Preámbulo #3
Dirigió la mirada de nuevo hacia el joven, que les daba la espalda sentado en la barra. Vio que tía Agnes acercaba una mano hacia ella.
—Vas a meter la trenza en la taza. —Apartó la trenza de pelo dorado oscuro de Aurora. Siempre tuvo demasiado pelo, grueso y en cantidad. Las trenzas parecían cuerdas gruesas. Un peinado que no solía llevar en Milán, pero que para el viaje no se lo pensó dos veces.
Volvieron a sonar las campanillas que precedían la entrada de alguien. Esa vez dos policías y varios hombres de una edad cercana a su tía la saludaron enseguida.
—Es mi sobrina Aurora, va a pasar aquí el invierno —les dijo.
—¿Estás completamente segura? No hay vuelta atrás, eh —le dijo el hombre, y rieron varios de los que lo acompañaban.
Sus voces hicieron que Hakum se girase en su banqueta para mirarlos.
Y volvió a abrirse la puerta. Reconoció enseguida el abrigo de tonos marrones claros y pelo a pesar de haberlo visto tan solo unos segundos. Apartó la mirada de inmediato de él, aunque estaba deseando verlo de cerca.
—Bjorn —le dijo uno de los policías—. Estábamos buscándote.
Vio que tía Agnes los miraba de reojo mientras se quitaba el abrigo.
—No podemos permitir que se acerquen al pueblo otra vez —le dijo uno de los policías.
—Ya os he dicho que la manada está muy arriba, en las cuevas de los montes, y que ya deben estar invernando. Es imposible que sean ellos —respondió Bjorn casi sin mirarlos y dirigiéndose hacia la barra.
—¿Entonces qué es lo que se come al ganado? —preguntó con tono burlesco otro de los policías—. Tienen que ser ellos.
Aurora frunció el ceño al escucharlos y miró a tía Agnes, abriendo los ojos todo lo que le permitieron sus párpados.
—¿Sabes que las leyendas de las bestias de las nieves allí de donde yo vengo dan mucho miedo, verdad? —le dijo a tía Agnes con ironía y esta empezó a reír, pero luego le negó con la cabeza.
—No hay bestias extrañas por aquí —aseguró, y volvió a atender la conversación de los hombres.
Aurora dirigió la mirada también hacia ellos. En ese momento sí tenía a Bjorn de frente, aún permanecía sentado en la banqueta.
Bjorn se había quitado aquel gorro con orejeras y le había dejado el pelo alborotado, por un momento fuera le había parecido que lo tenía más largo, pero no, solo era abundante y le rodeaba la cara al completo en mechones despuntados.
Un flequillo tan abundante como el resto del pelo se abría con un remolino a un lado de su frente, haciendo más intenso el color de sus ojos.
Ni su rostro ni su semblante transmitían la rudeza que esperaba de un guardabosques.
Todo lo contrario, quizás la forma de diamante del óvalo de su cara, acabada en una barbilla sobresaliente con un hundimiento justo en el centro y no muy marcado, dulcificaba su rostro sobremanera.
Que sería el más guapo del pueblo no lo dudaba. Lo sería hasta en la avenida lujosa de Milán donde ella había trabajado si se le aligeraba el cuerpo de tanta ropa.
—Andrei se está quedando sin gallinas. —La voz de Hakum, que seguía en el otro extremo de la barra, hizo que todos dirigiesen la mirada hacia él—. Aleja a ese glotón de los gallineros de una puta vez.
Vio que Bjorn miró a Hakum un instante y luego desvió la mirada hacia otro lado, ignorando sus palabras. Pero Hakum se levantó de la banqueta dejando caer el periódico en la barra.
—No creo que tengas mucho más que hacer. Así que lo poco que hagas, hazlo bien.
Este tiene que ser el chulo del barrio o algo.
Aurora miró a Bjorn de nuevo, a ver si iba a responderle algo. Pero no lo hizo.
Hakum se puso su abrigo y se dirigió hacia la puerta. Sonaron las campanillas de nuevo.
Vio que tía Agnes había bajado la cabeza también.
—¿Y a ese qué le pasa? —Aurora probó el chocolate. Estaba ardiendo, pero aun así le notó el sabor perfecto. De inmediato la hizo entrar en calor.
El abrigo comenzaba a sobrar.
—Lo mismo que a todos los Viken —respondió tía Agnes—. Ya te lo he dicho antes.
