1 #2
Volvió a mirar la luz al otro lado, se había cruzado con otra más débil. No solo había una persona allí, sino dos. En cuanto dio unos pasos hacia las luces, lamentó haberse quitado los esquís. Cuando no corría, eran más que útiles y necesarios.
No había avanzado más de cinco o seis metros cuando su pie se hundió en algo blando bajo la nieve y la hizo caer al suelo. Esa vez de lado.
Y tuvo que rodar en el suelo para poder levantarse con tanta ropa, y hasta así solo logró ponerse de rodillas en el tercer intento.
—Qué torpe —resopló apoyando la planta del pie.
Miró atrás, el montículo ya no estaba allí. O la oscuridad lo había hecho desaparecer de la vista o ya el animal se habría marchado.
Solo quedaban las dos luces, una grande y una débil y pequeña. Y ambas estaban más cerca. Podía verlos iluminados por la luz amarillenta. Y enseguida sus rostros tomaron forma.
No conocía allí a casi nadie, pero a aquellos dos sí. Y frunció el ceño por la sorpresa de verlos juntos.
Era Maggie, si es que no tenía una hermana gemela. Con Hakum Viken.
Aurora había apoyado una mano en el suelo para alzarse de aquella postura inclinada. Pero su cuerpo se había bloqueado al ver la expresión de Hakum. No podía oírlo aún, no estaban tan cerca, pero por la forma en la que movía los labios, no le estaba diciendo a Maggie nada agradable.
Vio cómo la chica se retiraba de él un par de metros y se detenía. Y él se detuvo también.
Aurora entornó los ojos hacia Maggie, estaba llorando. Comenzaba a encajar la reacción tímida y hasta desconcentrada de la chica cuando Hakum había entrado en la chocolatería.
Maggie tenía las manos en la cara, pero aquello no había ablandado en absoluto a Hakum, que volvía a decirle algo, esa vez señalándola con el dedo.
Aurora gateó despacio hacia el tronco grueso de un árbol cortado y se quedó allí. El viento comenzaba a llevarle la voz de aquel Viken.
—Es tu problema. No el mío. —Le pareció escucharle.
Hakum se alejó de Maggie y siguió andando como si no hubiese dejado a nadie detrás.
Y quizás para él no habría dejado a nadie detrás. Hakum ya estaba a unos metros de Maggie, se oyó el motor de una moto de nieve.
¿Y va a dejar a esa criatura ahí sola?
Pero no sabía hasta qué punto para ellos un bosque nevado y solitario eran unas circunstancias a las que temer.
Vio cómo Hakum se alejaba en aquella moto de nieve mientras Maggie se había quedado inmóvil. Se sujetó al tronco cortado para ponerse en pie al fin.
Y yo aquí cotilleando, que no los conozco de nada.
Sintió un leve bochorno en la cara mientras se erguía. Volvió a sujetarse al árbol para ponerse los esquís. Esperaba que no fuese necesario correr otra vez.
Vio a Maggie dar unos pasos hacia el bosque, alejándose más de ella. Su llanto habría aumentado porque la vio con el cuerpo encogido.
—Qué le habrá hecho el hijo de puta ese —murmuró ella—. Todos los tíos son igual de cabrones, vivan en Milán o en el fin del mundo.
Maggie no se detenía, seguía perdiéndose en la penumbra, con los brazos cruzados mientras la leve luz que la alumbraba se apagaba.
Un crujido hizo que Aurora volviese la mirada atrás.
Dos ojos redondos que brillaban entre la nieve la observaban.
—El bicho este otra vez. —Volvía a estar agazapado en el suelo—. Y ya no llevo comida.
Y de nuevo tenía puestos los esquís. No podía correr.
Maggie seguía alejándose. Ni siquiera se atrevía a dar una voz y llamarla, porque pondría en alerta al animal y no sabía qué intenciones tenía.
Dio unos pasos hacia el lugar por dónde se había ido Maggie y volvió a echar la vista atrás.
El montículo seguía en su lugar. Así que aligeró el paso todo lo que le permitían aquel calzado y los esquís.
No sabía muy bien la razón, quizás porque el animal le daba miedo y Maggie no sabía que estaba allí, porque estaba oscuro o porque la había visto llorando, pero quería alcanzarla.
Volvió a avanzar y notaba cómo el suelo de nieve se ablandaba bajo ella. Tuvo que sujetarse a un árbol para no caerse.
Y el montículo seguía sin moverse, sin embargo hasta a aquella distancia, ya considerable, podía apreciar el brillo rojizo de sus ojos, dos esferas brillantes que no parecían ni pestañear.
Por donde se había ido Maggie solo había oscuridad, penumbra y más árboles ya menos salteados, estaba adentrándose en el bosque.
Y tía Agnes le había dicho que no se adentrase en el bosque. Prefirió no preguntar la razón, ya la imaginaba.
El viento le revoloteó el pelo y se ajustó mejor la capucha del mono. Solo esperaba que no comenzase a nevar de nuevo.
El suelo seguía ablandándose, si continuaba así ni siquiera aquellos esquís podrían sostenerla sin hundirse.
No veía a Maggie por delante, por detrás el montículo y los ojos brillantes se habían perdido también.
Era una temeridad seguir adentrándose cuando ni siquiera sabría volver. La sobresaltó un nuevo crujido. Esa vez a su izquierda, y la hizo bascular y caerse.
Los ojos brillantes se asomaban tras el tronco de un árbol, a unos metros de ella. Lo que fuese la había estado siguiendo.
