5 #4
La diferencia de tamaño con el de la nieve es alucinante.
Los perros de Bjorn habían pasado de ser enormes respecto a los que estaba acostumbrada a ver en las calles de Milán, a ser simplemente medianos comparados con el lobo de algodón que encontraba en los bosques.
Metió la mano en el pelo del perro, desconocía si el otro tendría el mismo tacto, una mezcla de aspereza sobre la suavidad interior. El perro de Bjorn no tenía la parte oscura tan marcada, ni siquiera su antifaz era tan perfilado. Y si se fijaba en la zarpa, era prácticamente la mitad.
El perro de Bjorn dejó caer el lomo en ella y a la vez todo su peso, Aurora tuvo que poner la mano en la nieve para no caerse. Pero su mano se hundió y cayó de lado.
Mierda.
No era que se sintiese torpe en cada momento, es que ya era una vergüenza. Levantó la mirada y vio al perro tumbado en la nieve con la cabeza apoyada en su cadera, ignorando que ella se hubiese caído.
Pero Bjorn sí que la había visto. Su sonrisa hasta a media distancia y alumbrada por la luz amarillenta de una triste farola, seguía siendo fascinante.
No lo vio con prisa al acercarse a ella, otro de los perros lo seguía con restos de aquel llanto desesperado, ya más calmados, desde luego.
Las botas del guardabosques se detuvieron a un metro de su cabeza, pero no pudo ver más. Los cuatro perros restantes habían acudido a ella como si hubiese algo interesante para oler en el suelo.
Aurora dio un respingo cuando sintió que un hocico descarado la empujaba con fuerza en la base del culo, y se puso de rodillas con rapidez, casi de un salto.
La madre que parió al perro.
Oyó la risa de Bjorn, que ya había tendido la mano para que se sujetase a ella para incorporarse.
¿Te hace gracia? Espero que el perro no se parezca al dueño.
Se impulsó agarrándose a Bjorn y lo tuvo frente a ella, tan cerca que pudo descubrir un lunar diminuto que él tenía al final de su mejilla, la que Hakum no le había golpeado.
La otra no tenía mal aspecto a pesar de haberse oscurecido, ahora el tono anaranjado que solía tener y que parecía maquillado, se había convertido en un leve rubor color berenjena.
Y también le quedaba bien.
Aurora sonrió sin darse cuenta y cuando fue consciente giró la cabeza y desvió la mirada.
Dos días y parezco imbécil. Va a pensar que en Milán no hay hombres.
Uno de los perros de Bjorn se alzó para poner las patas en su cadera.
Lo miró de reojo, era Blum, el de los ojos de dos colores.
Tenía la boca medio abierta y la lengua colgando a un lado.
Quizás estaba buscando que le rascase el cuello.
Al verlo pudo sonreír sin cargo de conciencia, aunque tuvo que dar un traspiés para contener su peso y que no la tirase de lado.
Metió la mano en el pelaje espeso de Blum, solía ser el perro más simpático con ella de los cinco. Y ni sabía si era por aquella dualidad en sus ojos, también era el que tenía expresión más picaresca.
—Blum, no seas pesado. —Bjorn lo empujó levemente para que bajase.
—No me importa. —Aurora colocó el pie en mejor posición para aguantar el peso.
—Cuando no sea el único que te haga eso te importará. Son cinco —respondió Bjorn y ella tuvo que reír—. Mejor que no se acostumbren.
Blum estiró el cuello para alcanzarle la cara, por suerte no llegaba. Aurora fue consciente de que el perro de la nieve no tendría ningún problema de altura con ella.
Es enorme.
Acarició el hocico de Blum, que ahora le parecía fino y delgado.
—Tampoco me importa —dijo despacio mirando al perro, aunque su pensamiento estaba perdido en esos instantes en las fauces poderosas del animal salvaje—. Pero dudo que Sila haga esto conmigo.
La miró de reojo y contuvo la sonrisa. Sila estaba a media distancia, ya se había alejado de ella. Solo se acercaba cuando le convenía su olor, saciaba su curiosidad y se iba.
Bjorn se inclinó levemente.
—Sila, ven —la llamó y ella se acercó a él despacio, sin perder de vista a Aurora un ápice.
—¿Son todos hermanos?
—No —respondió Bjorn—. Blum y Zuko sí, son los más jóvenes, año y medio.
Zor es el mayor, tiene seis años. Sila tiene tres y Max cuatro.
Antes de ellos tuve otros que se hicieron mayores.
Han sido seis hasta hace cuatro meses. Murió Drake, tenía casi diecisiete años. Aunque los últimos meses él salía poco.
Aurora seguía acariciando a Blum, que no había consentido echarse al suelo.
—¿Y nunca se te ha perdido ninguno?
Por probar.
—Sí.
Ostras.
El sobresalto en su cuerpo fue evidente.
—Varias veces —respondió Bjorn, y Aurora alzó la mirada hacia él con rapidez—. Ese.
Aurora bajó la mirada hacia Blum. Con aquella cara pícara no le sorprendía. Pero la pequeña posibilidad que se había abierto de que el perro de la nieve fuese de Bjorn le había gustado sobremanera. No le dio tiempo ni de disfrutarla antes de saber que no era ni siquiera posibilidad.
Pero había otra.
—¿Y volverán a ser seis? —preguntó aun intuyendo que era imposible que un salvaje se pudiese unir a la manada.
—No es algo que suela planear. —Bjorn también acercó la mano al perro para acariciarlo—. La última vez que dije que no más, llegaron dos —añadió, y Aurora tuvo que sonreír.