—Los que manejan el pueblo, ya. —Volvió a probar el chocolate. Cada vez sabía mejor.
—La mayoría de trabajos dependen de ellos. Y nadie quiere quedarse sin trabajo en un lugar como este.
Aurora miró a Bjorn de nuevo, los policías se habían acercado más a él y no podía escucharlos. El chico les daba la espalda otra vez, tomaba algo de una taza con abundante humo.
—¿Y eso les da derecho a tratarlos mal? —preguntó Aurora poniendo la taza en la mesa.
—No suelen tratar mal. —Tía Agnes hizo una mueca—. Solo hay que intentar no entrometerse con ellos.
—¿Y ese se ha entrometido con ellos?
Tía Agnes se giró para mirar al guardabosques unos segundos.
—Es diferente —respondió, mirándola a ella—. Bjorn es su hermano.
Aurora alzó las cejas. Eso sí que no lo esperaba.
Hakum tenía un semblante altivo y hasta soberbio aun antes de haber hablado al guardabosques de aquella manera.
Pero Bjorn rotundamente no, de hecho pensaba que sería el hijo de cualquier trabajador del pueblo y por eso no se atrevió a responderle como se merecía aquel idiota.
Dirigió la mirada hacia el guardabosques de nuevo, que ya se retiraba de la barra y se dirigía hacia la puerta.
Se oyeron las campanillas y esa vez el sonido se cruzó con un silbido agudo. Pudo ver por el ventanal cómo uno de los perros acudía con aquella carrera a saltos.
—Maggie, ¿le has dado el almuerzo a Bjorn? —preguntó tía Agnes.
Aurora vio cómo la joven abrió la boca, se le había olvidado. No sabía bien si la razón era la presencia de aquel Hakum Viken que era evidente que por lo que fuese, la había desconcentrado.
Tía Agnes se levantó y se dirigió hacia la barra, Maggie se inclinó bajo esta y sacó lo que parecía una pequeña canasta y la dejó encima.
Aurora se puso en pie y se dirigió hacia el cristal que ocupaba toda la pared de enfrente y por el que se veía la calle. Bjorn ya había llegado a la moto de nieve.
—Aurora —la llamó tía Agnes—, ve y lo alcanzas —le dijo dándole la canasta. Abrió la puerta y le empujó el hombro para que saliese fuera con un nuevo sonido de campanas.
No fue hasta que se vio fuera de la chocolatería cuando fue consciente de que ni siquiera tenía abrochado el abrigo. Y estaban cayendo finos copos de nieve que le congelarían las manos sin guantes.
Aquí muero yo un día próximo.
Se echó la capucha sobre la cabeza y miró hacia donde estaba el chico. Ya habían acudido a él los perros, contó cinco, dos marrones y beige , dos grises y beige , y el que era casi blanco. Bjorn apenas estaba a unos diez metros. Comenzó a echar los pies a andar, pero era imposible andar rápido.
En cuanto el perro blanco la vio acercarse, se colocó justo en su trayectoria, a un par de metros delante de su dueño, y se sentó en el suelo para mirarla con la misma curiosidad con la que lo había hecho antes.
Su gesto llamó la atención de Bjorn y de alguna manera, lo avisó de que ella se aproximaba a ellos.
Y esa vez, además de recibir la mirada azul en mitad de la nieve del perro, recibió también la del dueño.
Que todas las tareas aquí sean como esta, darle la canasta del almuerzo a un guapo. Y casi que ni importaría la nieve.
Contuvo la sonrisa mientras sus botas se hundían en la nieve, por esa parte mucho más espesa que por el centro de la calle. Ya no se escuchaban los gritos de los escolares, habrían vuelto a clase.
Él hizo parte del recorrido hacia ella, pasando por delante de su perro blanco, que no se había movido un ápice con los ojos fijos en ella.
—Se me había olvidado, lo siento —le dijo él inclinándose para coger la canasta.
Y pudo verlo de cerca. Enseguida toda su atención se fue hacia la barbilla del joven, fina, levemente sobresaliente y con aquel hundimiento en el centro, como si alguien le hubiese apretado con la yema de un dedo.
Su piel era blanca, todo lo blanca que podría ser una piel que vivía meses sin sol, como la de todos allí.
Tenía las mejillas anaranjadas y aún más anaranjados los labios, y todo ello hacía un contraste absoluto con el azul de sus ojos.