Mi ángel de la nieve Preámbulo
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Mi ángel de la nieve

Mi ángel de la nieve

Por Noah Evans

© inepub.com

Preámbulo

Hacía cinco años que Aurora no veía a la tía Agnes.

Ella siempre bajaba al sur del continente para visitar a la familia, incluso había pasado en su casa en alguna ocasión los meses más duros del invierno porque aquel pueblo remoto noruego en el que vivía quedaba aislado prácticamente todo el invierno y a su madre le preocupaba.

La tía Agnes no tenía más familia que ellos.

El autobús había hecho una parada en otro de los pueblos, pero esa vez Aurora no se atrevió ni a bajar. Aún no había amanecido, así que el frío era notable. Más cuando ella estaba acostumbrada a otras temperaturas.

Debería haber sido todo terreno en cuanto al clima, pero no lo era.

Nació en Madrid, hija de un madrileño y de una noruega.

Pero la farmacéutica en la que trabajaba su padre los llevó al poco tiempo a una ciudad francesa, luego a Alemania, para acabar en Milán.

Allí pasó la mayor parte de su vida, salvo cuando viajaban a Noruega a visitar a su familia materna al sur del país.

Sin embargo, aquel pueblo en el que vivía tía Agnes solo quedaba en su memoria por las postales y los peluches de reno que Agnes le llevaba cada Navidad.

A ratos sentía que hacer aquel viaje era una decisión de riesgo poco meditada si lo que le esperaba era lo mismo que entraba por la puerta del autobús. Sacudió hasta los hombros, por suerte el conductor la cerró en cuanto bajaron los viajeros que querían salir.

La noche había sido extraña. Primero las horas de avión, luego un tren y ahora el autobús con el que haría lo que quedaba de camino, aquel que en pocas semanas, quizás dos, ya no tendría forma de vuelta.

Era primeros de diciembre, comenzaba lo más duro del año en aquella zona entre fiordos.

Zonas heladas, aisladas y con poca posibilidad de moverse. Nada que ver con Milán.

O eso era lo que le contaba tía Agnes en sus cartas. Solo cartas. A tía Agnes no le gustaban los adelantos tecnológicos.

Todavía no sabía bien el por qué se le había pasado por la cabeza aquella locura. Hasta hacía apenas dos meses había tenido un buen trabajo en Milán, en una tienda de firma de lujo. Y hacía cuatro, un novio con el que pensaba casarse.

Quizás fue eso, el hastío y algo más. Estaba empezando a hundirse. Durante un tiempo tuvo planificada una vida perfecta y un proyecto de futuro, personal y profesional, y se le había desmoronado delante de sus ojos en demasiado poco tiempo.

Apoyó el codo en el borde que delimitaba el cristal y se dejó caer. Llevaba tantas horas sentada en sillones que ya no sabía cómo colocar la espalda y el culo. Necesitaba una cama con urgencia. Y un fuego.

De nuevo la puerta se abría y subían los viajeros. Ya le dolían hasta las orejas de llevar los auriculares. Allí tendrían poca utilidad, pensaba que aquellos pequeños aparatos pudiesen congelarse hasta debajo de un gorro.

Tía Agnes le dijo que solo llevase ropa, que no necesitaría nada más. No necesitar nada era relativo para ella, que estaba acostumbrada a tener todo a su alcance en una ciudad como Milán. A medida que el autobús se adentraba en zonas cada vez más remotas, la ansiedad aumentaba.

Aquello estaba más lejos de lo que creía. Y seguía sin amanecer.

Miró el reloj de su móvil. Lo mismo no se había cambiado la hora por algún error.

—Disculpe —le dijo al señor que estaba en el asiento de atrás—. ¿Tiene hora?

—Las diez —le respondió el hombre con una sonrisa.

Aurora miró a través de la ventana un instante.

—¿A qué hora amanece? —lo dijo casi en un murmullo.

Y el hombre alzó las cejas.

—¿Estás de broma? —replicó el hombre con voz tosca.

—Gracias por la hora —se apresuró a decir, y se giró hacia el frente de nuevo.

Ella solo conocía, y poco, el sur del país.

Y yo he venido a quitarme la depresión.

Siempre escuchó que el sol tenía que ver mucho con los estados de ánimo. Y allí no lo encontraría.

Sin amigas, sin más familia que la tía Agnes que ya le resultaba lejana, en un lugar aislado y sin escapatoria posible. Y seguramente hasta sin señal en el móvil.

Los arrebatos en medio de un desánimo absoluto nunca eran buena idea. Pero ni sus padres ni sus hermanas le habían quitado las ganas. Tampoco sus amigas, aunque estas estaban ya apartadas y dedicadas a sus vidas, una vida social de la que ahora se sentía descolgada. No las culpaba.

El autobús dio un frenazo brusco y tuvo que sujetarse con las manos en el asiento de delante para no golpearse.

—Joder. —Se inclinó en la ventana para ver qué había pasado. Frunció el ceño al ver una familia de renos pasando tranquilamente por delante del autobús.

Pestañeó, por un momento no le parecieron reales, quizás aquel espeso pelaje le recordó a los muñecos ruborizados de las atracciones navideñas.

Qué pasada.

Una postal navideña delante de sus ojos, con nieve, hielo, y aquel pelaje marrón chocolate nevado. Uno de ellos se sacudió.

