojos parecieron atravesar los setos hasta señalarle el camino correcto en que ella tenía que dirigir la mirada si quería saber por dónde venían.

Podía ver varios círculos luminosos de las linternas entre los árboles.

Nanook seguía con la mirada fija en ellos.

—Bjorn, ¡mira! —Era la voz de Vilma, podía reconocerla a pesar de haberla oído poco—. ¡Dios! Dios!

Se oyeron las voces de las otras.

Y su tono hizo que Aurora se pusiese en pie a pesar de estar junto a aquel perro enorme, un acto rápido y poco consciente que la hizo comprobar que la cabeza y los hombros del animal llegaban hasta su cadera.

Y tragó saliva despacio, él ni se había inmutado con su movimiento.

—¡Y aquí, Bjorn! —gritó otra.

Frunció el ceño sin dejar de mirarlos. Oyó el silbido de Bjorn llamando a los perros. Un silbido que junto a las voces de las chicas hizo que se le erizase el pelo.

Ella bajó la mirada un instante hacia el perro, que giró la cabeza para cruzar una mirada con ella unos segundos.

—¡Aurora! —El guardabosques la llamaba y sonaba a orden inmediata.

Ella dejó caer la golosina al suelo y dio un paso lateral para apartarse de él.

—¡Aurora!

—¿Estaba aquí? —Era Vilma de nuevo.

Nuevo silbido de Bjorn mientras daba otro paso alejándose de Nanook, que no dejaba de mirarla a los ojos. Que la golosina estuviese ya en el suelo y dispuesta para comer, no lo hizo desviar su atención.

—¡Mira el lago, Bjorn! —Se oyó a otra chica.

—¡Aurora!

Se giró para mirar y oyó a su espalda el crujir de la nieve bajo las zarpas de Nanook. Miró tras de sí un instante, aquel ser había desaparecido y recorrer el camino y los árboles para comprobar si había una silueta sabía que era para nada. Parecía esfumarse cuando se iba.

—¡Estoy aquí! —dijo avanzando hacia ellos con rapidez.

Unos metros más adelante ya se despejaban los setos y los árboles, y comenzaba el lago, y pudo verlos. La mirada de Bjorn fue directa a ella y lo vio entrecerrar los párpados.

Que no me moviese, ya.

Lo vio girarse y negar con la cabeza. Pero luego vio que el guardabosques se detenía en el camino que ella dejaba atrás.

—¿Hay más ahí? —preguntó en cuanto la tuvo a media distancia.

Podía ver a Vilma con un mono rojo a juego con su moto. Y otras tres jóvenes de pelo rubio de diferentes tonalidades.

—¿Más qué? —preguntó, y vio que Vilma alzaba las cejas.

Entonces su cabeza se dirigió hacia el lago, había un agujero considerable en el hielo, de varios metros, y las fracturas llegaban hasta la orilla.

No sabía cómo no las había visto cuando avanzó hacia la roca.

Una de las chicas grababa con su móvil los orificios del lago y se detuvo en el tronco de un árbol ancho y cercano al comienzo del puente mientras seguía grabando.

—A partir de ahora, nadie entrará en el bosque.

Oyó decir a Bjorn avanzando hacia las motos.

—Queda prohibido el acceso sin mi permiso, ¿lo habéis oído todas?

No sabía por qué aquel «todas» parecía llevar su nombre. Pero vio que él dirigía su linterna hacia aquel camino donde ella había estado con Nanook.

—Escuchéis lo que escuchéis en el bosque —añadió él y bajó la linterna.

Vio que las jóvenes se miraban unas a otras y luego dirigieron su mirada hacia Aurora antes de seguir a Bjorn hasta las motos de nieve.

Aurora las dejó ir delante y antes de seguirlas miró hacia atrás, a donde había dejado a Nanook. Sendero vacío y tenebroso de nuevo.

No sabía si Bjorn habría sospechado algo, seguramente, pero también sabía que ya lo que fuera se había ido.

Se detuvo un instante al pasar por el tronco del árbol que la chica había grabado con el móvil. Y todo su cuerpo se bloqueó.

