Mi ángel de la nieve 5 #5
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Giró el manillar y aquello empezó a andar más rápido de lo que esperaba. Frenó en seco y sintió el cuerpo de Bjorn chocar contra su espalda.

Aurora giró enseguida la espalda para mirarlo, lo vio con la misma expresión irónica que antes.

—Ni se te ocurra decir nada, estaba probando.

Lo vio apretar los labios para no reír. Luego asintió con la cabeza sin darle mucha credibilidad.

—Intenta no salirte del camino. —Fue lo único que le dijo y ella volvió a mirar al frente.

Como si reconocer el camino fuera fácil.

Hacía curvas en algunos tramos.

Venga, Aurora, lúcete. Que no acabe de convencerse de que eres una torpe sin remedio.

—Vamos —se murmuró a sí misma.

Giró el manillar y la moto echó a andar, de inmediato se le hicieron ligeras las muñecas con algo de inseguridad. Tardó unos segundos en acostumbrarse al movimiento y le dio más velocidad.

Pero si esto es muy fácil.

Volvió a darle velocidad.

Con mi gran experiencia en los coches de choque.

Sintió presión en la espalda, Bjorn echaba el peso en ella y vio una de sus manos pasar bajo su brazo y alcanzar el manillar y obligarla a moverlo.

Una curva, ok .

—No te salgas del camino. —Lo oyó decir junto a su oído, lo que hizo que se le erizase levemente el vello al comienzo del cuello.

—Si viese algún camino, sería más fácil —replicó ella.

—Tienes que fijarte en los postes, están cada ciertos metros, solo tienes que imaginar una línea entre ellos.

Ella entornó los ojos y le dio la forma tal y como decía Bjorn.

Y volvió a darle velocidad a la moto de nieve, frenando en la siguiente curva y volviendo a acelerar.

¿Qué? Te he dejado muerto, ¿a que sí?

Lo sintió dar un sobresalto brusco y alzarse tras ella para agarrar el manillar con ambas manos justo sobre las de Aurora, para volver a girar y frenar casi en seco. Los perros siguieron adelante por la izquierda.

—Directa a la ladera —dijo Bjorn.

Aurora miró los postes que la habían guiado, y fue consciente de que la nieve la hizo confundir los del camino con unos finos y largos que marcaban la pendiente.

Me había venido arriba y lo que íbamos era a salir rodando.

—Lo siento. —Se giró en el asiento para mirar a Bjorn.

—Quizás sea imprescindible conocer el lugar sin nieve —añadió él y negó levemente con la cabeza.

Lo vio contener la risa y dirigir sus ojos hacia ella, guardando silencio unos instantes—.

Quizás sea imprescindible que no salgas de la casa de Agnes.

—Regresó la ironía a su voz—. Un bosque que no conoces, la oscuridad del invierno, demasiados temporales, cazadores y una bestia.

Y mi ángel de la nieve.

Siguió observando a Aurora como si estuviese seguro de que lo que le dijese iba a ser para nada. Seguiría empecinada en volver al bosque y en conducir una de aquellas.

—Sigue a los perros. —Le hizo un ademán con la cabeza hacia el camino.

Aurora miró al frente. Seguir a los perros o sus huellas parecía una buena idea.

Así no había margen de error. Puso en marcha aquel cacharro, podía ver a los perros a media distancia, uno de ellos se había detenido y miraba atrás.

Vio cómo le brillaban los ojos en la oscuridad, circunferencias traslúcidas que parecían reflejar una luz inexistente, como hacían los ojos del lobo de algodón y nieve.

—Vas por el borde del camino. —Oyó decir a Bjorn a la vez que alargaba una mano hacia el manillar para enderezarle la dirección.

Aurora sintió cómo descendían por la colina camino a las casas de abajo.

Desde allí podía apreciar cómo ya las luces de las casas comenzaban a encenderse haciendo más amena aquella oscuridad.

El paisaje comenzaba a ser de nuevo en escala de grises y blanco, algo más nítido que el de la noche.

Comenzaba a amanecer, todo lo que podía amanecer en aquel lugar, pasarían unas horas antes de que una leve luz iluminase el cielo.

Aumentó la velocidad poco a poco, seguían descendiendo.

Los perros de Bjorn comenzaron a ladrar y el sonido retumbaba en las montañas formando un eco que hizo que el cuerpo de Aurora se sobresaltase y aminorase la marcha.

Y en el cielo gris oscuro se iluminó algo haciendo que las estrellas pasasen a un segundo plano. Aurora frenó casi en seco.

La luz se movió, y se unieron algunas más.

El llamador de ángeles.

El cilindro plateado que emitía luz. Y aunque solo eran luces, lo sintió como si estuviese leyendo un nombre en el cielo. A gritos.

Llamaban a Bjorn.

Él se había apoyado en el manillar con una mano y no supo bien cómo, pero de un solo movimiento se puso por delante de ella y puso en marcha la moto de nieve.

Aurora se agarró con rapidez a los asideros de los lados, aquella velocidad no tenía nada que ver con la que ella había llevado.

Fue consciente de que Bjorn no tenía sitio para sentarse, iba en pie inclinado hacia delante.

Así que como pudo, fue echando el culo hacia atrás para dejarle hueco delante.

Enseguida alcanzaron a los perros. La joven volvió a mirar al cielo.

Madre mía.

El bosque parecía estar solitario, los cazadores se habían ido, y los niñatos, y los curiosos. Solo hubo silencio y una bestia aquella noche.