Los siguió con la mirada mientras ellos continuaban su camino con la misma tranquilidad con la que habían atravesado la carretera.

No había sol, no era de día, pero la oscuridad estaba desapareciendo a una media luz, como si desde el cielo alumbrase una bombilla de luz azulada. Al menos no era penumbra. Supuso que tendría que conformarse con eso.

Pudo ver a lo lejos un monte y hasta un haz de luz amarillenta artificial. Allí tendría que estar el pueblo al fin, en la colina de un valle interminable cuyas montañas, algunas de ellas, parecían acabar en el cielo.

El autobús retomó la marcha y emprendieron una cuesta que parecía llevarlos allí arriba. Acercó el móvil a la ventana, aún podía ver a la familia de renos. Hizo una foto.

Y una vez capturada la imagen, a pesar de que pareciese cualquier ilustración de un mural navideño, era su nueva realidad.

Si no fuera por el frío que haría fuera, hasta le parecía hermosa. Una belleza helada y desconocida.

Contuvo la respiración, al menos allí con varios grados bajo cero durante todo el día, la mente ni tendría ganas de marear pensamientos que la hundían.

No sabía si era por la altura en la que estaba el pueblo, pero pareció ir haciéndose de día a medida que ascendía por la montaña. El valle era una absoluta locura blanca desde la ventana. Misma sensación, belleza helada y solitaria, y ahora el frío que transmitía pasaba a un segundo plano.

El autobús aminoró la marcha y pudo ver a través del cristal cómo la madera de un arco que estaban a punto de atravesar rompía la sensación congelada de aquel lugar solitario. Quizás porque una vez dentro, ya dejaba de ser un lugar inhóspito e inhabitado.

Más construcciones de madera, luces amarillentas y señales que indicaban a todas partes. Pudo ver en el centro de aquella parte una especie de hoguera gigante delimitada por barrotes. Debía ser artificial, le resultaba difícil de creer que se mantuviese un fuego a la intemperie allí en medio.

Las casas se abrían en calles, perfectamente ordenadas, nada que ver con lo que parecía en la distancia. Casas de no más de dos plantas, de madera y materiales oscuros, que rompían el blanco homogéneo del paisaje dando la apariencia absoluta de estar hechas de chocolate.

Aquel arco de la entrada había sido como atravesar un portal hacia un cuento donde en segundos saldría un elfo a darles la bienvenida.

Sonrió al reconocer a tía Agnes, con un abrigo grueso de un color rosa muy pálido y una capucha con un borde de pelo tan espeso y ancho, que apenas podía verle la cara.

Tía Agnes había sido la esposa del hermano favorito de su madre. Ni siquiera llevaban la misma sangre.

El autobús se detuvo y Aurora se puso en pie apresurándose a abrocharse todo lo que llevaba por dentro del abrigo, y luego a cerrar la cremallera de este, como si así pudiese prensar la ropa de dentro y que no pasase por allí ni un atisbo de aquel viento que helaba la piel.

La puerta se abrió y recibió en la cara la bienvenida de su nueva temperatura ambiente. Hizo una leve mueca.

Aquí voy a morirme.

No había mucha vuelta atrás, llegaba en uno de los últimos autobuses que circularían por allí. De hecho, ya habían tenido que desviarse a otros caminos por la imposibilidad del principal. Al menos no era un pueblo muy pequeño, se esperaba tan solo dos calles y eso le sorprendió gratamente.

Se cerró las cremalleras de los guantes y se dirigió hacia la puerta colgándose la mochila. Dudaba que su equipaje en el maletero del bus bajo los asientos, estuviese congelado.

Vio a tía Agnes sonreír. Pudo apreciar los estragos de los cinco años que hacía que no la veía, del viento y del frío invierno en su piel.

Aurora saltó los dos últimos escalones para bajar y sus botas se hundieron varios dedos en la nieve. Lo que había debajo era mullido en un primer momento, más nieve, y luego duro. Muy duro.

No tendría que haber saltado.

Sintió cómo sus plantas se endurecían, y vibraron. La apariencia de cama de algodón de la nieve del suelo, era solo eso, apariencia.

La sonrisa de tía Agnes se convirtió en una leve risa que la hizo sonreír a ella también.

—Bienvenida —le dijo con aquellas mejillas rojizas, una quemadura en ellas perpetua, supuso. Porque tía Agnes llevaba toda la vida entre hielo.

Pudo ver a los lados de su cara cómo el pelo platino ya se tornaba con reflejos más grisáceos de lo que recordaba.

—Tita. —Abrió los brazos para envolver a tía Agnes, pero con el grosor de su abrigo, más lo que llevaba debajo, era complicado mover los brazos y rodearla. Así que la apretó como pudo, comprobando que su tía llevaba la mitad de ropa que ella.

También su tía comprobaba la cantidad de ropa que llevaba metida dentro y quizás era el motivo de su sonrisa.

—Qué exagerada —le dijo Agnes apretando sus brazos—. No hace tanto frío.

El conductor llegaba hasta ellas con las maletas.

—¿Que no? No me asustes. ¿Más frío puede hacer? —Aurora cogió una de ellas y su tía una segunda.

Desconocía cómo iban a poderla hacer rodar con aquella nieve, si apenas podía levantar los pies sin hundirse.

—Los hay peores, sí. ¿Qué tal el viaje? —Pero tía Agnes sí hizo rodar la que llevaba.