Mi ángel de la nieve 1 #3
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—La hay, hazme caso. Dame la mano y busca algo en lo que apoyarte —le dijo soltando el hombro y tendiéndole la mano que la chica agarró enseguida, pero no para alzarse, sino más bien como un apoyo que necesitaba. La oyó coger aire.

Maggie volvió a mirar hacia arriba y pudo verle al completo la cara, de manera clara, demasiado clara para estar en aquella penumbra.

—¡Dios! —La oyó gritar y entonces fue consciente de que su cuerpo se había resbalado.

Y vio la oscuridad completa bajo ella, giró el cuerpo como pudo y cerró los ojos. Oyó un golpe seco y el dolor en la espalda fue inmediato, también en la rodilla y en un pie. Había más salientes en aquella pared de roca que en el que estaba Maggie, y se los estaba clavando camino abajo.

La mano de Maggie se le escapó de la suya y un nuevo grito de la chica se oyó mientras la ligereza en su cuerpo se hacía real, seguía resbalando hacia abajo.

Su pie se frenó contra algo mínimo, pero al menos era algo para no seguir cayendo. Logró mantenerse pegada a la pared y alzó la mirada.

Maggie estaría a unos tres metros, quizás menos.

—¡Dios mío! —gritó la joven llevándose las manos a la cara—. ¿Qué he hecho?

—¿Tienes un teléfono? Pide ayuda.

—Aquí no funciona. —La vio sacarse algo del bolsillo y hacer luz—. ¡Dios!

El llanto de Maggie aumentó mientras alzaba la mano al aire y encendía una luz que parecía llegar al cielo. Una luz brillante y potente que nada tenía que ver con la de antes. La encendió y la apagó varias veces.

Aurora cerró los ojos, aquella luz molestaba a la vista y la hacía ver solo abismo. No quería ni ser consciente de que iban a ser los últimos minutos de su vida, posiblemente.

Dejó caer el cuerpo y la cara contra la pared helada, solo la sostenía un pie en aquel saliente que ni siquiera sabía si aguantaría su peso.

—Lo siento. —Oyó balbucear a Maggie—. Lo siento.

La joven había apoyado una rodilla en su saliente y se encorvaba para comprobar si podía llegar a ella. Pero lo único que hizo fue empujar nieve y arena que cayó sobre la cara de Aurora, que tuvo que cerrar los ojos.

—No te muevas —le gritó a Maggie.

Parecía mentira que fuese ella la que estuviese manteniendo la calma. Quizás porque aún no se creía que iba a caer al abismo. Y entonces se acabaría todo.

No estaba manteniendo la calma, realmente estaba sucumbiendo hacia un destino fatal porque no le quedaban más opciones.

Contuvo la respiración y entreabrió los ojos. Alzó la mirada y vio que Maggie volvía a estar en pie, y la miraba sin dejar de llorar.

Y tras Maggie pudo ver una luz brillante que le deslumbró la vista y tuvo que cerrar los ojos de nuevo.

—¡Bjorn! —La oyó gritar.

El pecho entero se le soltó espirando aire al escuchar su nombre, sin ni siquiera saber por qué. Quizás porque apareció un hilo de esperanza de que él consiguiese sacarla de allí. Y entonces entendió lo que había hecho Maggie con aquella luz. Llamar al guardabosques.

Al parecer no solo había bestias en la penumbra del bosque.

Abrió los ojos y el peso en ellos y la tirantez de la garganta fueron inmediatos. No había sido consciente realmente de lo asustada que estaba hasta ese momento.

Volvió a alzar la mirada y vio un montículo de abrigo y pieles bajando por el borde de aquel abismo oscuro, sostenido en el aire, como si estuviese flotando. Debía de estar sujeto a algo, quizás una cuerda fijada a algo que no podía resbalar.

—Sujétate, Maggie. —Lo oyó decir demasiado cerca.

No sabía cómo había podido bajar a aquella velocidad. Ni los arcángeles podrían caer tan rápido.

La luz amarillenta procedente de su ropa iluminaba su cara e hizo que Aurora se cruzase con los ojos del joven. Y con aquella forma perfecta de su cara.

Lo vio abrir los brazos para rodearla y se dejó caer en él abandonando por completo su cuerpo con una ligereza que por un momento no sabía si se debía a que estaba cayendo al abismo, o sujeta en el aire.

Bjorn le rodeó la cintura con algo tenso y se lo fijó atrás con algo que sonó a metal.

—Tranquila —le dijo cerca de su oído.

Y al oírlo fue consciente de la manera en la que se había lanzado al pecho de Bjorn y sintió cómo el bochorno le llegaba hasta las orejas.

Como una desesperada.

Y realmente lo estaba. Casi había aceptado su destino. Pero no lo quería. Prefería a Bjorn mil veces.

—¿Preparada? —le dijo él y ella le apretó el abrazo, a pesar de estar sujeta de la cuerda, le daba más seguridad su cuerpo enorme. Mucha más.

Asintió con la cabeza.

Se oyó cómo la cuerda se tensaba y comenzaba a tirar de ellos hacia arriba. Apoyó la mejilla en el hombro del chico y se atrevió a bajar la mirada.

Contuvo la respiración al ver lo que había bajo ellos.

No hubiese sobrevivido a eso.

La cuerda dejó de tirar de ellos, estaban en el saliente donde estaba Maggie sujeta a la cuerda, y Bjorn retiró uno de los brazos de ella para enganchar a ellos la cuerda de Maggie. La joven se agarró a Bjorn al otro lado.

Y se volvió a escuchar aquel sonido y las cuerdas se tensaron para alzarlos de nuevo. Cerró los ojos sin separar la mejilla de Bjorn.