Misma señal que el árbol de aquella madrugada, con menos saña quizás. El árbol no estaba tronchado como el otro, solo raspado con fuerza por una garra poderosa que había sacado las capas superficiales del árbol, dejando a la vista su interior.

Tuvo que apoyar la mano en el tronco para coger aire por la boca y miró de reojo hacia el sendero. No era él, allí había otra cosa. Y esa cosa era tremendamente salvaje y peligrosa.

Por eso Bjorn acababa de prohibir el acceso al bosque y lo haría oficialmente en cuanto el pueblo entero comenzase a funcionar aquella mañana.

La impresión de estar viviendo dentro de un cuento extraño era real. Un pueblo pintoresco del cual pronto no habría salida, cascadas de nieve, monstruos y ángeles divididos entre hielo, olor a leña quemada y chocolate caliente. Ese era el resumen de sus primeros días en aquel lugar.

Pasó la mano por el tronco robusto del árbol, sintiendo el desnivel de cada estría que habían levantado las zarpas de lo que fuera que habitaba allí.

—Aurora, ¿me estás escuchando? —Era la voz de Bjorn. Y si le había dicho algo más, no, no lo había escuchado.

Miró a Bjorn perdida en aquellos pensamientos de fantasías épicas y extrañas que no creyó que existieran en ningún lugar del mundo. Pero un avión, un tren y un autobús la habían llevado hasta el centro de aquel lugar, entre personas que nunca hubiese conocido de ningún modo.

Pestañeó dos veces hasta que el rostro de Bjorn se hizo nítido frente a ella. Otro ángel en mitad de la nieve, esa vez sin algodón, ni pelo ni antifaz negro borrándole los ojos.

—No es un bosque de juegos ni donde saciar tu curiosidad.

—Bajó la voz para que solo le escuchase ella.

Sin embargo, podía ver a las chicas que no dejaban de estar pendientes de ellos, a ver si podían escucharlo también.

Bjorn pasó la mano también por el tronco rasgado—.

Es un árbol con varios siglos, puede resistirlo.

Tu cuerpo no, y te aseguro que él, sea lo que sea, no va a dudar si te ve.

—Retiró la mano del tronco—. No es un lobo, ni un zorro ni un glotón.

Solo tienes que ver a la altura que está.

Los ojos azules de Bjorn regresaron a ella.

—Aurora —la nombró en un intento de que recapacitase.

Tendría que asentir con expresión de ciudadana obediente. Solo hubiera tenido que hacer eso para contentar a Bjorn. Pero haciendo un esfuerzo para no mirar hacia el sendero donde había estado Nanook, simplemente se quedó mirando al guardabosques.

—Es peligroso, no lo imaginas.

—Vives en el bosque, ¿qué vas a hacer tú? —preguntó a media voz, no quería que aquellas jóvenes curiosas la escuchasen tampoco.

Él frunció el ceño.

—Nací aquí y soy el guardabosques. No es lo mismo.

Ella entornó los ojos sin dejar de mirarlo.

Un guardabosques solo en una casa en mitad de la colina, con cinco perros. Tormentas a las que ya estaba acostumbrado, pero con un peligro que solo los habitantes de mediana edad habían conocido.

Los ladridos de los perros la sobresaltaron, no se detuvieron en ellos, pasaron de largo rastreando el suelo por el borde del lago y algo de aquel olor activó en ellos una energía considerable, y bordearon el lago con gran rapidez.

Sila se dirigió sin despegar la nariz del suelo hacia el sendero por el que había llegado ella.

Bjorn la miraba, si había dudado de que Aurora estaba allí porque hubiese visto algo, su perro más inteligente se lo estaba confirmando. Max la siguió enseguida y luego el resto.

Mierda.

Ella bajó la cabeza y apretó los labios para no sonreír un ápice. No sabía si le estaban gustando los perros, con ellos no servía hacerse la ingenua, ocultar y poner cara de no haber roto un plato. La intuición y el olfato eran sobrehumanos.

Cuando alzó los ojos se encontró los de Bjorn.

Me han vuelto a pillar.

—Esto no es un juego, Aurora —le dijo Bjorn antes de alejarse de ella y volver a silbar para que los perros regresasen.