Se puso en pie con una rapidez que le sorprendió y echó a andar entre saltos para aligerar más. Y avanzó sin parar, y esa vez sin mirar atrás hasta llegar a un claro.
Frenó de golpe, tan de golpe que volvió a caerse de boca. La nieve del claro parecía terminar en una oscuridad inmediata, como si después de acabar no hubiese absolutamente nada.
Gateó despacio hacia aquella línea negra que tenía tan solo a dos metros y se detuvo. La nieve terminaba en oscuridad donde no parecía haber nada, porque efectivamente no había nada. Al menos no a su altura, sino a decenas de metros más abajo.
Encogió las piernas y se sentó sin atreverse a moverse. No contaba con que el bosque tenía colinas y por eso formaba un valle. Jadeaba y volvió a escuchar un crujido atrás.
Giró el cuerpo en un sobresalto, pero no podía ver nada. Si aquellos ojos la observaban, estaban bien escondidos. Ni siquiera había sido capaz de recobrar el aliento.
Tanteó con la mano bajo la nieve, entendiendo que el suelo estaba inclinado. Era una suerte que la nieve de momento le frenase la caída, pero no era muy espesa y no podía confiarse.
Un gemido hizo que alzase la mirada y este rompió en llanto.
—¿Maggie? —dijo Aurora a media voz.
—¿Quién demonios eres? —La oyó responder.
Maggie debía de estar en aquella oscuridad, quizás más abajo, sobre algo que no podía ver.
—Aurora —respondió tumbándose en el suelo boca abajo, la única manera que tenía de acercarse al borde.
—Qué haces. Vete, vas a caerte —le dijo Maggie.
—¿Y tú no? —El suelo se acababa e introdujo la cabeza en aquella oscuridad.
Maggie estaba en un montículo de nieve a unos dos metros bajo ella. En la penumbra solo era capaz de verla en escala de grises.
—Qué más da. —La vio dejar caer la espalda en la pared de piedra helada.
Si Maggie resbalaba tan solo un tanto, caería al vacío absoluto del valle. No era el sitio más idóneo para pensar o llorar.
—Creo que sí da igual que te mates o no, sube —le dijo ella notando cómo su cuerpo iba resbalando poco a poco en la pendiente.
Joder.
Aquella parte de suelo bajo la nieve estaba muy empinada. Maggie no respondía, estaría llorando de nuevo, se hizo el silencio unos segundos mientras Aurora hizo caer nieve donde estaba Maggie al retroceder, así que se detuvo.
—Escucha —le dijo hundiendo sus manos en el suelo para no seguir resbalando hacia delante—, no sé lo que te habrá dicho ese gilipollas, ni lo chungos que son los Viken. Pero no merece la pena, hazme caso.
—No tienes ni idea. —Maggie seguía llorando.
—Sí que la tengo, será por tíos —añadió Aurora haciendo una mueca—. Aquí tendréis solo un puñado, pero vente a Milán, vas a ver como no merece la pena. Sube, anda —le repitió.
Pero sintió que el llanto de Maggie aumentaba.
—No puedo. —La oyó decir y frunció el ceño al escucharla.
—¿No puedes subir? —Su cuerpo basculaba despacio con la inclinación de la pendiente—. ¿Te has caído ahí?
No jodas.
—No. —El llanto de Maggie hacía que no pudiese ni hablar.
Ay, madre.
Aurora dejó caer la frente en la nieve. Ni siquiera sabía cómo iba a ser capaz de regresar atrás, aún menos de sacar de allí a Maggie.
Hasta con los ojos cerrados podía notar que su cuerpo seguía resbalando hacia delante.
—No lo entiendes —balbuceó la chica.
—Da igual que no lo entienda y da igual lo que sea —respondió Aurora—. Ningún hombre merece esto, Maggie.
—No puedo volver a casa —añadió la chica en un nuevo balbuceo y luego sus gemidos aumentaron.
Aurora volvía a tener la cabeza en la oscuridad, sin nieve ni tierra debajo. Pudo ver mejor a Maggie, apenas sus pies cabían en la porción helada que la sostenía para no caer.
La vio despegar la espalda de la pared e inclinarse hacia delante. Aurora fue rápida en alargar la mano y agarrarle la capucha.
—Nos vamos a caer las dos —le dijo Maggie pegando su espalda de nuevo a la pared.
—Pues sube conmigo. —Contuvo la respiración, el haber soltado una mano del suelo tenía sus consecuencias.
—Nos caeremos las dos, suéltame. —Maggie había levantado la cabeza para mirarla, tenía la cara completamente roja y quemada de haber llorado a la intemperie con aquel frío.
—No. —Tendría que estar loca, pero no era capaz de soltarla. Sintió el cuerpo tan ligero que casi creyó caerse ya por el terraplén.
—No puedes subirme, ¿sabes? —le dijo la joven y ella sabía que tenía razón.
—Pero puedo intentarlo. —Le soltó la capucha y le puso la mano en el hombro—. Y tú no debes pensar que nada es tan malo como para hacer esto.
Maggie bajó la cabeza hacia el valle.
—Estoy embarazada de Hakum Viken —dijo la chica y la voz se le volvió a quebrar.
Me cago en mi puta…
Ahora le repugnaba más lo que le había oído decir a Hakum.
—Mi padre me dijo que me alejase de él… —El pecho de la chica ni siquiera la dejaba terminar las frases al encogerse—. Y…
—Shhhh. —Le apretó el hombro—. Sube y verás como mañana lo ves todo con otra luz.
—No hay luz. —Maggie volvió a bajar la mirada.