Mi ángel de la nieve 1 #6
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Y el sonido se alejó poco a poco hasta que solo se podía sentir la vibración de lejos.

Cogió aire y lo soltó.

—Vale —dijo en un murmullo, mirando en su mano el cilindro plateado—. Tengo su número de teléfono y este cacharro para llamarlo. No está mal, Aurora, para el primer día.

Torció los labios y contuvo la risa mientras daba pasos hacia la entrada de lo que en teoría sería el jardín de la tía Agnes, que ahora solo era un conjunto de montículos de nieve tras un buzón metálico pintado de verde sobre un poste.

Se agarró a él comprobando que la tapa estaba medio abierta, la cerró y por el chirrido intuyó que necesitaría aceite para cerrarse del todo. Volvió a quedar medio abierto.

Echó una última mirada rápida tras ella antes de avanzar hacia la casa, pero su cuerpo se bloqueó tras el primer paso.

No estaba muy familiarizada con cada elemento del paisaje, pero juraría que una de las sombras no debería estar en el lugar que la había visto. Giró la cabeza despacio.

Había un montículo de nieve junto al aura de luz de la farola. Un montículo que no había formado el viento en unos segundos. Había algo bajo aquella nieve.

Qué coño eres.

El terror que le había dado en el bosque había desaparecido. Aquel animal era la principal razón por la que ella no había caído por la colina y ahora permanecía en pie.

Se alzó de puntillas para verlo bien. Tuvo que contener la sonrisa al apreciar en la oscuridad la forma de un rabo con demasiado pelo blanco y gris oscuro extendido tras el montículo de nieve. Un rabo que le recordaba demasiado a los que acababa de acariciar junto a la moto de Bjorn.

Es un perro.

Dio unos pasos atrás sin dejar de mirarlo. El perro ni se inmutaba bajo la nieve, quizás pensaba que estaba completamente escondido, lo que la hizo sonreír.

Entró en la casa con rapidez y se dirigió al frigorífico para coger un cacharro en el que tía Agnes guardaba sobras de carne asada. Rompió otro trozo de cartón de la caja y se apresuró hacia fuera.

El montículo ya no estaba junto a la farola, y no encontró sombras ni otros montículos de nieve alrededor. Pero sabía que él no había ido muy lejos.

Así que dejó el cartón en la línea justa donde acababa el círculo de luz que formaba la farola en la nieve. Se apartó hacia la casa de nuevo y se detuvo en el umbral de la puerta.

No sabía si él sería capaz de descubrirse a su vista. No se veía muy confiado, pero tampoco sabía el hambre que pudiese tener.

Esperó a pesar de que el viento cada vez era más frío.

Y vio una sombra más oscura que la que formaban los arbustos. Pudo verle la forma en pie, no quizás erguido del todo, aquel animal seguía medio agazapado, queriendo permanecer escondido, y entre la nieve y la oscuridad, apenas le dejaba descubrir su forma.

Se detuvo en la oscuridad, justo en la línea de la luz de la farola, donde estaba la comida. El animal no se movía a pesar de estar mirando el cartón con el trozo de un palmo de carne.

Lo vio bajar la cabeza, una cabeza que acababa en un hocico ancho, no demasiado largo, más corto que el de los perros de Bjorn a pesar de que su cabeza podría ser similar.

Y vio en la luz poco a poco una nariz negra que brillaba tanto que parecía de charol, seguida de pelo claro, tan claro como el de Sila, pero que enseguida se mezcló con pelo oscuro, no grisáceo como el de Max, sino casi directamente tan negro como el de su nariz.

Se movía demasiado despacio acercando la boca al cartón y la comida, lo que le dejaba al descubierto aún más la cabeza.

Grande, más de lo que esperaba y con un pelo muy abundante, pero si lo viese a cierta distancia podría confundirlo con otro animal.

En cuanto su nariz llegó hasta la carne, el movimiento fue tan veloz que casi no consiguió verlo desaparecer.

Sintió el brazo de tía Agnes junto al suyo y se sobresaltó.

—¿Está ahí? —susurró la mujer.

—Estaba.

—¿Qué es?

—Un perro —respondió entornando los ojos hacia el bosque. Ya no lo divisaba por ninguna parte.

—No aparecen perros por el bosque. ¿Puede ser uno de los perros de Bjorn?

Aurora negó con la cabeza.

—Este tiene la parte oscura casi negra, y tanto pelo que parece un oso.

—Blanco y negro. Mi primer marido tenía uno así. —Su tía se retiró de la puerta hacia dentro—. Se llamaba Nanook.

Aurora frunció el ceño y volvió a mirar hacia el bosque.

—Murió con él cerca de estos bosques. —La oyó decir desde adentro.

—Nanook. —Ladeó la cabeza al repetirlo mientras divisaba un montículo en la lejanía.

—Mañana preguntaré en el pueblo si alguien ha perdido a uno de sus perros —añadió tía Agnes—. Cierra la puerta que empieza la tormenta de nuevo.

Aurora miró antes de cerrar. Un animal huidizo era imposible de atrapar aunque fuera para ponerlo a cubierto. Pero con aquellos temporales no sabía tampoco cómo el pobre animal podría sobrevivir fuera.

No entendía de perros, no sabía si ponerle comida era suficiente para ganarse su confianza.

Cerró la puerta. Aquella noche el animal tendría que sobrevivir solo.

Pero miró su móvil. Por suerte, le acababa de dar el teléfono un experto en perros.