Mi ángel de la nieve 5 #2
21%

5 #2

—No voy a irme a ninguna parte. —Dio un paso atrás para retirarse de la puerta o acabaría hecha una esfinge de hielo—. No voy a volver hasta que pase el invierno —repitió apresurándose hacia su dormitorio.

Le costaba mover las piernas rápido, aún más para cambiarse.

Debo tener las puntas de los pies gangrenadas.

Era una exagerada con el frío, pero lo cierto era que no sentía los pies. Se puso unas mallas de lana y se metió en uno de sus monos para el frío extremo. Y salió al salón colocándose las botas por el camino.

Tía Agnes seguía en la puerta observando a Bjorn. Aurora la rebasó con rapidez cogiendo a su paso otro farol o foco cuadrado, como el que había cogido Bjorn.

—¿Dónde vas, Aurora? —Oyó decir a su tía—. ¡Aurora!

No habría salido de ninguna manera veinte minutos antes, pero ahora estaba allí el guardabosques y hasta el inhóspito bosque nevado podía cambiar.

Se apresuró comprobando en sus botas hundidas cómo la tormenta de la noche había dejado alguna capa más de nieve en el suelo. Pero llegó hasta Bjorn, cada vez sentía más fuerza para andar por aquellos terrenos a pesar de las agujetas.

Lo vio con una mano apoyada en uno de los troncos de árbol y levemente inclinado observando algo en su base. Enseguida se giró para mirarla.

Y vio la decepción en su expresión al verla, en una pérdida de esperanza de que fuera capaz de hacer algo prudente como quedarse en la casa. Tan evidentes fueron los pensamientos del guardabosques en su rostro, que Aurora tuvo que aguantar la sonrisa.

Si no hubiese pendientes peligrosas y una bestia, qué maravilloso sería perderse por estos bosques y ser una intrépida.

Volver a inclinarse hacia un lado infantil que creía olvidado, una especie de rebeldía inmadura que no procedía en Milán, pero que allí pudiera parecerle divertido.

Enfadar al guardabosques, toda una tentación.

Pero había una bestia suelta y un precipicio resbaloso.

Enfadar al guardabosques no debía estar entre sus prioridades si apreciaba su vida.

La joven bajó la mirada hacia lo que había estado observando Bjorn y contuvo la respiración. Faltaba un trozo de tronco, lo habían arrancado y astillado, posiblemente de un zarpazo a juzgar por las señales que había en el resto del tronco. Hasta una joven de ciudad podía verlo.

Y menuda zarpa de fuerza superlativa tendría que ser para haber hecho aquello. Estaba claro que los lobos no habían salido despavoridos, hasta ignorando la presencia de ellas, por cualquier cosa.

Bjorn se acuclilló frente al tronco y midió con la mano el hueco del tronco arrancado.

Menuda zarpa.

Espiró aire con fuerza y pudo ver el vaho saliendo de su boca.

La miró, quizás por el sonido de su respirar.

Él se irguió y empujó nieve con el pie cubriendo la sangre.

Aurora pudo ver que el rastro seguía más adelante y se perdía.

El animal herido había huido, desconocía lo malherido que pudiera estar.

—Ha pasado justo lo que no quería. —Lo vio empujar más nieve con el pie para seguir tapando parte del rastro de sangre—.

La carnaza ha atraído a manadas y lo que sea que haya a kilómetros.

Negó con la cabeza—. Así no podré proteger nada de lo que habite este bosque. —La miró a ella—. Ni siquiera a ti.

Aurora se sobresaltó.

—Si sigues saliendo de esa casa cuando anochece, serás la primera en desaparecer esta vez —le soltó, pasando por delante de ella para alejarse del árbol dañado.

—He venido porque estabas tú aquí.

—¿Y eso es una garantía? —preguntó él girándose para mirarla—. El guardabosques siempre es el primero, ¿entiendes?

Aurora alzó las cejas.

—¿El primero que muere? —Tenía algo de sentido si estaba siempre en el bosque. Pero Bjorn lo decía con tanta naturalidad que por un momento pensó que había sido ironía. Sin embargo, ni su voz ni su expresión tenían ironía alguna.

—Así fue la otra vez en este pueblo y así ha sido en otros pueblos cercanos —respondió él, y Aurora tuvo que sujetarse al árbol de la zarpa para que su cuerpo no basculase—. Pero has llegado aquí dispuesta a quitarme el primer puesto.

Y vio cómo en ese momento el rostro de Bjorn se tornó en una especie de ironía, quizás sus propias palabras le habían hecho gracia.

—¿Me dejarás el honor? —Se echó a un lado para que ella pasase delante.

Ni hablar. No quiero que mueras.

—No. —Soltó el árbol y pasó por delante de Bjorn mientras sus botas se hundían, tuvo que poner de su parte para no caerse. Bjorn le sujetó el antebrazo, acababa de meter el pie en algo profundo.

—¿Que no? —dijo él y ella lo miró de reojo.

—No vas a morir, y yo tampoco. —Miró tras de sí con recelo. Había escuchado un ruido y su cuerpo había reaccionado con rapidez. Eso de vivir con el cuerpo alerta estaba siendo una experiencia que no conocía.

