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Salió de la casa con un cartón y un filete recién asado, solo esperaba que el olor atrajese a aquel animal.
Llevaba en el bolsillo el llamador plateado que emitía luz, el móvil, aunque no sirviese para nada, y unas galletas de manzana que hacía la tía Agnes.
Su tía intentaba arreglar el buzón con un destornillador, no lo habría logrado porque la vio darle una patada al poste.
—Maldito cacharro —protestaba. Aurora sonrió al escucharla—. Será lo primero que compre cuando acabe el invierno.
Allí no había nada más que lo necesario hasta que pasase el frío, lo cual imponía algo de miedo a alguien que no estuviese acostumbrado como ella. Solo pensar en no poder salir ni siquiera al pueblo aledaño cuando encrudeciese el temporal, la ponía nerviosa.
Los últimos autobuses salían del pueblo aún, no se planteaba subirse a ninguno de ellos. Su decisión de quedarse era firme.
Se detuvo junto al buzón y a tía Agnes.
—¿Sigues empeñada en ese animal? —preguntó su tía inclinada hacia el buzón, sin ni siquiera mirarla.
—¿Estabas aquí la otra vez?
—Sí —respondió su tía.
—¿Qué pasó?
—Al principio comenzaron a desaparecer reses y otros animales, y aparecía en algún lugar del bosque lo que quedaba de ellos.
—Tía Agnes alzó la mirada hacia ella—. Se organizaron batidas y en una de ellas desapareció un vecino del pueblo, amigo de Hans.
Y entonces aumentaron las batidas aquí y en otros pueblos donde también atacaba.
Murieron varios antes de que lo atraparan.
Y eso en un pueblo donde nunca pasa nada, es muy difícil de superar.
Aurora frunció el ceño.
—Un oso polar —dijo ella y tía Agnes asintió.
—Llegué a verlo cuando lo atraparon, lo llevaban sobre un carro. Era enorme —añadió tía Agnes—. No es tu animal, si es lo que temes.
—¿Hans participó en las batidas?
Tía Agnes asintió con la cabeza.
—Solo en una, en aquel momento los hombres estaban casi obligados a participar o el resto del pueblo se les echaba encima.
Pero Hans tuvo una ventaja que no tenía su amigo.
—Tía Agnes bajó la mirada al suelo y Aurora la dejó unos instantes de silencio—.
Su perro estuvo todo el tiempo alejándolo del oso.
—¿Nanook? —Aurora apoyó la mano sobre el buzón, si no fuese por el guante se le habría congelado al primer contacto con el metal.
Tía Agnes asintió con la cabeza.
—Y es curioso, porque Hans había elegido aquel nombre Inuit para él precisamente por su significado —la mujer sonrió—. Oso polar.
Aurora también sonrió.
—Gracias a la insistencia de Nanook, él tuvo que separarse de su amigo y del resto del grupo, aunque tuviese que quedarse solo. Y no estaba cuando el oso los atacó. —Su tía miró hacia el bosque—. Seis meses después fue el derrumbe que mató a Hans.
Aurora bajó la cabeza y guardó silencio.
—¿Y el perro? —preguntó con cierta timidez. Habían pasado demasiados años, su tía ya lo tendría todo superado, lo de sus dos maridos. Pero aun así, no era cómodo de preguntar.
—Moriría también. Encontraron a Hans en el fondo del valle. Podrían no haberlo encontrado nunca —suspiró, viendo que su arreglo daba poco resultado en el buzón—. No te alejes mucho. Este bosque es traicionero hasta para los que lo conocemos.
La joven negó con la cabeza. A pesar de que no iba con mucha seguridad, prefería ir sola, aquel bicho no se acercaba cuando había más personas que ella. Lo comprobó con Maggie y con Bjorn.
Miró el filete, o se daba prisa o se le congelaría por el camino.
—Deberías habérselo contado a Bjorn —le dijo tía Agnes cuando ya ella estaba saliendo del jardín helado de la casa.
—En cuanto esté segura de si es o no el animal que buscan —respondió.
—¿Y cómo piensas comprobarlo? ¿Viendo si te ataca o no?
Se giró para mirar a su tía con un sobresalto.
—No.
—Pues menos mal —respondió tía Agnes con ironía volviendo a acercar el destornillador al buzón, y Aurora sonrió.
La joven miró hacia el bosque, aún podía apreciar las montañas del fondo. Era curioso de la manera en la que la nieve reflejaba la poca luz que quedaba, como un foco que amplificaba la visión. Pero de un momento a otro ya no habría nada que reflejar y se apagaría el bosque por completo.
—¡Aurora! —era tía Agnes de nuevo, se giró para mirarla—. Solo al comienzo del bosque, hasta la arboleda y vuelves —le advirtió de nuevo—. Ni yo misma estoy ya segura de lo que hay por ahí adentro.
Aurora frunció el ceño. ¿Su tía ya dudaba que hubiese un oso polar como la otra vez? Inverosímil como poco, algo tan extraño como una leyenda, mitología de un pueblo aislado por la nieve, pero que una vez fue real.
Dio unos pasos acercándose a donde comenzaba la arboleda y se fue alejando de la casa y del olor que desprendían las chimeneas.
