Mi ángel de la nieve 5 #6
25%

5 #6

Un lago congelado no sabía hasta qué punto, pero no un punto muy gélido. Y entendió que aquel «no te muevas» de Bjorn no se dirigía a las muchachas, sino a ella misma.

Tengo un cenizo en este puñetero bosque…

No se atrevía ni a respirar, no hasta que Bjorn sacase de allí a las cuatro chicas y le diese tiempo de rescatarla a ella si el suelo acababa por quebrarse del todo.

Tampoco se atrevía a llamar a Bjorn. Si era sincera con ella misma, se moría de la vergüenza de que él viese que no se la podía dejar sola ni medio minuto.

Estaba haciendo su trabajo, velar por la seguridad de la gente del pueblo, y ella no sabía más que entorpecerlo.

Abrió los ojos, a aquella altura, apenas a unos metros de la roca, no había árboles ni nada a lo que agarrarse.

Si no hubiese habido una capa de nieve sobre el hielo, se habría dado cuenta de que era un lago, un lago que habían atravesado las chicas a través de un puente que no había resistido del todo las tormentas y los vientos, y ahora no podían volver.

No sabía si su respiración se estaba acelerando de manera incontrolada, pero el vaho que salía por su boca era considerable.

Me cago en mi puñetera…

Levantó el pie despacio y quedó en pata coja unos segundos hasta apoyar la bota en otro punto del suelo. No moverse había sido fácil, pero le podía la curiosidad de saber qué estaba haciendo Vilma allí. Sabía por tía Agnes que Vilma solía buscar al guardabosques con cierta insistencia a veces.

Y Aurora quería ver y saber. Pero no estaba en Milán, y aquello no era la esquina de cualquier avenida. Era un bosque helado.

Volvió a rezumar vaho, como si estuviese fumando algo que desprendiese demasiado humo. Un humo espeso que se perdía con rapidez.

Los perros de Bjorn habían bordeado el lago y estaban lejos de ellos. Debía de ser un lago largo con una anchura de unos veinte metros.

Y sintió un arañazo en un cristal. El típico sonido que la hacía crecer los dientes sin remedio, un rechinar agudo que le erizó el vello del cuerpo. Miró a su derecha.

Donde acababa el terreno liso y despejado y comenzaba el camino que había tomado la moto de Bjorn para llegar hasta allí, donde se abrían los setos y marcaba un sendero entre nieve espesa, había un ser que parecía estar hecho de algodón negro y nieve blanca, con un antifaz oscuro que rodeaba sus ojos.

Mi ángel de la nieve.

Sintió cierto peso en los ojos, como si su cuerpo supiese que aquel ser tenía la habilidad de dar un salto y sacarla de allí volando.

Pero no. Era tan solo un perro, o un lobo, o las dos cosas, con un peso que supuso que no sería capaz de dar más de dos pasos sobre el hielo que descansaba encima del agua.

El perro avanzó hacia el borde del lago y bajó la cabeza mirando el suelo, parecía que estuviese intentando ver a través de la nieve qué había debajo, mientras comenzaba a bordearlo.

Él podría oler los peces bajo el hielo, estaría repleto.

Parecía estar acechándolos de alguna manera, a punto de dar un zarpazo.

Pero el animal se detuvo y volvió a mirarla a ella.

Cruzarse con la mirada de aquel animal siempre imponía respeto.

No creyó que fuese a acostumbrarse en la vida.

Tampoco era que sintiese que fuera a tener vida suficiente.

Bjorn ironizaba con ello, pero estaba siendo consciente de que podía tener razón.

Su temeridad la llevaría a cualquier estupidez.

Aurora miró hacia el suelo, el crujido lo había fracturado, más de medio metro delante de ella. Así que dio un paso despacio hacia la parte que aún no se había roto. Oyó otro crujir bajo el pie que dejaba atrás.

Volvió a detenerse, el perro la seguía observando, esa vez mirando sus pies y luego su cara, y se detuvo allí unos instantes más.

Lo vio dar un paso despacio hacia ella y apoyó la enorme zarpa sobre el hielo.

La joven siguió observándolo mientras que el animal levantaba otra de sus patas y la llevaba también hacia el hielo, junto a la otra.

Aguanta su peso.

Y pesaba más que ella, eso estaba claro.

Volvió a exhalar aire y un vaho exagerado, pero ya no tenía ni frío. Dio un paso despacio en diagonal hacia donde se encontraba el animal.

—Sobrevivir a un precipicio —susurró como si el animal pudiese entenderla—.

Sobrevivir a una bestia —añadió dando otro paso más hacia él.

Un nuevo crujido en el pie que dejaba atrás, y esa vez cuando lo levantó casi lo sintió flotando en el aire.

Cerró los ojos un instante—. Sobrevivir a un lago helado.

Esa vez el crujido no fue igual que los anteriores, se habría desprendido un trozo de hielo bajo su pie.

Contuvo la respiración, abrió los ojos y dio un paso más hacia el perro.

Y no se oyó más que el sonido del cordón de metal de Bjorn y las voces de las chicas. Quizás aquel lado del lago tendría un hielo más espeso. Quizás a medida que se acercaba al borde el hielo era más fuerte.

