5
Por un momento pensó que se había despertado al darse la vuelta en la cama y el sonido era parte del sueño. Pero no, parecía un grito. O un rugido, o un aullido.
Se incorporó de un salto, aún medio dormida. Oyó la puerta de otra de las habitaciones, la tía Agnes también se habría despertado.
—¿Qué coño…? —murmuró la joven levantándose de la cama.
Se asomó a la ventana, pero solo había oscuridad y un cielo medio grisáceo que ocultaba las estrellas. Sería de madrugada.
Salió descalza al pasillo y vio a tía Agnes colocarse las botas aún en pijama.
—No te muevas de aquí, se ha escuchado muy cerca —dijo la mujer bajando las escaleras.
Pero Aurora la siguió hasta el salón. Ya solo quedaban cascotes en la chimenea, no estaba tan caliente como la habitación donde tenía los radiadores a toda potencia, y se le erizó el vello.
La tía Agnes se puso el abrigo y abrió la puerta trasera de la casa para salir. Una ráfaga de aire helado recorrió la casa. Aurora cogió su chaquetón del perchero para ponérselo.
Podía ver el foco potente que llevaba su tía dirigirse hacia la oscuridad, parecía un faro moviéndose de un lado a otro con el vaivén de los andares de la mujer dando pasos en la nieve. Tendría que estar espesa a juzgar por el movimiento.
—¿Eran lobos? —Aurora gritó desde dentro, se metía las botas en los pies a pesar de que su tía había dicho que no se moviese de allí. Pero no quería dejarla sola.
—No lo sé, quédate dentro.
La joven se miró el cuerpo, un pijama y un abrigo no era ropa para dárselas de heroína. Era más, se sentía ridícula.
Y no tengo ni puñetera idea de cómo se ahuyenta a los lobos.
Si es que eran lobos.
Abrió el armario donde tía Agnes guardaba las llaves, allí había visto bengalas. Las cogió y buscó con la mirada el encendedor de la hornilla en la cocina.
Salió y vio a tía Agnes ya en la zona donde estaba la valla baja de la casa, de la cual ya no se veían ni las puntas de madera. Hasta el poste del buzón estaba casi al completo enterrado en nieve. La tormenta había parado, por suerte, o hubiese semienterrado la casa.
Su tía seguía alumbrando el bosque de punta a punta.
Y entonces volvieron a oírse los alaridos mientras la silueta de uno de los árboles lejanos se movía, como si el tronco hubiese sido arrasado por algo, como si algo empujase para hacerlo caer.
Su tía y ella gritaron a la vez y vio a la mujer echar a correr hacia la casa de nuevo.
El foco que Agnes llevaba en la mano cayó al suelo y alumbró por un instante el bosque. Y pudo apreciar varias siluetas de un tamaño similar al perro de la nieve, corriendo como si de una carrera a muerte se tratase, mientras que se oían más alaridos y gruñidos.
El foco rodó en la nieve alumbrando otras partes, y aparecieron más siluetas, todas huían de algo que estaba entre los árboles.
Eran lobos, no tenía dudas. Y uno de ellos pasó huyendo tan cerca de tía Agnes que por un momento pensó que se chocaría contra ella.
Pero no, el animal logró esquivarla ladeándose hacia un lateral de la casa. Aurora volvió a gritar.
Tía Agnes llegó hasta ella en una carrera terrorífica y la empujó dentro para entrar también y cerrar la puerta.
—Dios. —Tía Agnes cerró la puerta hasta con el cerrojo de hierro.
La joven sentía que hasta le temblaban las piernas. Ver a una manada de lobos huir de aquella manera era terrorífico y contagiaba el pánico sobremanera. Hiperventilaba a pesar de no haber hecho esfuerzo.
Ambas se dirigieron a la ventana.
Ya no se veía nada, los lobos ya no parecían estar por allí. Tan solo oscuridad y silencio. Pero eso no daba ninguna tranquilidad, al contrario.
Aurora recorría con la mirada los alrededores oscuros de la casa, esperando que en cualquier momento algo la sobresaltase con otro estruendo y aullidos, gruñidos y gemidos.
—¿Esto es normal aquí? —se atrevió a preguntar.
—No —la tía Agnes no tardó en responder—. Sé que los cazadores han dejado carnaza y trampas, habrá atraído a los lobos. —La mujer se apoyó con las manos en el marco de la ventana para inclinarse más—. Pero a qué más.
Aurora se retiró de la ventana dando pasos atrás, el temblor de las piernas no aminoraba. El sueño se había ido por completo.
Resopló y su tía giró la cabeza para mirarla.
—Mañana aún sale un autobús para la ciudad —le dijo su tía—. Si nos damos prisa, a primera hora quedarán asientos libres.
Aurora abrió la boca para responder. Con el pánico que tenía en el cuerpo bien podría haberse montado en el bus hasta con el pijama y sin maletas para echar a correr de allí.
Ella no estaba acostumbrada a aquella sensación de alerta continua, ni a la nieve ni al frío ni a estar atrapada sin salida.
El frío quizás sí podía soportarlo. Pero lo que fuera que habitaba los bosques no era algo ni medio normal. Parecía de película de terror.
Ni su cuerpo ni su cabeza estaban preparados para eso.
Tenía frío a pesar de estar dentro de casa con el abrigo sobre el pijama.