Alzó la mirada hacia la casa de la colina, la del guardabosques.
No había luces, Bjorn no andaba por allí de momento, estaría en el bosque, por lo que sabía él no había salido del bosque desde que regresó del pueblo, y eso le daba algo más de seguridad al adentrarse en la arboleda.
Llegó hasta donde vio el montículo la noche anterior y dejó la carne en el suelo, luego dobló el cartón, se lo guardo en el abrigo y se alejó despacio dando pasos atrás.
Un ruido la hizo girarse de un sobresalto y mirar atrás, al camino que la llevaba hasta la colina. No era el crujido de una rama, tampoco un sonido que pudiese hacer ningún animal. Había sonado a metal, un chirrido agudo y lejano.
No era la única humana en el bosque.
Solo hasta la arboleda y volver.
No podía ser tan imbécil como para cometer el mismo error de la otra vez. Y menos con algo en el bosque que se comía las reses.
Dio un paso al lado e inclinó el cuerpo para comprobar si le alcanzaba la vista. Había luces de linternas, apenas podía verlas, se escondían en la lejanía.
¿Quién demonios se atreve a meterse aquí por la noche?
A parte de Bjorn y sus perros. Ya lo decía tía Agnes, un bosque traicionero hasta para los que lo conocían.
Se esperaba un temporal aquella noche, un temporal que los dejaría ya casi completamente atrapados. Había visto llegar un helicóptero al centro médico, se quedaría allí todo el invierno, entre los tres o cuatro pueblos aislados para una posible evacuación al hospital.
Poco a poco se iban acumulando más capas de nieve, llegaría un momento en que el bosque sería impenetrable para un humano a pie. Ella misma se había dejado los pequeños esquís atrás, quizás para evitar que la curiosidad a cualquier sonido la llevase a adentrarse más.
Así que dio unos pasos atrás y volvió a sobresaltarse al ver la silueta de un animal junto a un árbol.
Pero no tenía la oscuridad del animal de la noche anterior, ese era uno de los perros de Bjorn. O no.
Aún no reconocía bien a aquellos animales, pero el color marrón de su pelaje nada tenía que ver con el chocolate de los marrones del guardabosques. Era otro perro.
El animal no la estaba mirando a ella, sino tras su espalda, donde había dejado el filete que se enfriaría a pasos agigantados en la nieve. Aurora se giró para mirar tras su hombro también.
Una jauría de perros ladrando a lo lejos hizo que el animal y ella se sobresaltasen y mirasen de nuevo hacia el fondo de los árboles. Las luces de las linternas habían desaparecido por completo.
Vio al animal echar a correr dirección hacia donde procedían los ladridos y ella dio unos pasos más para ver mejor, todo lo rápido que la dejaban las botas.
Los ladridos no cesaban, al contrario, aumentaron y eso hacía que apresurase los pasos. Ya el perro marrón era tan solo una sombra negra desplazándose a gran velocidad sobre la nieve.
Consiguió llegar hasta un claro y adentrarse en la segunda arboleda, donde la oscuridad ya era considerable, por eso se habían visto mejor las linternas. No estarían muy lejos los que las estaban portando.
En aquella parte del bosque era más fácil desplazarse, había suficientes troncos donde irse agarrando para sacar las botas de los distintos desniveles del suelo.
Ya tenía doloridas las ingles del día anterior, y los muslos.
En unas semanas tendría fuerza en las piernas para no tener que sujetarse a nada.
Volvió a encenderse una linterna, y entonces sí pudo ver algo. Eran varias siluetas de hombres, pero solo fue capaz de reconocer a una.
Bjorn.
Los perros seguían ladrando y ella entornó los ojos. Volvió a sonar algo metálico.
Dio unos pasos adelante.
¿Qué demonios?
Aumentó la velocidad al andar, algo difícil teniendo que levantar los pies cada vez más alto para sacarlos de la nieve, lamentaba no llevar los esquís.
Había tres hombres con Bjorn, uno de ellos había caído al suelo y él lo sujetaba por el chaquetón. Pero el sonido metálico regresó y al fin supo de qué procedía.
Aurora dio un grito que ahogó tapándose la boca con su propia mano para que no la oyesen, mientras una gruesa cadena irrumpía en la espalda del guardabosques entre ladridos y más sonidos de perros.
Quienes fueran no eran amigos, desde luego.
Echó a correr hacia ellos y pudo ver la silueta conocida de otro de los que estaban con él.
Es su hermano Hakum.
Pero el sonido grave de un gruñido tras su espalda la hizo detenerse de inmediato. Había sido tan cerca que su cuerpo se había bloqueado por completo con una rapidez asombrosa, ni siquiera le dio tiempo a pensar.
Miró tras de sí girando la cabeza despacio. Dos árboles más atrás podía apreciar la silueta extremadamente esponjosa del animal de la noche anterior.
Todo su cuerpo se aligeró de manera considerable, llamándola a echar a correr.
Era grande, más que los perros de Bjorn ahora que se estaba acostumbrando a verlos, quizás el tener el pelo más largo contribuía a aquella visión.
Pero la realidad era que la cabeza y la mandíbula eran de casi el doble de tamaño que las de Sila, Max o Blum.