Mi ángel de la nieve Preámbulo #2
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Preámbulo #2

Aurora la observó unos instantes antes de seguirla con la otra maleta. Rodar aquello por allí suponía un esfuerzo considerable.

—Largo —respondió ella tras Agnes.

—Entonces vamos a parar aquí —le dijo señalándole una de las casas, más grande que el resto. Agnes le guiñó un ojo.

Aurora alzó la mirada. La conocía por fotos y recordaba que cuando la miraba le parecía mentira que existiese en algún lugar remoto. La chocolatería de tía Agnes.

Pensar en el dulce mezclado con el calor hizo que se le erizase la piel. Sonrió.

—Tengo curiosidad por saber qué traes en la maleta —le dijo su tía deteniéndose para esperarla. No era fácil andar con los pies hundiéndose uno tras otro.

—Ropa de abrigo —respondió ella alzando lo que pudo la maleta que llevaba. A pesar de la edad, su tía parecía estar más en forma que ella.

—No me refiero a estas maletas —respondió su tía y Aurora alzó las cejas—. ¿Cómo una joven de Milán decide acabar en un lugar como este en pleno invierno? —añadió y Aurora bajó la cabeza—. ¿Qué te ha pasado, Aurora?

Oyó unas pisadas cerca de ellas y se giró. Una mujer de la edad de tía Agnes y con vestimenta llamativa de pelo y neopreno las rebasaba, vio en sus pies una especie de esquís cortos. Parecía más fácil andar con ellos que simplemente con las botas. Saludó a su tía y esta alzó la mano.

Luego Agnes la miró a ella, esperando respuesta. Aurora no le había contado una palabra, solo que pasaría el invierno allí.

Una alarma tipo campana hizo que se sobresaltase.

—La hora del desayuno del colegio —sonrió tía Agnes.

Aurora se giró, la campana dejó de sonar.

—¿Hay un colegio aquí? —preguntó, y tía Agnes empezó reír.

—¿Qué crees que es esto?

Aurora hizo una mueca y sintió el bochorno en la cara. Pensaba realmente que no habría nadie allí que no fuesen ancianos.

La risa de tía Agnes se hizo sonora en un par de carcajadas. Volvió a darle la espalda para dirigirse hacia la chocolatería.

—Ese novio tuyo no ha venido, es que ya no está, ¿verdad? —La oyó decir.

—No. —Se apresuró a seguirla.

—Lo del trabajo no consigo ponerlo en pie —añadió su tía—. Una tienda de lujo en la mejor avenida de Milán… —decía casi para sí—. Te han debido de despedir. No estás tan loca como para dejar un trabajo así. —Se giró hacia ella—. ¿Me equivoco?

—No te equivocas. —Unos ladridos de perros hicieron que Aurora se pegase la maleta al cuerpo mientras giraba la cabeza.

Cinco perros de pelaje abundante corrían a saltos por la nieve. Uno de ellos, el único de pelaje blanco, se detuvo como si alguien lo hubiese llamado y dirigió sus ojos hacia ella. Tenía los ojos tan azules que podía apreciarlos desde aquella distancia.

El gesto del can hizo que otro de los perros, de pelaje marrón chocolate y beige , se detuviese también para mirarla a unos metros. Como si estuviesen esperando a que diese un paso adelante.

Aurora contuvo la respiración con el descaro de aquellos animales.

Había visto más perros de aquella raza en Milán, eran los perros que solían arrastrar trineos en otras épocas y lugares, pero los que había visto le parecieron más pequeños en altura y más delgados, o quizás porque tendrían menos abundante el pelo.

Aquellos eran tan grandes que parecían lobos.

El marrón había bajado la cabeza sin dejar de mirarla con un ojo azul y otro oscuro, completamente al acecho. Los otros tres habían seguido su camino a saltos.

—¿No te darán miedo, no? —Tía Agnes se inclinó hacia ella y tiró de su brazo para que siguiese andando.

Aurora se dejó llevar unos pasos sin perderlos de vista. El blanco hasta se había sentado para seguir mirándola.

Se oyó un silbido agudo que hizo que los animales cortasen el contacto con ella. Y un segundo silbido que a pesar del sonido del autocar marchándose y de los transeúntes, podía apreciarse perfectamente.

El perro marrón se había girado por completo hacia el otro lado, pero el blanco tan solo había movido la cabeza hacia donde provenía aquel sonido. Y ella siguió con la mirada la dirección que marcaba su hocico.

Era alto, mucho más que ella, tampoco eso era difícil. Llevaba un abrigo de esos que combinaba el pelo con telas como la señora que había pasado por su lado momentos antes. Podía verle el pelo castaño bajo un gorro con orejeras, tipo aviador, que cargaba algo de una moto de nieve.

Los tres perros que habían echado a correr regresaban hasta él con los mismos saltos con los que se habían marchado. Incluso el perro marrón de los ojos de dos colores, se encaminaba despacio hacia él.

Pero el blanco seguía sentado sin moverse un ápice, solo observando. Y Aurora volvió a encontrarse con los ojos azul claro del perro.

—¡Sila! —Pudo oír el nombre claramente en una voz masculina firme.

Aurora contuvo la sonrisa.

Sila pasa de él. Prefiere seguir cotilleando a la forastera.

Pero él tampoco pareció hacerle caso al perro y la moto de nieve comenzó a emitir un extraño rugido.