Pero alguien se había adentrado en la oscuridad de nuevo y necesitaba ayuda.

No se esperaba que aquellos cacharros alcanzaran aquella velocidad, el aire le quemaba la cara y si no fuese por las gafas, no vería absolutamente nada. No sabía cómo Bjorn podía ver por dónde iba sin ellas.

Volvió a mirar al cielo. Pudo distinguir hasta tres luces, quizás cuatro, una se movía demasiado y se perdía entre las estrellas. No tenía ni idea de dónde llegarían esas luces, pero Bjorn parecía tenerlo claro, no dudaba en una dirección concreta.

Se desvió antes de llegar al final de la colina, la moto pareció levantarse en el aire levemente y luego caer, se agarró a la cintura del joven para no perder el equilibrio y resbalarse.

Resopló, el corazón le había subido hasta la garganta y no le bajaba.

Y entonces vio que algo había saltado a unos metros. Una silueta oscura y esponjosa. Enorme. Desde detrás del tronco de un árbol hacia unos setos, crujiendo hojas y ramas a su paso. Aurora contuvo la respiración y sin saber por qué, notó cómo le brillaban los ojos tras las gafas de nieve.

Está vivo.

La bestia no lo había encontrado, o cazado o no se había fijado en él.

Bjorn frenó en seco y ella sintió cómo su pecho se presionaba contra él.

—¿Lo has visto? —le preguntó, y alzó la mirada hacia el cielo.

—¿El qué? —Apenas podía respirar entre el salto de la moto y el ver la silueta de aquel animal.

—Es en el lago. —Bjorn volvió a emprender la marcha y retomó la velocidad.

Le relajó en parte que Bjorn no insistiese en la silueta.

—Hay algo más en el bosque que no debería estar ahí. —Lo oyó decir.

Aurora tenía la mejilla sobre la espalda de Bjorn, no perdía de vista el lugar por el que había desaparecido la silueta. Un héroe de antifaz oscuro, grande y poderoso, al que le gustaban los filetes de tía Agnes.

—¿Algo peligroso también? —preguntó. La silueta no había vuelto a aparecer.

—No lo sé. —Volvían a descender y de nuevo la moto se alzó en el aire para caer esa vez con más fuerza.

No le dio tiempo ni a coger aire, otra vez se alzaron y durante más tiempo, la caída fue aún peor.

—Agárrate bien —le dijo Bjorn—. Empieza lo peor.

¿Eso de atrás no era lo peor?

Rodeó la cintura de Bjorn casi al completo y dejó caer la cara en su espalda. Sintió su cuerpo levitar como si estuviese en una montaña rusa de feria. Y comenzaron a caer, pero cayeron durante más tiempo del que esperaba, así que cerró los ojos.

Nos matamos.

Tocaron suelo de nuevo y siguieron avanzando, pero esa vez el camino hacía que la moto de nieve vibrase de una manera extraña. Nuevamente se sintió en el aire, las caídas cada vez eran más largas.

Y yo queriendo ir en una de estas.

Bjorn llevaba razón, mejor no salir de la casa de la tía Agnes. Mejor no pisar más allá de la valla hundida del jardín.

Abrió los ojos y pestañeó. Ya no sabía si había vuelto a ver la silueta de manera fugaz o eran tan solo los setos y árboles quedándose atrás. La velocidad a la que iban era considerable.

Y volvieron a levitar en el aire, esa vez Aurora miró por el lado de Bjorn mientras la moto caía sobre la nieve de nuevo.

Estaban en un claro que desconocía, rodeado de árboles, con un montículo de rocas y nieve al fondo.

Un lago.

Los perros de Bjorn seguían ladrando tras ellos, pero era un sonido que ya no retumbaba, debían estar a cierta distancia atrás.

Podía apreciar una moto roja, una negra y otra de un color mostaza oscuro.

Bjorn se detuvo y se bajó de un salto para dirigirse a la parte de atrás y abrir un pequeño maletero que tenía aquel cacharro. Se escuchó un silbido que reconoció de otra vez, la cuerda de metal de Bjorn con la que la salvó de aquel saliente el primer día.

—¡Vilma! —Lo oyó gritar mientras anclaba el cordón metálico alrededor de uno de los árboles.

¿Vilma? ¿La hija del alcalde? ¿Y qué hace esa aquí a estas horas?

Una de aquellas motos debía de ser suya. Algo caliente le recorrió el pecho levemente.

Oyó la voz de la chica y Bjorn echó a correr mientras el cordón metálico silbaba saliendo del disco donde estaba enrollado.

—No te muevas. —Lo oyó decir.

Aurora dio un paso más, Vilma y quién fueran los que la acompañaban, debían estar al otro lado de una roca sobresaliente. Una roca de unos tres metros de alto, muy puntiaguda. Le recordaba a la forma de las tablas de surf, una enorme tabla de surf de pie incrustada en el suelo.

Siguió dando pasos hacia la piedra, el terreno estaba cubierto de nieve, pero no la notó espesa, podía sentir la firmeza de la parte de abajo a medida que avanzaba.

Y se oyó la voz de otra de las chicas. No estaban al otro lado de la tabla de surf de roca, sino a la izquierda a unos metros.

Eran cuatro, podía apreciar tres cabezas rubias y una pelirroja.

Quedó inmóvil de inmediato cuando fue consciente de lo que había ocurrido.

Y un crujido, como si se hubiese quebrado un cristal, la hizo bajar enseguida la mirada.

Es un puto lago.