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Henrik Viken se giró hacia ellos, acababa de darse cuenta de que estaban allí. Pero se detuvo en ellos dos lo mismo que lo haría con cualquier árbol común entre miles del bosque. Ni siquiera porque hubiese visto a su hijo herido.
¿En serio?
El señor Viken se giró y se subió a la moto de nieve, produciendo un ruido atroz con ella.
Conducir una de esas. Prioridad a partir de mañana.
Dio unos pasos adelantándose a Bjorn, pero vio que él no se movía.
—Ya creo que sabes llegar —le dijo el chico.
Ella giró la cabeza para mirarlo, pero Bjorn ya no estaba detrás de ella. Se había dado media vuelta para regresar al bosque, aunque los copos estuviesen cayendo con más fuerza.
La oscuridad se hacía intensa y comenzaba el mundo en escala de grises. Bjorn ya solo era una silueta oscura en medio de nieve y troncos de árbol, mientras sus perros lo rodeaban.
No podía hacer nada por él, como tampoco podía hacer mucho por el animal del bosque.
Estaba viendo que era un joven acostumbrado a estar aislado, apartado hasta de su propia familia.
Ahora entendía por qué tía Agnes le enviaba a diario la cesta de la comida.
Algo similar a lo que ella pensaba hacer cada noche con el perro de la nieve.
Dio unos pasos hacia la casa y se detuvo, grandes faros se acercaban precedidos de un ruido desagradable, más motos de nieve del resto de los que buscaban a la bestia.
Los dejó pasar y entendió a lo que se refería tía Agnes con lo de que le rayaban el suelo. El desnivel en la nieve de tantas motos dificultaba el paso a pie.
Tía Agnes estaba en la puerta trasera de su casa con los brazos cruzados y siguió con la mirada a los que pasaban a toda velocidad entre estruendos de motor, hasta que se alejaron.
—Menudos idiotas. —La oyó decir, y Aurora asintió con la cabeza. Recibió la mirada de los ojos claros de la tía—. ¿Y tú? ¿No escarmientas? —Seguía con los brazos cruzados.
—Hakum y dos más estaban peleando con Bjorn —respondió, y tía Agnes alzó las cejas.
La mujer dirigió enseguida los ojos hacia la casa de la colina, que seguía con las luces apagadas.
—¿Está bien?
—Hakum está peor. —No era un consuelo. Hakum no estaba solo. Bjorn sí.
Ella también miró hacia la casa de la colina, no se veía ni la chimenea humeando. No quería ni imaginar lo que sería una casa fría a aquella altura con el temporal que se avecinaba.
Vio que tía Agnes mantenía la mirada en la casa del guardabosques mientras entraban.
Aurora se dirigió de inmediato al fuego de la chimenea.
Tenía la cara que hasta le hormigueaba del frío.
Y aquel mono que resistía a veinte grados bajo cero comenzó a sobrarle de inmediato.
No podía entender cómo las casas guardaban el calor de aquella manera, con el frío terrorífico que hacía fuera.
—¿Qué les pasa a los Viken con él? —preguntó quitándose los guantes y la cremallera del mono—. Es como si ni siquiera fuera parte de su familia —murmuró sacando los pies de la prenda.
La tía Agnes se giró para mirarla. Aurora colgaba ya el mono en el perchero.
—Ahora les caemos mal las dos a los Viken —añadió la joven y miró a la tía Agnes de reojo. Pero esta no había reaccionado a lo que acababa de decir. La esperaba con la sonrisa irónica o quitándole importancia al asunto.
Pero tía Agnes se había acercado en silencio a la cocina y apagó la hornilla donde humeaba el caldo.
—¿Has podido ver a ese animal? —preguntó sin mirarla.
Aurora frunció el ceño.
—Sí —respondió la joven acercándose también a la encimera. El caldo tenía un olor intenso, nada le apetecía más para la cena—. Es enorme.
—¿Como un oso?
—No, como un oso no. —Cogió un cazo para llenarse el cuenco—. Pero es mucho más grande que los perros de Bjorn o los que llevaban hoy los cazadores. Mucho más. —Llenó un segundo cuenco para la tía Agnes. Esta miraba por la ventana, desde allí podía verse la colina oscura. Sin luz.
Bjorn aún no habría llegado a casa. La tormenta de nieve aumentaba.
—Han puesto trampas en el bosque —añadió Aurora.
—Lo sé. —La tía Agnes se retiró de la ventana y se acercó a la pequeña mesa de madera—. Posiblemente ese animal no sea el culpable de nada. Pero pagará las consecuencias.
Aurora retiró la silla para sentarse.
—¿Y si puedo hacer algo? —dijo ella y la tía Agnes, que ya estaba sentada para cenar, alzó los ojos para mirarla. Luego la mujer negó con la cabeza.
—Cuando un animal está acostumbrado a vivir al margen, apartado y solo, no se puede hacer nada.
Alzó las cejas al escucharla.
—Puedes darle de comer. Pero nada más —añadió tía Agnes—. Pertenece a otro mundo, no confiará en ti.
Aurora entornó los ojos.
—¿Como haces tú con Bjorn? —preguntó, y vio cómo el cuerpo de su tía se sobresaltaba frente a ella en la mesa.
—¿Qué tiene que ver aquí el guardabosques?
La joven la miró en silencio unos instantes.
—En que también está solo —respondió y se inclinó para probar la sopa.
Su gusto estaba al nivel del olor. Las comidas de su tía eran excelentes. Entendía el éxito de la chocolatería y entendía mucho más que el guardabosques fuese a por su comida cada día.
—¿Tienes algún interés en Bjorn? —Había regresado la ironía en la voz de tía Agnes y la joven enseguida desvió la mirada.
—No he venido para eso.
—Es guapo.
—Sí. —Pero no pensaba volver a sacar el tema de Bjorn en lo que quedaba de cena. Y menos con la sonrisa con la que la estaba mirando su tía.
—Nadie viene para eso —dijo la mujer, y su sonrisa se amplió.
Sin embargo, Aurora no era capaz ni de levantar la mirada del cuenco.
No volvería a nombrar a Bjorn. Nunca más. O se delataría sola.