Aurora y tía Agnes llegaron al otro lado de la calle atravesando la hipotética carretera, si era que la había bajo aquella nieve. Los niños ya habrían salido al patio del colegio, podía escuchar sus voces, que se cruzaron con el ruido del motor de aquel aparato.

Oyó un ladrido de perro. Uno de ellos, que iba junto a la moto de nieve, había alertado al perro blanco que se había puesto en pie.

Aurora miró tras de sí. El chico de la moto tendría más o menos su edad, de lejos no había podido apreciarlo. Tampoco apreció que tuviese exactamente el mismo color de ojos que aquel perro blanco.

Se sobresaltó cuando Sila pasó veloz entre ella y tía Agnes para alcanzar al resto de perros alrededor de aquel joven antes de que lo dejasen atrás. Su tía se inclinó hacia ella riendo.

—Nuestro guardabosques, Bjorn —le dijo tía Agnes—. Y si te preguntas si todos los de aquí son así, ya te adelanto que no. Es el más guapo del pueblo.

Aurora apretó los labios para no reír con el comentario de su tía, que hizo una señal para que entrase con ella en la chocolatería.

—Ahora cuéntame qué ha hecho ese gilipollas de Milán. —Abrió la puerta.

Aurora hizo una mueca antes de entrar.

La chocolatería tenía una dimensión reducida, en las fotos la apreciaba más grande.

Entera recubierta de madera, con algunas mesas y sillas que combinaban la madera, el verde oscuro y el rojo.

Una barra al fondo, una vitrina con dulces caseros, y una chimenea a cada lado de la pared.

Pero lo mejor de aquel lugar no podía verse en las fotos, el olor a chocolate con buñuelos.

El estómago le rugió enseguida.

—Ella es Maggie —le dijo su tía cogiendo el brazo de una joven—. Una de las chicas de la chocolatería.

Maggie tenía el pelo tan rubio como una vez lo tuvo su tía Agnes. Luego señaló a la barra, donde había otra mujer, no tan joven como Maggie, con una trenza dorada y gruesa.

—Y ella es Sam —añadió tía Agnes—. Ya se encarga de la chocolatería casi al completo.

Aurora les sonrió a las dos. Siempre pensó que únicamente su tía se dedicaba al negocio y hasta pensó en ayudarla el tiempo que estuviese allí. Pero ya veía que tía Agnes tenía ayuda.

—¿Chocolate? —le preguntó Maggie y Aurora asintió.

Tía Agnes la llevó a un lateral donde estaba una de las chimeneas. Había un señor en otra mesa leyendo el periódico.

—Ahora cuenta, ¿qué te ha hecho salir huyendo de Milán? —Se apoyó en la mesa y sonrió con picaresca—. Nunca te interesó este pueblo lo más mínimo, y de toda la familia eras la última que me imaginaba aquí.

Maggie no tardó en llegar a la mesa con el chocolate, un café humeante para la tía Agnes y un plato con varios dulces pequeños.

—Cómo huele esto, diossss —dijo Aurora introduciendo la cuchara en el chocolate más espeso que había visto nunca.

Luego miró a la tía Agnes—. Iba a casarme, incluso teníamos un apartamento que estábamos preparando —sonrió como si fuera imbécil—.

Y un día me dijo que había conocido a otra.

—Removió algo más el chocolate—. El trabajo lo perdí poco después.

Iban a abrir una tienda nueva y quedaba vacante la dirección de mi tienda.

Hice las pruebas con otra compañera, la eligieron a ella y cuando fue mi jefa, me despidió.

—Hizo una mueca—. Ahora no tengo novio, no tengo apartamento ni trabajo.

Cogió aire por la boca y lo echó de golpe.

—No reconozco mi vida. —Miró a través del cristal, comenzaba a nevar—. Y aquí estoy.

Miró a tía Agnes, que sonreía escuchándola.

—En un lugar perdido del mundo —dijo su tía—. Buen lugar para desaparecer.

—¿Por eso te viniste tú aquí? —preguntó y tía Agnes negó con la cabeza.

—Ya viví por aquí antes, pero eso ya lo sabes —le respondió y Aurora asintió con la cabeza.

Sabía que tía Agnes había vivido en otro de los pueblos cercanos antes de conocer a su tío. Incluso estuvo casada, un matrimonio fugaz de unos pocos meses con final trágico, su primer marido quedó atrapado en una nevada en los bosques.

La puerta de la chocolatería se abrió tras el sonido de unas campanillas. Aurora estaba de espaldas a la puerta, así que no podía ver quién había entrado, pero la reacción de Maggie bajando la cabeza y desviando la mirada le llamó la atención.

—Hola, Hakum.

La voz de su tía hizo que tuviese que mirar al chico. Era alto, de pelo rubio y algo de barba más oscura. El joven saludó con la mano y se encaminó hacia la barra, donde Sam parecía conocer qué solía tomar.

Aurora volvió a ver la reacción de Maggie, que parecía querer escabullirse de alguna manera de la barra.

—Este es hijo de uno de los… —Tía Agnes susurraba e hizo un ademán encogiendo los dedos—. Que manejan aquí el pueblo. La mayoría de terrenos son de su familia.

—Ah. —Aurora se inclinó para ver tras su tía, que había hecho una mueca de desagrado.

—¿Y son gilipollas? —preguntó ella en otro susurro.

Tía Agnes alzó las cejas.

—No exactamente, y sí. Pero cuando la mayoría de los de aquí dependen de ellos, no es bueno llevarles la contraria —le respondió la mujer y Aurora asintió con la cabeza.