5 #3
La farola amarillenta de la parte trasera de la casa apenas daba luz para un círculo en el suelo.
Su función era más bien la de una señal luminosa para marcar la zona donde comenzaba la parte urbana, si es que podría considerarse urbano casas repartidas en mitad de la nieve.
No quería ni imaginar lo que podría significar vivir en la colina como hacía Bjorn.
Aunque supuso que en la moto de nieve no se tardaba mucho.
Llegaron a la farola, allí seguía aparcada la moto de Bjorn.
—¿Es difícil llevar una de estas? —preguntó ella, y él la miró de reojo.
—¿Sin conocer el terreno? Una locura.
Aurora tuvo que contener la sonrisa, Bjorn no le había respondido a la pregunta. Más bien le había advertido que no lo hiciese.
—Ese socavón que has pisado antes —continuó él—. Si lo pillas con esto, podrías hasta hundir la parte de delante y darte la vuelta si vas rápido.
—No me digas que lo único a lo que puedo aspirar este invierno es a andar a zancadas por aquí —dijo ella y lo vio sonreír.
La sonrisa de Bjorn competía en luz con sus ojos, ya no tenía dudas.
Como si el mejor odontólogo de la comarca hubiese practicado con él hasta conseguir una alineación y blancura perfectas.
—¿Este invierno vas a necesitar moverte con prisa? —Él giró la cabeza para mirarla de frente.
—Solo si el guardabosques no llegase a tiempo. —Se metió la mano en el bolsillo del mono y sacó el cilindro plateado.
Bjorn contuvo una carcajada, pero acabó sonriendo con una especie de mueca que dulcificó algo más su rostro a pesar del golpe.
Ahora ya no tenía dudas, en la concurrida Milán no se había cruzado con un hombre semejante en todos aquellos años, por propia probabilidad no era normal que estuviese en un lugar aislado y poco poblado.
Y hasta quedarse atrapada en un pueblo poco habitado resultaba de una atracción absoluta si estaba él.
Y cruzármelo veinte veces al día.
Vio a tía Agnes de nuevo en la puerta trasera de la casa y se apresuró a soltar al guardabosques o tendría conversaciones incómodas en cada cena.
—Pasad —le dijo la mujer—. Voy a calentar un caldo.
Bjorn miró hacia su casa.
—No puedo quedarme, tengo que volver a por los perros antes de ir al pueblo —respondió.
—No es hora de volver al pueblo, ni siquiera el alcalde estará despierto —dijo tía Agnes entrando en la casa—. Ve por los perros si quieres y tráelos, no me importa.
Pero no vio a Bjorn convencido.
—¿Te da miedo esa cosa por ellos? —preguntó Aurora al joven, le resultaba extraño verle sin ellos alrededor, supuso que los alaridos de los lobos hicieron que desistiese de la idea con bastante buen criterio.
Por suerte, no había ningún lobo muerto, no estaba preparada para ver muerto ni siquiera a un animal.
Era muy sensible con aquellas cosas. Y después de conocer al ángel de los bosques, los lobos y los perros le comenzaban a resultar de una familiaridad asombrosa.
—Por todos —respondió Bjorn—. Me da miedo por todos.
Aurora miró hacia el bosque. Tenía que reconocer que aquella realidad superaba todo cine de terror que hubiese visto.
Y que normalizarlo, o más bien aceptar que había algo que amenazaba el bosque, era muy extraño.
Como una realidad que no reconocía. Como si aquel lugar perteneciese a un sueño, como si las casas, los árboles, su ángel peludo o Bjorn no fuesen reales.
La joven miró hacia la casa de Bjorn, apagada casi no se veía en la colina, aunque podría distinguir el grisáceo del humo de la chimenea. ¿Y si esa bestia del bosque estaba allí arriba? Podría estar en cualquier parte.
—Voy contigo a por ellos —le dijo, y Bjorn se sobresaltó.
—No es necesario. —Lo oyó decir. Aurora ya estaba camino a la moto de nieve.
Bjorn llegó hasta ella, pero Aurora ya había puesto una mano en el asiento, era más mullido de lo que esperaba, contaba con una especie de trono de hielo motorizado abriéndose camino en la nieve. Pero era mullido y seguramente cómodo.
Había visto en el trastero de la tía Agnes una moto de aquellas de un color blanco como la nieve. Decía su tía que en teoría funcionaba, pero que no la había usado desde hacía unos años.
Y recordó a Hakum y a los niñatos que iban con él, al señor Viken y a los cazadores, y a su bestia de pelo mullido.
Aprender a conducir un cacharro de aquellos se estaba convirtiendo en una necesidad.
Alzó la mirada y se encontró con los ojos intensos de Bjorn, parecía estar leyéndole los pensamientos y ya estaba vaticinando el desastre.
—Solo si no te sales de los caminos ni te adentras en el bosque. —Lo oyó decir subiéndose en la moto de nieve.
Aurora contuvo la sonrisa, Bjorn giró la cabeza para mirarla.
—Sube —añadió él, y la joven usó los agarres para pasar la pierna al otro lado.
Las había visto lo suficiente como para compararlas con una de ruedas, no cogían la velocidad de una moto de las grandes. No había que tener equilibrio. Tenía posibilidades de aprender, no sería tan difícil.
