Mi ángel de la nieve 4 #3
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Un bosque lleno de bestias, sí. Un peligro tanto para Bjorn como para aquel animal de nieve.

Y no sabía cómo acercarse para ayudar a ninguno de los dos.

El pobre animal estaría rodeando el bosque, huyendo de cazadores y perros que lo rastreaban, y quizás esquivando a algo más que él sí que sabría dónde estaba.

Solo esperaba que no lo hiriesen y que llegase a esconderse en algún lugar.

Bjorn estaba allí frente a ella. Él sí estaba herido, aunque por otra bestia suelta. Y también él se retiraría solo a otra guarida. En lo alto de la colina. Solo.

—No sé llegar a casa —respondió ella.

Quizás sí podría llegar a casa. Comenzaba a darle forma a aquellas arboledas, incluso podría seguir sus propios pasos. Pero no quería dejar allí a Bjorn. Como tampoco le gustaba pensar en el animal de algodón y nieve en medio de una tormenta y oscuridad, con cepos, cazadores y algo más.

Bjorn se giró para mirarla y ella enseguida bajó los ojos hacia su guante, sacudía la nieve en un intento de desviar la atención de Bjorn hacia algo que no fuese su cara.

—Si no sabes regresar, ¿para qué avanzas tanto? —le reprendió él.

Ella lo miró de nuevo sin responder, no le importaba que le reprendiese, de hecho lo dijo sabiendo que él iba a hacerlo.

Pero no le vio intenciones de seguir, o bien se le habrían disipado al ver que ella no replicó en absoluto.

—Vamos. —Y lo oyó decirlo como si quisiese que aquella noche acabase ya de una vez.

Los perros no habían acudido a su llamada, seguirían tras el animal de la nieve.

La joven dio unos pasos hacia Bjorn, que no se había movido, esperando a que ella lo alcanzara. Y ambos avanzaron juntos.

—Ten cuidado, aquí hay un escalón de rocas —dijo Bjorn alzando un pie para subir, y enseguida le tendió la mano para ayudarla a subir ella también.

Aurora le cogió la mano con las dos suyas y subió.

Lo vio sonreír levemente—. No conozco a nadie que haya venido a este pueblo y que lleve peor el frío, y sin embargo, con tanta temeridad por el bosque.

—Su sonrisa se amplió—. No tienes ni idea de lo que hay aquí, ¿verdad?

No es un decorado navideño precisamente.

—No pienso que sea un decorado —respondió ella, y él alzó las cejas con ironía. La joven tuvo que desviar la mirada unos segundos.

Realmente tampoco era del todo culpa de ella sola, siempre había algo en el bosque, ya fueran animales que llamaban su atención o líos como estaba viendo. Aquel bosque estaba repleto cada noche.

—¿Qué es lo que te trae al bosque? —preguntó Bjorn sin avanzar.

¿No le he soltado la mano? No.

Se la soltó de inmediato sintiendo cierto calor en la cara.

Tampoco lo he visto con prisa de soltarme a mí.

La respuesta de su pecho fue inmediata, era como si la bengala que había visto en mitad del bosque cielo arriba hubiese explotado en su pecho, silbido incluido, produciéndole ráfagas más potentes que las tormentas de aquel pueblo noruego.

Aún no le había respondido a Bjorn.

—Curiosidad, solo eso —dijo y dio un paso al frente, él la detuvo cruzando un brazo delante de ella, con tanta rapidez que el cuerpo de Aurora basculó hacia delante.

—Acabas de subir un escalón de roca bajo la nieve —le dijo él enseguida—. ¿Y quieres avanzar dando por hecho que el terreno es plano?

Bjorn retiró el brazo, único punto de apoyo de Aurora. Su pie se hundió en la nieve, se caía.

El guardabosques la sujetó.

—Curiosidad sumada a una completa inexperiencia.

—Tuvo que rodearle la cintura para subirla de nuevo hasta la roca—.

Mala combinación en un lugar como este. —Comprobó que ya apoyaba ambos pies en suelo firme y la miró.

Los ojos de Bjorn en la cercanía absoluta hicieron que la bengala volviese a subir silbándole ombligo arriba y explotándole en el pecho.

A él se le estaba hinchando aún más el pómulo, esperaba que tía Agnes tuviese algo para ponerle.

Bjorn extendió la mano hacia la suya, esa vez no se la ofrecía, sino que la agarró directamente y tiró de ella para que lo siguiese hacia un lateral. Luego la soltó y dio un salto. Aurora vio cómo se le hundían las botas en la nieve, otro escalón, esa vez hacia abajo.

—Salta —le dijo poniéndose delante de ella.

No respondo cómo vaya a caer, eh.

Dio un salto hasta Bjorn. Su abrigo era mullido, algo que agradecía y que amortiguaba el golpe antes de notar la dureza de su cuerpo contra el suyo. Lo sintió rodearla con los brazos.

—Cualquier mal pie te haría caer, resbalar, rodar, romperte algo y morir de frío aquí sola —le dijo él dejándola caer despacio en el suelo.

Se oyó de nuevo un aullido a lo lejos y llamó la atención de Bjorn, que giró la cabeza hacia donde se había ido su hermano. Volvió a cogerle la mano y tiró de ella.

—Así que espero no verte más por el bosque a estas horas. —Notaba cómo sus botas iban hundiéndose cada vez más en la nieve, descendían. Y no deberían estar descendiendo.

No va a dejar de echarme la bronca. Y este no es el camino por el que he venido.

