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La casa de tía Agnes estaba a las afueras del pueblo, a mitad de una colina. Un sitio apartado y tranquilo donde la casa más cercana estaba a más de cincuenta metros.
No era grande, apenas dos habitaciones, un salón con cocina y un baño, una sola planta. Tenía un pequeño terreno alrededor y una construcción de madera donde probablemente hubo gallinas y otros animales en algún momento. Pero ya no había nada, solo tía Agnes.
Había pasado el temporal y ya podía salir fuera. La leve luz clara que había aquella mañana ya no estaba y era poco más del mediodía. Aunque tampoco pensó que aquello fuese la oscuridad completa de la noche, oscurecería aún más hasta que el paisaje no pudiese distinguirse.
Le gustaban la colina y las vistas que podría tener desde allí si hubiese más luz. Y aún más le gustaba el olor a madera quemada que había en el ambiente. Un olor que donde vivía no era muy frecuente, un lugar en el que la calefacción había sustituido por completo a las chimeneas.
Pero la casa de tía Agnes tenía chimenea en cada habitación, y una enorme en el salón que lograba mantener encendida todo el tiempo. Las alfombras, las gruesas cortinas y las ventanas fuertes protegían del viento y la nieve.
Se había cambiado de ropa, o más bien se había puesto más ropa bajo un mono que parecía guardar más el calor que el abrigo.
Tenía una capucha mullida con el interior y los bordes de pelo.
Una prenda que tía Agnes tenía desde hacía muchos años y que ya le quedaba tan ajustada que no le cerraba la cremallera.
Más de veinte años, decía.
Pero allí las prendas parecían seguir una única moda, resguardarse del frío. Conservaban la misma estética que las nuevas.
Podía apreciar el resto de casas por la luz y el humo. En cuanto se extendiese la oscuridad, parecerían estrellas rojizas a ras del suelo. Como parecía la casa más alta de la colina, la primera en perderse en penumbra entre aquellas montañas.
Ya tenía las luces encendidas y comenzaba a humear por distintas bocas que sobresalían del techo.
El guardabosques ya estaba en casa.
¿Y quién no con aquel frío?
Dio unos pasos torpes. Tía Agnes le había dado unas botas nuevas en las que se enganchaban unos esquís cortos que allí solían usar cuando se espesaba la nieve. Sabía que durante unos días, hasta que sus piernas se acostumbrasen, tendría unas agujetas terribles.
La moto de nieve no le supuso mucha dificultad, pero debía aprender a no meterla por suelos con demasiadas ramas bajo la nieve.
Se giró, había sentido a Agnes a su espalda, la mujer había echado un vistazo hacia la casa de la colina, luego le rodeó la espalda y la apretó contra ella.
—No sabes lo feliz que me hace que hayas venido —le dijo y Aurora sonrió—. Tanto tiempo sola hace que corra el riesgo de volverme insoportable —añadió y empezó a reír.
—¿Por qué no te quedaste en la casa junto a la chocolatería? —le preguntó. Era algo que le llamaba la atención. La chocolatería tenía una casa en la parte de atrás donde antes vivía su tía. Más atendida, con vecinos alrededor, el centro médico y mucha más luz.
—La soledad y la oscuridad tienen su encanto, ¿sabes? —respondió su tía.
El silencio se rompió con el aullido agudo y dramático de un lobo. Aurora encogió los hombros y cerró los ojos. No estaba acostumbrada a aquel sonido de un animal salvaje sin que entre ella y él hubiese rejas.
—Si tú lo dices… —Todavía con los ojos cerrados escuchó la risa de su tía.
—Eres de ciudad, te va a costar adaptarte. Este silencio hasta te dolerá en los oídos.
Aurora abrió los ojos y sonrió. Luego negó con la cabeza. El olor a chimenea del ambiente le estaba encantando y la invitaba a volver a entrar. Pero la ventisca se había disipado.
Volvió a mirar al frente, donde comenzaban unos pocos árboles y el camino hacia el resto de casas a un lado, y hacia la nada por el otro.
Se sobresaltó al ver dos círculos rojizos que parecían flotar en la penumbra.
—Shhhh —la calmó tía Agnes para que no se moviese—. Son zorros.
Volvió a mirar y los ojos rojos habían desaparecido.
—No deberían de acercarse tanto, pero este año los temporales han llegado demasiado rápido. Tienen hambre.
—Ha sobrado comida, ¿se la acerco? —preguntó Aurora y Agnes empezó a reír mientras se giraba para ponerse de cara a ella.
—A la gente de ciudad os encanta alimentar animales salvajes. —Dio unos pasos hacia dentro.
—¿Se puede?
—Mañana tendrías aquí a la mitad de zorros del bosque, y pasado mañana a la otra mitad también, y entonces el guardabosques te echará la bronca. —Seguía avanzando hacia la casa—. Pero tú misma. Si vienen lobos, luego no te quejes.
Aurora contuvo la sonrisa. Entró en la casa junto a su tía y cogió del frigorífico el recipiente de cristal donde habían guardado los restos de carne con verduras. Luego lo volcó en un trozo de cartón que tía Agnes tenía para abanicar la linde de la chimenea.
—No te alejes —le advirtió antes de que saliera.
—Se lo voy a poner ahí mismo —respondió Aurora asomándose a la puerta.
