Mi ángel de la nieve 1 #5
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Si antes negó haber visto a aquella criatura en el bosque, ahora después de escuchar las palabras de su tía y de ser consciente de todo lo que había pasado, no pensaba decirle una palabra a Bjorn.

No sabía si aquel animal no pertenecía al bosque, por la reacción de los perros posiblemente no.

Y desconocía si el protocolo era echarlo de allí para que no interfiriese en el resto de animales que sí pertenecían al lugar.

Y los temporales se sucedían, allí cerca de ellas por lo menos tendría comida. Era lo menos que podría hacer por él.

—No he visto nada —volvió a repetirle, pero Bjorn no apartaba los ojos de ella mientras giraba la cabeza hacia el frente, así que era una respuesta que él ya esperaba y que seguía sin creerse.

El joven inclinó el cuerpo hacia delante, como si se preparase para arrancar de nuevo, pero no se oyó ningún sonido de motor, buscaba algo en uno de sus bolsillos y Aurora ladeó la cabeza intentando ver qué era.

La luz amarillenta de la única farola que alumbraba aquel final de la calle hacía sombras en la cara de Bjorn y no le permitía ver al completo la parte baja de su cara, lo que hacía aún más llamativos sus ojos.

—En vista al nivel de tu llegada aquí, te hará falta —le dijo y ella bajó la mirada hacia la mano de Bjorn. Entre los gruesos guantes del joven había lo que parecía un bolígrafo de metal plateado.

Pudo reconocer que era lo mismo que tenía Maggie cuando hizo la señal en la oscuridad. Alargó la mano hacia la de él y lo cogió, el aparato tendría que estar frío si no llevase los guantes puestos, al menos era la sensación que le daba el metal en medio de la nieve.

Lo giró en la palma de su mano para verlo bien.

Un llamador de ángeles.

Al menos del que tenía delante.

—Esto es como tu número de WhatsApp, supongo —le dijo y Bjorn giró la cabeza hacia el otro lado para reír unos instantes antes de volver a mirarla.

—Si quieres puedo dártelo también, pero en el bosque no te sirve de mucho —respondió él.

Sí, lo quiero también. Y parece mentira que diga esto, porque hasta anoche estaba lamentándome por un idiota y hoy se me han quitado las ganas de lamentos de golpe. Y eso que casi me caigo por un barranco nevado.

—Vale. —Aurora se sacó el teléfono del mono para dárselo a Bjorn, que se estaba quitando los broches de un guante. Luego lo vio llevárselo a la boca para tirar con los dientes de uno de los dedos y sacárselo.

Menos mal que con la cara congelada no me suben los colores.

Bajó la mirada hasta la pantalla donde él tecleaba, pero una presión en la parte trasera de la rodilla la hizo girarse para mirar. Era el perro de Bjorn que tenía un ojo de cada color.

—¿Blum? —preguntó recordando los nombres que Bjorn le dijo en la puerta de la chocolatería. Diferenciar los marrones era fácil, el otro tenía los dos ojos azules, sin embargo los de pelo grisáceo eran exactamente iguales.

—Sí. —Bjorn le devolvía el teléfono, pero ella ni siquiera se había dado cuenta. Acababa de quitarse uno de los guantes, al fin el perro le había dejado alcanzarlo con la mano, no rehuía como hizo en el pueblo. Bjorn también miró al animal unos instantes—. Suele llevarles más tiempo.

El gesto de Blum hizo que uno de los grises también se acercase, eran grandes, ni siquiera tenía que inclinarse para acariciarles la cabeza.

—Y este es… —dijo ella metiendo la mano entre el pelo espeso del gris y blanco. El tacto le gustaba, era esponjoso y cálido.

—Max —respondió él.

A Max pareció encantarle que le hiciese un rastrillo con las uñas en el cuello y a contrapelo, el animal se estiró de inmediato y pegó el cuerpo a sus rodillas empujando a Blum para ponerse él.

Y vio a Bjorn sonreír.

—No estás acostumbrada a los perros, ¿verdad? —le dijo él.

—Nunca he tenido ninguno. —Volvió a meter la mano en el pelo de Max—. ¿Se nota?

Lo vio sonreír de nuevo.