Tenía claro que las zancadas torpes no eran suficiente para lo que podía encontrar en los bosques, humano o animal.
Se agarró en un pliegue lateral del abrigo de Bjorn y emprendieron la marcha.
Tuvo que cerrar los ojos, no llevaba gafas, error imperdonable e incómodo de soportar con la nieve volando a su alrededor.
Mierda.
Aquella manera de resistirse al uso de protección en los ojos, para no tener señales que no le gustaban, estaba pasando a no tener importancia.
Tenía que cambiar la mentalidad. Venía de Milán, pasaba la mayor parte del tiempo en el centro concurrido, en una tienda de lujo en una gran avenida.
La apariencia física y la perfección estética tenían cierta importancia.
Pero en ese momento estaba en un pueblo con un clima extremo, la perfección estética no servía para nada.
Recordó que acababa de levantarse de la cama y no llevaba protección solar. Una metedura de pata que le costaría solventar.
Se protegió la cara de aquel viento cortante en la espalda de Bjorn, sentía cómo ascendían, la inclinación de la moto de nieve abriéndose camino. Y eso que era un camino ya hecho, una terreno uniforme. Bjorn tenía razón, salirse de los caminos podría ser un desastre.
El viento aumentaba a medida que ascendían la colina y hundió levemente la frente en la parte de la espalda del abrigo grueso de Bjorn.
Intentó abrir un ojo para ver al menos por dónde iban, y por reflejo abrió el otro y echó la vista atrás.
Las farolas a cuenta gotas camino arriba apenas alumbraban, estaban adentrados en negrura que no parecía acabar.
Se veía la luz de la casa de tía Agnes, amarilla y brillante, y las farolas que la delimitaban apenas eran unas pequeñas bolas de luz insignificante.
El resto del pueblo estaba apagado, salvo una sola casa en lo que sería una de las calles. El panadero, supuso, que inundaba toda la calle de la chocolatería con un olor que le hacía rugir el estómago. Nunca en su vida había probado un pan tan artesanal y primitivo, y le encantaba.
Con el frío quizás la comida había pasado a ser un entrenamiento vital. Por suerte en casa de la tía Agnes no había báscula y los monos y abrigos tenían margen.
Volvió a protegerse la cara en la espalda de Bjorn y la sostuvo allí hasta que la moto se detuvo.
Una farola como la de tía Agnes formaba un círculo de luz en el suelo.
Frunció el ceño y se sobresaltó cuando Bjorn apagó el motor y pudo oír una hilera de alaridos mezclados con aullidos y directamente gritos procedentes de la casa de Bjorn, que le recordaron en gran medida a las quejas de los lobos cuando aquello los estaba atacando.
Ay, madre.
Apretó las manos en los hombros de Bjorn para bajarse casi de un salto. Pero él no se había inmutado, ni siquiera tenía prisa por bajarse de la moto. La miró a ella y empezó a reír.
Qué coño…
—¿Qué les pasa? —preguntó cuando lo vio con aquella expresión burlesca.
—Que he llegado.
Aurora alzó las cejas.
¿Y forman eso? Parece que tienen a la bestia ahí dentro matándolos.
El sonido de los alaridos y gritos ascendió cuando Bjorn puso un pie en la nieve. La joven tuvo que sonreír.
—Pues menudo recibimiento.
—Ya ves. —Pasó por delante de ella para acercarse a la casa.
Era una casa pequeña, de dos plantas, de color marrón que a aquella distancia corta aun parecía estar hecha de chocolate. El olor a leña de la chimenea era intenso.
Pudo ver la cabeza de uno de los perros asomada al cristal de una ventana, era uno de los marrones, pero la hembra blanca lo acababa de empujar para colocarse ella, a pesar de tener más ventana para ver el exterior sin tener que echar al otro perro.
Tuvo que reír cuando vio la forma en la que el perro marrón miró a la hembra, recordándole una expresión humana que conocía.
Las mujeres, ya.
Su risa aumentó.
Bjorn abrió la puerta y uno de los perros le cayó encima, como si hubiese estado en pie tras la puerta, seguramente lo estaba. Pudo ver los arañazos en la puerta en la parte de fuera, no quería ni imaginar cómo estaría la madera por dentro.
Y eso le recordó la zarpa que había roto el tronco del árbol. Su cuerpo se estremeció.
Los gritos de los perros aumentaron mientras saltaban sobre él unos y otros. Era como si cada uno de ellos quisiese llamar su atención por encima de los demás, y la única forma de hacerlo fuese gritar al límite de su capacidad. El ruido se volvió terriblemente molesto.
Pero Bjorn reía. Al parecer no era algo extraño que lo recibiesen así, aunque otras veces no regresase de cruzarse con una posible bestia.
Madre mía, vaya coro lírico.
Aurora dio un par de pasos atrás y tuvo que reír al verlos.
Blum se había casi subido a los brazos de Bjorn, pero ni por esas dejaba de gritar.
Uno de los oscuros se retiró del grupo y de su dueño para acercarse a ella. Era Max.
—Alguien se da cuenta de que estoy aquí al menos. —Ella se inclinó mientras alargaba la mano hacia el animal y luego se acuclilló en el suelo mientras el perro le olía tras la oreja produciéndole un cosquilleo.