Bjorn enseguida metió el hombro por delante suyo y no pudo ver nada de lo que alumbraban los focos que llevaban, solo la espalda del guardabosques. Él recorrió con la luz los alrededores y volvió a bajarla al suelo.

Aurora tuvo que sujetarse al hombro de Bjorn para dar media vuelta, su pie había vuelto a hundirse demasiado. Cuando regresase a Milán y anduviese en un piso recto y sin nieve correría veloz, estaba segura.

Vio que Bjorn había vuelto la vista atrás con el foco de nuevo, habría escuchado algo que ella no, y no estaba completamente seguro de que estuviesen solos. O quizá era que no estaban solos en el comienzo de aquel bosque.

Lo vio hacer un movimiento brusco con el faro y ella se giró enseguida para ver lo que le había llamado la atención.

—¿Qué es? —preguntó mirando de reojo a Bjorn, que había entornado los ojos.

—Algo que no se aleja. —Apartó la luz de los árboles y la empujó en el hombro levemente para que diera unos pasos hacia la casa.

Aurora volvió a mirar atrás y se encontró con los ojos de Bjorn. Podía imaginar qué era lo que había en el bosque si no se alejaba ni siquiera con la luz del foco. Un animal que no se asustaba tampoco con las bengalas.

Y si era él significaba que estaba vivo, que la bestia no se había acercado a él.

O quizás él era la bestia.

Eso no es posible.

Había visto la señal del árbol, ¿su zarpa era tan grande? Era grande, desde luego, desconocía la fuerza que pudiese tener. Y era corpulento, mucho. Más ancho que los lobos que había visto aunque en altura no los superase.

Si él era la bestia, estaba alimentando algo que todo el pueblo quería dar caza. Si no lo era, podrían confundirlo con otra cosa que hubiera en el bosque y también le darían caza.

Fuera como fuera, aquel animal estaba en peligro. Un peligro extremo en el lado humano y en el lado animal, porque si había otra cosa en el bosque tarde o temprano iría a por él, como fue a por los lobos.

Apretó los labios y bajó la cabeza, dándole la espalda a Bjorn y dando unos pasos torpes hacia la casa.

Ya podía ver a lo lejos a tía Agnes, seguía en el umbral sin perderlos de vista y con una expresión que no supo interpretar, como si verlos regresar ilesos no fuera una tranquilidad, como si el peligro continuase para ellos. Como si el peligro no tuviese remedio. Como si el final fuera la muerte.

Debía tener en cuenta que Agnes conoció a otros que murieron a manos de otra bestia años atrás. Quizás la mujer sabía mejor que nadie lo que significaba el invierno en aquel pueblo junto a una amenaza.

Y quizás ella misma no era consciente de lo que significaba, por eso se resistía a marcharse.

Su pie derecho se hundió y alargó la mano por instinto hacia el abrigo de Bjorn. Con el guante no era capaz de coger el pellizco con la suficiente fuerza como para agarrase a él, así que agradeció que los reflejos del muchacho fuesen rápidos y la sujetase a tiempo antes de caer de boca en la nieve.

—Con esa habilidad en el terreno… —Lo oyó decir con ironía—. Lo que sea que quiera atacarte lo tendrá fácil.

Encima…

Se soltó de él empujando, quizás con más fuerza de la que debería, para que la soltase.

No me agarro más a ti, ya me caiga rodando hacia el precipicio.

Y se oyó un rugido grave desde el fondo del bosque. Ambos se giraron con rapidez, Aurora sintió cómo se bloqueaba todo su cuerpo.

—Qué demonios… —Bjorn dirigió la luz del foco hacia donde se había escuchado el rugido.

Pero no se vio más que maleza sobresaliendo de la nieve. Aurora bajó la mirada hacia su mano, se había agarrado a la de Bjorn, y lo había hecho tan fuerte que hasta con el guante de ambos podía notar sus dedos.

Se la soltó enseguida.

Y acababa de prometerme que no lo iba a hacer más.

Estaba claro que para cumplirlo no podía tener a Bjorn cerca en aquel bosque.

Esperaron sin moverse un tiempo prudente. El silencio de aquel bosque era absoluto, no se escuchaba ni el aleteo de ningún ave nocturna.

Sintió la misma mano de Bjorn que había agarrado, esa vez sobre la suya.

—Vamos a la casa —le dijo y tiró suavemente de ella.

Aurora lo adelantó, pero el guardabosques no la había soltado, quizás porque intuía que volvería a meter el pie de nuevo en el mismo hoyo que antes.

Mierda.

Hasta sujeta casi cayó de bruces, pero él tiró de ella.

—Quizás es más difícil cuando no has visto este terreno sin nieve. —Esa vez no había ironía en la voz del guardabosques. Lo vio echar la vista atrás de nuevo mientras hablaba.

—¿Este terreno alguna vez está sin nieve? —El paisaje estaba nevado tan a lo bestia que le parecía difícil.

A Bjorn pareció hacerle gracia lo que acababa de decir.

—Pues claro —respondió dando zancadas largas junto a ella.

El joven la miró de reojo y el gris azulado de sus ojos le recordó de nuevo al animal de pelo esponjoso del bosque, aunque sin pelo y sin antifaz oscuro. Pero flotando de la misma manera en aquel paisaje en escala de grises a poca luz.