El otro era más firme y liso. Ahora notaba pequeños escalones y desniveles, como la noche anterior. Pero no dijo nada, Bjorn tendría razones para dar un rodeo, y tampoco le importaba en absoluto a pesar de que ya las piernas comenzaban a dolerle.

No tenía importancia.

Bjorn se detuvo y miró atrás. Silbó a sus perros, por lo que fuese seguían sin acudir. Y esa vez sí que lo vio preocupado.

—¿No suelen hacerte caso? —preguntó ella frunciendo el ceño.

—Ya te he dicho que hoy el bosque es diferente —respondió él mirando a lo lejos. Podían apreciarse las luces de unas linternas, pero estaban lejos—. Cazadores y cepos. Y olor a algo que los atrae.

Lo oyó resoplar.

—¿No estabas de acuerdo con que lo busquen? —Era evidente que no, pero quería saber qué decía él.

—Con todo lo que traen y están formando, solo pueden hacerlo huir. Y dejar carnaza en el bosque solo puede atraerlo cuando ellos ya no estén. Sin contar con la cantidad de animales que caerían en la trampa, incluidos mis perros.

La mente de Aurora enseguida se dirigió hacia un animal de silueta esponjosa y almendrados ojos azules. Oscuridad, hambre, cepos, cazadores y una bestia suelta.

El pecho pareció dársele la vuelta al completo a la vez que escuchaba el sonido de los perros.

—No es la forma —añadió Bjorn.

No eran ladridos completamente, era una mezcla entre ladridos, gemidos y aullidos, y se cruzaban unos con otros.

Blum fue el primero en llegar a ellos. Aurora tuvo que contarlos, uno por uno, hasta llegar a cinco, para comprobar que todos estaban allí.

—Si había algo, ya no está —dijo Bjorn y Aurora tragó saliva.

—¿Se acercarían a un oso polar?

Lo miró al preguntarlo y él negó con la cabeza.

—Solo si no pueden evitarlo. —Lo vio alargar la mano hacia la cabeza de Blum, pero se entremetió otro de los grises y blancos.

Ahora que los veía a la misma distancia que el perro de algodón y nieve, podía apreciar bien la diferencia de tamaño. De hecho, las cabezas de aquellos animales que siempre le resultaban considerables, ahora parecían pequeñas y de hocico fino.

¿El otro era un perro normal?

Por los colores debería serlo, aunque su pelaje fuese más largo y abundante. Pero aquel tamaño era impresionante.

Alzó la mirada hacia Bjorn, directamente hacia aquel pómulo inflamado y algo herido. Tenía que curarlo al menos, aunque no supiera cómo iba a conseguir que se dejase. Aquel guardabosques parecía tan complejo como el perro de la nieve.

Sintió una leve presión tras la rodilla y miró tras de sí. Era Sila, la perra blanca de Bjorn. Alargó la mano hacia ella, pero el animal se retiró enseguida, aunque siguió sus dedos levemente con la nariz para olerlos.

Esta sabe que ese perro ha estado cerca de mí.

Sila la miró a los ojos unos segundos antes de alejarse de ella para rodearlos y colocarse delante hacia el camino de vuelta.

La joven tuvo que pestañear, el paisaje pareció enturbiarse, por un momento pensó que algo le había entrado en los ojos, pero no.

Comenzaba a nevar de una manera tan fina que parecía lluvia de polvo blanco.

Sintió la mano de Bjorn en su hombro.

—Vamos. —Bjorn pasó delante de ella de nuevo y tiró de su mano, de una manera tan brusca que sintió cómo se le salía el guante. Tuvo que cerrar la mano en la de él para que Bjorn no se llevase el guante vacío y la dejase atrás.

Los copos comenzaron a espesarse y con ellos llegó una ráfaga de viento considerable. Los motores de motos de nieve se sucedieron por distintos puntos del bosque, algunos algo lejanos. Todos tendrían que resguardarse, llegaba una tormenta.

Vio que Bjorn aligeraba el paso, pero en aquellas circunstancias de suelo y nieve le costaba seguirlo. Le cansaba tanto aquel ritmo como si estuviesen dando una carrera final.

Bjorn se detuvo en seco y a Aurora no le dio tiempo de frenar, chocando y rebotando en su espalda.

—En mis terrenos ni se te ocurra dejar un cacharro de esos, Henrik Viken. —Oyó la voz de tía Agnes—. Y saca esos trastos de aquí, me rayan la nieve.

Se asomó tras la espalda del guardabosques y vio a tía Agnes, que parecía una muñeca frente al padre de los Viken.

—¿Prefieres que esa bestia entre en tu casa? —le decía él mientras tía Agnes le daba la espalda y se alejaba.

—Aquí las únicas bestias son las que tú has traído esta noche —replicó ella.

—¡Agnes!

—Deja ya a esa vieja loca —decía otro de los hombres a Henrik.

Aurora soltó despacio la mano de Bjorn y se retiró de él. Lo último que quería era que Henrik Viken la viese agarrada a su hijo.

—Pienso dejar los cepos donde quiera —Henrik lo dijo en voz alta para que la tía Agnes se enterase.

Vio cómo la mujer alzaba una mano sin detenerse en su camino de vuelta, y sacaba el dedo corazón.

Una peineta.

Tuvo que contener la sonrisa.

Cómo mola la tía Agnes.

Podía ver desde allí la parte trasera de la casa. No sabía que los terrenos desde la parte de atrás hasta el bosque pertenecían a su tía. Pensaba que tan solo lo era la parte del jardín con aquella pequeña valla ya enterrada en nieve.