Voy a hacerme con un aparato de luz como el de Maggie. Es un llamador de ángeles .

Y llegaron hasta arriba, vio que Maggie se soltaba de Bjorn y caía en la nieve bocabajo, retomando el llanto.

Aurora la observó un instante mientras recobraba el peso del cuerpo y a medida que lo recuperaba lo sentía engarrotado.

Bjorn tenía una rodilla apoyada en el suelo y ella estaba sentada de lado, sin soltarlo un ápice, como si sus brazos creyesen que seguían en el aire sobre aquel saliente.

—Disculpa. —Le dolían hasta los brazos de mantenerlos apretados a él. Los tuvo que obligar a soltarlo.

—¿Estás bien? —El joven se inclinó para mirarla la cara y ella asintió—. ¿Seguro?

Volvió a asentir. Le dolía algo la espalda y uno de los tobillos, el que mantuvo en el aire. Pero podía moverlo, solo había sido el golpe.

Los gemidos de Maggie hicieron que ambos la mirasen. Vio cómo Bjorn ponía una de sus manos sobre la espalda de la chica, que seguía bocabajo sollozando en la nieve.

— Ya ha pasado —le dijo él a Maggie, esta levantó levemente la cabeza sin mirarlo.

Para ella no ha pasado.

Aurora gateó hasta Maggie, Bjorn no le había soltado el mosquetón de la espalda, supuso que era porque aún no estaban en tierra firme y sin peligro.

Llegó hasta Maggie y le puso la mano en la nuca.

—¿Cómo habéis acabado ahí? —preguntó él quitándose los guantes.

Aurora vio cómo Maggie volvía a bajar la frente hasta la nieve, acabaría quemándose la cara más todavía entre las lágrimas y el hielo.

—Es mi culpa —se apresuró a decir Aurora, y vio cómo la chica alzaba la cabeza en un movimiento brusco—. No sé andar por aquí y no me tendría que haber adentrado en el bosque. Maggie intentaba cogerme.

—Pues muy mal por las dos —les dijo él poniéndose en pie—. Maggie tendría que haberme llamado desde el principio.

Entonces sí que es un llamador de ángeles.

—Habéis tenido suerte de que estuviese aquí cerca —añadió él—. Los perros han olido algo que…

Ese bicho. Lo han olido.

Aurora alzó la mirada hacia los árboles y pudo ver hasta una decena de ojos rojizos como los que la habían observado un rato atrás. Frunció el ceño observando a los perros, hasta los montículos eran similares.

—¿Qué era? —preguntó y vio cómo Bjorn la miró en un sobresalto.

—Has visto algo. —Volvía a acuclillarse junto a ella y sus palabras no sonaron a pregunta.

Aurora negó con la cabeza y bajó la mirada para observar a Maggie, que seguía entre sollozos casi inaudibles. No pensaba decirle que había huido de lo que fuera que fuese aquello como una pusilánime, por si era tan solo un zorro o cualquier cosa sin importancia.

Aun así, Bjorn pareció no creerla del todo, sin embargo no dijo nada más. Volvió a ponerse en pie y la joven lo observó mientras se levantaba del suelo.

Antes me parecía guapo, ahora me parece Dios directamente.

No podía ser objetiva en aquel momento.

—Vamos, Maggie —le dijo ella a la joven rodeándole la espalda para ayudarla a levantarse.

Maggie le lanzó una mirada desesperada, pero Aurora se inclinó cerca de su oído.

—Vuelve a casa y descansa hoy. Mañana nos vemos en la chocolatería. No estás sola. —Se encontró con los ojos azules de Maggie—. No estás sola, ¿vale?

La vio tragar saliva y dejó que la ayudase a incorporarse.

—¿Y qué demonios hacíais por aquí a estas horas? No sé para qué me molesto en colgar señales. —Bjorn miró hacia donde estaban ellas, o directamente a Aurora—. Ahora dime que no has visto ninguna.

Decirle que unos ojos rojizos brillantes le habían eclipsado todas las señales posibles que hubiese por allí, era delatarse sola.

—Lo siento —le dijo al chico.

Lo vio negar con la cabeza.

Maggie ya parecía poder andar. Aurora sin embargo miró sus pies. Había perdido uno de los esquís en la caída, justo el del pie que se frenó en el saliente. Quizás era el esquí lo que la había frenado al caerse. Fuera como fuese, había sido una suerte.

Tuvo que quitarse el otro, esperaba que tía Agnes tuviese de repuesto.

Vio una luz a lo lejos, redonda y amarillenta, como de una linterna. Pudo apreciar la silueta de Agnes a lo lejos, Bjorn se acercaba a ella.

Maggie cruzó una mirada con ella antes de seguirlo.

—Gracias —le susurró la joven.

Ella le quitó importancia con una sacudida de cabeza.

—Sería bueno que mañana le enseñases a tu sobrina las señales de peligro y las zonas que no se deben cruzar —le soltó Bjorn con cierta ironía seca.

Tía Agnes miró las cuerdas que iba recogiendo Bjorn y que estaban sujetas a uno de los árboles.

—¡Aurora! —Su tía se llevó una mano a la cara.

—Si llego a tardar unos minutos más… —Bjorn descendió del tronco del árbol—.

No siempre voy a poder llegar a tiempo. —Lo oyó protestar.

Vio que Maggie se soltaba el mosquetón y ella se apresuró a hacer lo mismo—.

Agnes, tienes que dejarle claras las normas.

Maggie podría haberse caído con ella. —Lo oía decir delante.

Aurora cruzó la mirada unos segundos con Maggie.