Aurora tenía ambas manos metidas en el pelo de Blum y una de ellas chocaba contra la de Bjorn, pero a ninguno de los dos pareció importarle.
—En un sitio como este siempre hay sitio para uno más, supongo —dijo ella y él frunció el ceño.
—Cuando se va la nieve no hay sitio en el suelo para un pelo más, no te puedes hacer una idea. —La ironía en su voz la hizo reír—. ¿Ves todo eso de debajo? Se desmonta por completo. A trozos.
Ella palpó y llegó a aquella base suave directamente sobre la piel del animal bajo la manta que lo envolvía.
—¿En serio? —Miró a Blum.
Pues menuda cruz.
Comenzaba a notar que le gustaba que le rascase con las uñas a un lado del cuello, se estiraba y hasta cambiaba la expresión a un comienzo de éxtasis.
Nunca había reconocido expresiones en los perros.
Ni siquiera sabía que las tenían. No era que no le gustasen, simplemente no había tenido nunca ninguno ni relación con ninguno.
Solo los había visto pasar por la calle.
Ufff, pero es que son monísimos.
Miró de reojo a Sila, que estaba junto a Bjorn. Él le mantenía una mano sobre el collar, quizás sujetándola para mantenerla a corta distancia de ella. Pero Sila se limitaba a mirar a Blum con una clara expresión de «menudo tonto dejándose rascar por la forastera esta». Tuvo que reír al verla.
—¿Qué hay que hacer para que Sila haga esto? —preguntó ella mirando a Bjorn, y lo vio sonreír.
—Te diría que dándole esto. —Bjorn se lo dio para que lo cogiera y Blum reaccionó sobremanera metiendo el hocico.
Una golosina de perros, supuso, que desprendía un olor no del todo agradable, pero que a los perros parecía encantarle de una forma superior.
Y enseguida tuvo alrededor al resto, incluso a Zor.
Menos a Sila, que seguía pegada a la pierna de Bjorn—.
Pero no. Y eso que esa es la especial, la que uso en la desesperación —añadió y Aurora tuvo que reír.
Tenía a cuatro perros y la golosina tenía el tamaño de un dedo. La fue partiendo como pudo, los primeros agraciados se fueron apartando a devorarla hasta que no quedó ninguno cerca ni snack para repartir.
—Al menos me resultará con cuatro —dijo ella, y miró a Bjorn de nuevo. Una extraña idea se le pasó por la cabeza—. ¿Y eso se compra en…?
—En otro pueblo.
Mierda.
— Pero guárdate estas. —Se sacó el paquete completo del bolsillo. Los perros reaccionaron de inmediato pegándose a él. Cuando Aurora cogió el paquete, se pegaron a ella—. Ni los mires. Guárdalas.
Aurora cerró la mano y se guardó el paquete en el bolsillo grande del mono, el que le ocupaba parte de la barriga. Cuando vio el hocico de Blum hundirse en él y chocar contra su mano, empujó la bolsa para que quedase dentro del todo.
—¿Y cuando estés desesperado? —preguntó él.
—Tengo más.
Menos mal, porque estas se las van a repartir estos cuatro, Sila si quiere, y un perro salvaje.
Y estaba deseando probar qué resultado daba con el medio lobo de nieve. Volvió a pasar la mano por el pelo de Blum, que intentaba volver a meter la nariz en el bolsillo.
—No va a dejar de hacerlo si no te impones —le dijo Bjorn.
¿Reñirle? Pero mira qué carita. Conmigo no cuentes para eso. Ya tiene a su dueño, yo soy la vecina.
Blum dejó caer el peso sobre ella y le apoyó la cabeza en la parte delantera del mono.
Ohhhhh.
Su gesto hizo que rodease con un brazo al animal.
—No te dejes engañar, es conveniencia.
—Sí, me imagino…
Pero no quita que me guste lo que hace.
Bjorn pareció entenderlo y sonrió mientras se dirigía hacia la moto de nieve.
—¿Te atreves? —le preguntó y ella alzó las cejas.
—Iríamos directos al precipicio del valle —respondió, y él empezó a reír.
Lo vio arrancar sin subirse.
—Todos los años por estas fechas tenemos un campeonato de carreras de motos de nieve con los pueblos de los alrededores —dijo y se retiró del asiento—.
Este año no creo que se pueda hacer viendo los temporales.
—La miró con ironía—. Pero lo mismo te da hasta tiempo de participar si lograsen salvarlo.
Esa guasita conmigo…
Lo miró como si la hubiese ofendido.
—Trae —respondió ella acercándose a la moto y él volvió a reír.
Pasó por delante de él para montarse. Sin gafas era complejo, pero Bjorn cayó en la cuenta y le puso las suyas sobre la cabeza.
Aurora se sentó en la parte delantera y sintió el movimiento en la moto que producía el peso de Bjorn al subirse también. Ella se bajó las gafas y se las ajustó.
—¿Lista? —Lo oyó decir.
Este no me conoce.
—Si me salgo del camino, grita —respondió ella, y oyó su risa.
Bajó la mirada hacia el manillar.
Esto es fácil, como un cacharro de feria.
Se inclinó hacia delante y agarró el manillar.
Encima cuesta abajo, verás a dónde vamos a ir los dos.
Podía ver la casa de tía Agnes, diminuta y con una gran columna de humo sobre ella. Su tía estaría haciendo fuego nuevo, y bastante abundante.