Quizás el miedo le había cortado el cuerpo dejándole una sensación similar a tener unas décimas de fiebre.
Una casa en medio de la nada con una señora casi anciana como única compañía no daba ninguna sensación de protección, de hecho ni siquiera sabía cómo tía Agnes, teniendo una vivienda en zona poblada del pueblo, permanecía allí sola.
Realmente no sabía cómo nadie podía estar allí en medio solo.
Regresar a Milán y hacer nuevos planes para pasar el invierno. Buscar trabajo, retomar amistades de las que se alejó por la sensación de fracaso. Volver a intentar reconstruir su vida de nuevo.
No le parecía mal plan.
Pero era difícil tomar la decisión cuando su cabeza solo había tenido un plan. Sobrevivir al invierno varios grados bajo cero. Resetear en medio de la nada, y cuando la tempestad y la nieve pasasen, regresar a Milán con la mente completamente despejada.
No podía responder mientras le temblaban las piernas, estas empujaban su lengua para decir que sí y a su cuerpo para hacer las maletas.
El ruido de un motor las sobresaltó y ambas miraron hacia la ventana.
Dos focos redondos de la parte delantera de una moto de nieve las deslumbraron a través de la ventana. Tía Agnes se apresuró a dirigirse a la puerta.
—Es Bjorn —dijo la mujer, que solo necesitó un fragmento de segundo para reconocerlo.
¿Quién podría ser si no? El único humano a menos de dos kilómetros.
Su cuerpo se asentó por completo en el piso. Una anciana no, pero el guardabosques de aquellas tierras sí que le daba la seguridad que le faltaba a aquella noche terrible.
Agnes abrió la puerta y entró de nuevo el viento helado.
No se oían los perros, Bjorn iría solo esa vez. Aurora se puso en pie en cuanto vio lo que en un principio parecía ser un montículo de pelo gris oscuro salir de la oscuridad. Enseguida el montículo tomó forma y pudo ver el rostro del guardabosques, que la miró a ella.
Y la joven fue consciente de que llevaba el pijama bajo el abrigo. Se giró despacio y casi le dio la espalda al muchacho mientras bajaba la mirada hacia sus piernas.
Soy todo glamour ahora mismo.
—¿Habéis visto algo? —preguntó, pero ella no era capaz de mirarlo a la cara.
—Solo a los lobos despavoridos —respondió la tía Agnes observando las magulladuras de Bjorn.
—Hay rastros de sangre a unos metros. —Oyó decir a Bjorn y entonces Aurora sí que se giró para mirarlo—. Vi la luz en la casa y por un momento pensé que…
Bjorn no acabó la frase, estaba claro lo que pensaba, que era una de las dos. Él la miró brevemente.
Estoy cogiendo famita de intrépida estúpida para los pocos putos días que llevo aquí.
— Estábamos dormidas y los rugidos nos han despertado —dijo tía Agnes.
Bjorn volvió a lanzarle una mirada fugaz a Aurora, como si de alguna manera ella pudiera saber más .
Mi bestia del bosque no hace esos ruidos.
—¿Qué era? —preguntó volviendo a mirar a la tía.
—No es un lobo, Bjorn —respondió tía Agnes.
Y estaba de acuerdo con ella. No lo era, era imposible que un lobo hiciese huir de aquella manera a una manada entera. Lo que había en los bosques era otra cosa, más grande, más feroz y con demasiada hambre.
Y más le valía que lo cogiesen rápido antes de que pasase una desgracia.
Bjorn cogió de detrás de la puerta otro de los focos que su tía usaba para alumbrar el exterior, exactamente igual que el que aún estaría tirado en la nieve. Su tía lo detuvo.
—Lo que hay ahí fuera no es cualquier cosa, muchacho. No hagas ninguna locura —le dijo y lo soltó.
El joven salió de nuevo de la casa.
Entre el viento helado y la vergüenza, a Aurora se le habían congelado las piernas bajo la tela de franela a cuadros del pantalón. Y tía Agnes se asomó a la puerta, así que no había pensamiento de que la cerrase.
—Voy a vestirme —le dijo a su tía, pero esta no pareció escucharla.
Aurora se acercó a la puerta para ver qué era lo que su tía miraba con tanto detenimiento. La joven entornó los ojos mientras el viento helado le daba de lleno congelando las partes de su cuerpo que quedaban por enfriarse, que ya no eran muchas.
Vio a Bjorn adentrarse en la zona desde donde habían salido los lobos huyendo, en la espesura de los árboles donde ellas dos no alcanzaban a ver. Aunque esa vez, gracias al foco, la vista resultaba un poco más intuitiva .
Y sí, podía verse una mancha oscura en la nieve, parecía una sombra, pero después de oír a Bjorn podía imaginar lo que era.
Contuvo la respiración y su cuerpo quedó bloqueado. Entendió por qué Bjorn no había bajado de la colina con sus perros, no quería que corrieran la misma suerte que los lobos de ser atacados.
Pero mi ángel de la nieve sigue ahí fuera. Y está solo.
El cuerpo se le estremeció.
—Si haces las maletas ahora, podrás salir en el primer autobús e irte lejos de aquí. —Oyó decir a la tía Agnes.
Aurora dejó caer los párpados hacia el lugar donde acababa de perderse Bjorn. La soledad absoluta en la que parecía vivir el guardabosques no podía dejar de recordarle a la de aquel animal solitario.