Esa vez no lo hizo tan lento, dio dos pasos seguidos y se detuvo. Vio al animal erguirse y dirigir la mirada hacia donde estaban Bjorn y las chicas. Gesto que hizo que ella girase la cabeza también.

Creo que en este lugar del demonio hay más de un guardabosques.

Volvió a dar un paso hacia el borde del lago y su movimiento llamó la atención del animal, que volvía a mirar el suelo y sus pies.

Y con rapidez zarandeó una de sus patas en el suelo, las uñas sonaron contra el hielo. Se oyó el crujido bajo uno de los pies de Aurora y ella dio un salto para no hundirse con él.

Cayó casi en cuclillas y alzó la mirada hacia el animal, que volvía a raspar el hielo.

—Joder. —En aquella postura podía palpar el suelo. Apartó la capa de nieve con la mano.

Se veía poco, pero las finas líneas que fragmentaban el suelo reflejaban la leve luz de cuando acababa la noche. Y en aquel mosaico peligroso pudo ver huecos donde el suelo parecía ser más firme.

Siguió apartando la nieve y dando pasos casi en cuclillas. Hasta que pudo ponerse en pie. Estaba apenas a dos metros del animal, y este se irguió de nuevo y dio unos pasos atrás sin dejar de mirarla. Dejándole sitio para que ella acabase de atravesar el lago con tan solo dos zancadas.

Exhaló con tanta fuerza que su boca pareció la válvula de una olla liberando vapor.

—Dios. —Se llevó las manos a la cara.

Y cuando se las apartó de la cara fue consciente de la cercanía en la que tenía al perro.

Él esa vez estaba de perfil a ella, miraba hacia donde estaban Bjorn y las jóvenes, ni siquiera le estaba prestando atención.

Fue solo un instante, enseguida el animal se apartó del lago y de ella y caminó despacio hacia el sendero de los árboles, que con la leve luz parecía el decorado de un teatro de terror, un decorado inmóvil y silencioso en el que irrumpía la presencia extraordinaria de un ser enorme y poderoso cuya forma de actuar estaba siendo completamente desconcertante.

Frunció el ceño observándolo mientras se alejaba, ni siquiera había echado la vista atrás un segundo, seguía su camino sin huir, sin escapar de nada, sin perseguir nada, regresando sigiloso hacia el lugar de donde procediese.

No era un oso y desconocía si su zarpa era la que había rasgado el árbol.

Pero no era una bestia.

Las bestias no salvaban de caer en un lago helado. Las bestias no mostraban el camino correcto ni la forma de ver las fracturas en el hielo.

Algodón y nieve. De eso estaba hecho aquel ser que ahora le parecía ver con silueta iluminada, recién salido de un cuento de fantasía.

No era una bestia. Era un ángel.

Un ángel en mitad de la nieve.

Aurora dio un leve paso hacia el sendero entre los árboles, alejándose del borde del lago. Aquel ser estaba comenzando a dejar de darle miedo.

—Espera. —Se oyó a sí misma hablarle al perro y sintió el bochorno hasta en la sien.

Y el animal detuvo la marcha, girando levemente la cabeza para mirarla. Ella dudó si seguir avanzando, pero no se detuvo. Dio unos pasos más.

Metió la mano en el bolsillo delantero del mono y cogió una de aquellas cosas que volvían locos a los perros de Bjorn. Se la sacó del bolsillo y vio que el perro alzó levemente la enorme cabeza y aquella trufa negra brillante se movió.

Estaba oliendo en la distancia.

Pero no dio un solo paso hacia ella, como lo haría uno de la jauría del guardabosques. De hecho ni siquiera se movió, seguía de espaldas y con la vista fija. Una postura que le recordó más a la de un lobo que a la de un perro, y la hizo dudar de nuevo si estaba siendo temeraria, como siempre.

Aurora se detuvo al fin.

Si quisiera atacarme no tendría escapatoria, esté cerca o a media distancia.

Se inclinó en la nieve hasta casi poner la rodilla en el suelo y alargó la mano con la golosina. El perro seguía su mano con la mirada.

Pero seguía sin moverse.

Y supuso que aunque esperase, él tardaría en decidirse.

Y no tenía mucho tiempo, Bjorn regresaría y acompañado.

No quería que nadie lo viese, y menos Vilma.

No sabía cómo pudiera ser si el alcalde se enterase de que había un perro extraño en la nieve.

Lo pondría en peligro, le darían caza creyendo que sería él la bestia.

Y quizás ahora su misión sería proteger a los ángeles de la nieve.

Cogió la golosina alargada con ambas manos y rompió un trozo. La lanzó sin hacer mucho movimiento, viendo cómo caía en la nieve.

Vamos, Nanook.

La golosina cayó a solo un metro del perro. Él primero se quedó mirando aquel trozo amarrado, movió la trufa alargando el cuello. Y se movió despacio, dando pasos hasta alcanzarla.

Volvió a oler lo que le había lanzado, y pudo ver cómo abría la boca para cogerla. Era duro, crujía, al menos los perros de Bjorn la mascaban varias veces hasta comérsela del todo.

La mandíbula de Nanook era más poderosa, apenas la hizo trizas sin esfuerzo. Y se irguió para mirarla. Sabía que había más.

Ella rompió otro trozo.

—Salvaje o no, esto es una delicia, ¿no? —le dijo lanzándoselo.