—Voy a la ducha mientras —le dijo su tía Agnes.
Aurora sonrió mientras encajaba la puerta. Le resultaba extraño que su tía no tuviese ninguna protección al cerrar más que la del frío. Supuso que allí no había más ladrones que los animales salvajes buscando comida.
Avanzó con aquellos esquís que tan solo ocupaban algo más que el largo de la bota, pero que evitaban que se hundiese en la nieve. Solo debía tener cuidado de mantener las puntas rectas, ya había comprobado lo que era volcarse hacia delante y caer.
Llegó hasta donde había visto al zorro y recorrió su alrededor con la mirada. Eran animales huidizos, no se acercarían estando ella allí.
Así que se inclinó para dejar el cartón en el suelo, sabiendo que si no se daban prisa, la comida se congelaría en un rato.
Un ruido hizo que se irguiese con rapidez.
Los zorros, los glotones y hasta los lobos tenían un pase en su cuerpo, pero la conversación de la policía con Bjorn sobre aquellos animales atacados, a pesar de que tía Agnes no le daba importancia, hacía que mirase la oscuridad con cierto recelo.
Volvió a ver los ojos rojos, a una distancia considerable. Dio unos pasos más para acercarse y que al animal le llegase el olor a la comida, aunque posiblemente ya la estaba oliendo.
Entornó los ojos hacia la penumbra en la que estaba el zorro casi a ras de la nieve. Siguió avanzando despacio y los ojos del animal brillaron rojizos con más intensidad, como si un foco lo estuviese alumbrando directamente y reflejase su luz.
Y los ojos parecieron alzarse en la nieve hasta un metro de alto.
Aurora se detuvo de inmediato y bloqueó todo el cuerpo. No era que fuese una experta en zorros, pero ese en concreto era demasiado alto.
Me cago en mi puta suerte.
Echó una pierna atrás y no se atrevió a apoyar el pie. Aún no dominaba aquellos esquís como para andar hacia atrás sin doblarse y caerse.
Así que quedó inmóvil mientras aquel montículo oscuro de ojos rojos parecía moverse.
Madreeeee.
Gritar allí en medio era para nada más que para hacer que el animal reaccionase mal. El calor por dentro del mono fue inmediato y tan intenso que parecía que había echado troncos ardiendo de la chimenea dentro de él.
El montículo se hizo aún más grande, quizás se estaba acercando, y pudo ver mejor su pelaje.
Entornó los ojos, por un momento pudo apreciar la forma de su cara. No era un zorro, su mandíbula era más sobresaliente, más fuerte, aunque la forma del pelo alrededor de la cara pudiese confundirla.
No era un zorro. Como poco sería un lobo.
Pero los lobos nunca se acercaban a nadie. Eso decían.
Tragó saliva, el cuerpo entero se le aligeró presa del pánico, preparado para correr. Pero era imposible correr en aquel terreno y con aquellas botas y los esquís.
El montículo se detuvo y los ojos bajaron de nuevo a ras de la nieve. Lo que fuese aquello se habría agazapado.
Y yo tengo que salir corriendo de aquí.
Pero no podía correr con los esquís. Tampoco podía andar hacia atrás, se caería de espaldas. Así que solo podía desplazarse hacia un lado, despacio y sin perder de vista el montículo con los dos ojos redondos.
Dio un paso y un segundo, y un tercero. Siguió hasta que se hubo alejado del montículo unos metros hacia la derecha.
Contuvo la respiración y se detuvo. El montículo se movía sin alzarse. Lo que fuese estaba reptando en su dirección.
Mierda.
Bajó la mirada hacia sus manos. Debía ser el olor a la comida. Resopló el aire que había contenido y se inclinó con cuidado para dejarla en el suelo, la única manera quizás de que aquel bicho perdiese su interés en ella.
Se incorporó de nuevo y siguió desplazándose hacia la derecha hasta alcanzar el tronco de un árbol. Se sujetó a él para desenganchar los esquís de las botas y sacarlos. Medían tan solo un par de palmos, pero no podía correr con ellos.
Los cogió con una sola mano y alzó la mirada hacia el montículo.
Volvió a moverse, esa vez irguiéndose. Aurora se dio media vuelta y dio unas zancadas, a la tercera su pie se hundió demasiado y la hizo caer.
No miró atrás, se puso de pie con rapidez y siguió avanzando, algo sonaba tras ella.
El animal se estaría acercando a la comida. Tenía que alejarse de allí.
Volvió a dar zancadas a saltos, guardando el equilibrio. El calor del esfuerzo y del miedo dentro de aquel mono parecía abrasarle el cuerpo.
Llegó hasta otro árbol y vio la luz de una linterna en la penumbra un poco más adelante. El animal y ella no estaban solos.
Miró hacia atrás, pero solo logró apreciar una cola frondosa a ras de la nieve. De nuevo aquello parecía un zorro. Frunció el ceño, por un momento pensó que el tamaño o la forma de otro tipo de animal había sido producto tan solo de su propio miedo.
Pero no, la cola era más grande que la de un zorro. Quizás sería un lobo pequeño. Ladeó la cabeza, los glotones de los que tanto le hablaba su tía y por los que tenía que blindar el cubo de la basura tampoco tenían aquel tamaño.