Apartar la mano del animal significaba que se le congelase al aire sin guante, así que mantener el tacto con ellos estaba siendo más que agradable. Se acercó un tercero, el otro marrón, el que tenía los dos ojos como Bjorn.

—Ese es Zuko. —Lo oyó decir.

Zuko se acercó empujando al resto para llegar hasta ella. También se dejó tocar.

Pero vio al que quedaba de los grises a un par de metros sentarse a mirar al resto sin acercarse.

—Con Zor y Sila tardarás más. —Y pareció hacerle gracia.

—Ellos se lo pierden —respondió ella sonriendo y lo vio sonreír también mirándolos.

Aurora tuvo que quitarse el otro guante, los perros se empujaban unos a otros para ver quién ocupaba la mano que rascaba, pero aun así necesitaba una tercera mano. Hizo el ademán de acuclillarse.

—No te lo aconsejo —dijo él, pero fue tarde. Apenas había inclinado algo las piernas y uno de ellos la empujó hasta dejarla caer de culo en la nieve—. ¿Ves?

Una lengua que parecía estar hecha de fuego resbaló por su cara atravesándole el ojo y dejándoselo cerrado de inmediato.

—¡Dios! —Llegó una segunda lengua igual de caliente, pero esa vez logró que no le alcanzase el ojo, sin embargo sí que le llegó a uno de los orificios de la nariz. La sensación más extraña que había sentido en su vida y que la hizo sacudirse.

Cada vez los tenía más encima, no la iban a dejar ni levantarse.

—Ya está, no seáis pesados. —Lo oyó decir—. ¡Blum! —El único que no se retiraba de ella ni aunque él se lo dijese—. ¡Blum!

Aurora cerró la boca apretando los labios al sentir de nuevo la lengua del animal y se tapó la nariz con una mano mientras con la otra intentaba sujetarle la enorme cabeza.

—¡Ya! —Bjorn se bajaba de la moto. Agarró el collar de Blum y lo apartó de ella.

Aurora tuvo que pestañear varias veces, le acababan de dejar pegajosas hasta las pestañas. Vio la mano de Bjorn, la que aún no tenía el guante puesto, cerca de ella para que se agarrase y se pusiera en pie.

Blum hizo el ademán de volver a ella, pero una voz de Bjorn lo hizo desistir unos segundos. Pero solo los segundos que ella tardó en coger la mano de Bjorn.

Esa vez la lengua del perro le alcanzó la oreja, pero fue rápida en impulsarse y ponerse en pie mientras el joven tiraba de ella.

Aurora se llevó enseguida la mano a la oreja.

Me habrá llegado hasta los sesos, qué bestia.

Soltó la mano de Bjorn sin mucha prisa, tampoco parecía tenerla él.

—Suelen gustarle las cremas, supongo que llevas puesta —le dijo él—. Lo siento.

—No es nada. —Se cubrió la oreja con la capucha del mono.

Cremas me he puesto una sobre otra para no quemarme con este frío.

Volvió a limpiarse la nariz, la sensación pegajosa seguía y comenzaba a picar. Vio a Bjorn girar la cabeza para reír. Y dejó caer los párpados de manera inconsciente para verlo bien.

Qué locura de cara, por Dios.

Bjorn la miró de nuevo.

—Gracias por lo de antes —le dijo ella y la sonrisa de él enseguida desapareció—. No lo hubiese contado.

—No quiero las gracias, con que no hagas más idioteces es suficiente. —Bajó la mirada hacia el cilindro plateado que le había dado y que Aurora tenía en la mano—. Enciendes y apagas varias veces y luego lo dejas encendido, ¿vale?

Ella asintió con la cabeza mientras él volvía a subirse a la moto de nieve. Los perros se apartaron de ella para adelantarse a Bjorn en cuanto vieron que ya se marchaban.

—Bienvenida al pueblo. —Lo vio contener la sonrisa—. Quizás no sea todo lo agradable que te imaginas.

Ella contuvo la sonrisa también.

Supera expectativas por momentos.

Se oyó el motor y Bjorn miró al frente alzándose del asiento levemente. Aurora se echó a un lado para que no le salpicase la nieve y lo observó mientras se ponía en marcha, los perros emprendieron la carrera junto a él dirección a la casa de lo alto de la colina.