Preámbulo #4
La nieve pareció haber dejado de caer unos instantes.
Sintió cómo el peso de la canasta se disipaba, Bjorn había metido una mano debajo y ya no la sostenía ella, pero seguía sin soltar el asa.
Enseguida soltó la canasta y desvió la mirada.
Qué vergüenza.
Ella, que había trabajado en una avenida de lujo y estaba acostumbrada a hombres elegantes de todo tipo, incluso famosos, acababa de petrificarse unos segundos por un guardabosques de un lugar perdido.
—Tu tía me dijo que pasarías aquí un tiempo. —Lo oyó decir y tuvo que mirarlo de nuevo.
Ya Bjorn había cogido la canasta y no estaba tan cerca.
—Hasta que pueda montarme en algo que me lleve de vuelta, supongo —respondió ella y lo vio sonreír con una dentadura que bien hacía juego con el paisaje. Ya se alejaba de ella.
—Si cambias de opinión, aún habrá autobuses un par de días —le dijo él pasando por el lado del perro blanco, que seguía con los ojos clavados en ella, aunque su dueño ya le daba la espalda.
Bjorn se detuvo en el perro y volvió la vista atrás hacia ella de nuevo, conteniendo la sonrisa.
—¿Debo desconfiar de que él me mire así? —preguntó dando unos pasos atrás ya para regresar.
—Ella —respondió Bjorn ampliando la sonrisa.
Solo una mujer mira de esa manera, tonta de mí que no había caído en eso.
—No —añadió él—. Solo es porque no te ha visto nunca y posiblemente hueles a cosas que quizás tampoco haya visto nunca.
Bjorn le pasó la mano por la cabeza y vio cómo la perrita inclinaba las orejas hacia atrás mientras alzaba el hocico para mirarlo, esa vez redondeando los ojos, o eso parecía, tomando una expresión dulce que nada tenía que ver con la que le había dirigido a ella.
Ohhhh, Bjorn es suyo. Me encanta.
—Se llama Sila —le dijo él. Aurora tuvo que bajar la mirada, uno de los perros gris y blanco había llegado hasta ella y le olía las rodillas. Trató de acercarle la mano a la cabeza, pero el perro la esquivó para que no lo rozase mientras acercaba su nariz negra a los dedos de Aurora.
Debo de tener olor a algo que les llama mucho la atención.
—Ese es Zuko —dijo Bjorn—. Estos son Zor, Max y ese de ahí es Blum.
Aurora alzó la mirada, Blum era uno de los marrones y blancos, los de la nariz que parecía de chocolate. Tenía además un ojo azul y otro marrón.
Una única mujer y cinco machotes. Ahora voy entendiendo mejor las miradas.
Sila se había levantado y seguía a su dueño, pero se giró unos segundos para mirarla a ella.
Que sí, que ya me voy.
Contuvo la sonrisa mientras se daba media vuelta para regresar a la chocolatería. El llevar el abrigo abierto significaba que se le comenzase a congelar el pecho. Se metió las manos por dentro de las mangas, o no las volvería a sentir hasta pasadas horas.
Lo pies se le volvían a hundir en la nieve a cada paso. Pero llegó hasta la puerta de la chocolatería. Sonaron las campanillas antes de que pudiese abrirla, se detuvo al ver a tía Agnes saliendo de allí.
—¿Ya? —preguntó la mujer.
Aurora frunció el ceño al mirar la expresión irónica de su tía.
—Sí, ya —respondió.
Sintió el sonido de la moto de nieve de Bjorn a su espalda, habría atravesado la calle y se alejaba de nuevo. La sonrisa de su tía se amplió.
—Te tendré que enseñar a conducir una de esas. —Tía Agnes le dejó paso para que volviese a entrar.
El calor del interior hizo que volviese a sentir la cara con un extraño quemazón. Las campanas volvieron a sonar y sintió un golpe en la espalda que la hizo dar un traspiés hacia delante.
Miró tras de sí.
—¡Vilma! —Oyó decir a tía Agnes con cierto tono de reprimenda.
—Lo siento —dijo una joven de una edad similar a la de Maggie, unos cuantos años menos que ella. Tenía el pelo tan claro como lo había tenido en su juventud la tía Agnes.
—¿No está aquí Bjorn? —preguntó a la vez que entraba otra joven de la misma edad, pero con el pelo un poco más pajizo. Vilma hasta se alzó de puntillas para recorrer el salón con la mirada por encima del hombro de Aurora.
—Acaba de irse —le dijo tía Agnes.
Vilma cruzó una mirada con su amiga y ambas salieron de allí. Las campanas sonaron esa vez con poco ritmo.
—¿La novia? —preguntó Aurora en un susurro.
—No. —Tía Agnes encogió la nariz—. Y nunca me ha dicho que tuviese novia. Pero los Viken suelen estar muy solicitados por aquí.
¿Y no tiene novia? No me lo creo.
—Agnes. —Era la voz de Maggie.
Ambas se giraron para mirar a la joven. Aurora pudo apreciar las pecas en la nariz de la joven, que le daban un aspecto de muñeca hermosa.
—No me encuentro bien —le dijo la chica bajando los ojos.
Vio que su tía la observaba unos instantes.
—¿Has ido a ver al médico? —le preguntó y Maggie negó con la cabeza.
—Pues deberías haber ido ayer. Coge tus cosas y ve ahora mismo. —Su tía miró la hora—. Te da tiempo antes de que el médico se vaya a comer.
La chica asintió y se alejó de ellas dirigiéndose hacia una puerta verde del fondo, y se perdió tras ella.
—Y nosotras vámonos a casa —le dijo a ella cogiendo su abrigo.
Aurora miró a través del cristal de la pared de la chocolatería. Comenzaba a nevar de nuevo.