Mi Amor Es De Peso 51
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Pese a la abrumadora carga que soportaba, el día de la presentación finalmente llegó.

Mentiría si dijera que el miedo no me atenazaba; dadas las circunstancias, que nada ocurriera sería un milagro.

Por ello, mi equipo y yo nos aseguramos de desplegar un operativo de seguridad exhaustivo para nuestra protección.

Todo se hallaba bajo un estricto resguardo.

El acceso era exclusivo para quienes portaran una invitación previa; cualquier persona ajena a la lista de invitados era escoltada hacia la salida de inmediato.

Los medios de comunicación también estaban bajo control, lo que permitía llevar un registro riguroso de cada asistente.

De ese modo, si algo sucedía, el sospechoso quedaría atrapado en el interior.

Tras bambalinas, el caos habitual de la moda se sentía eléctrico.

Mientras los maquilladores retocaban los últimos detalles de mi rostro, Nick permanecía a mis espaldas, coordinando al personal de seguridad mediante su auricular.

Al otro lado, Garrett y Abby revisaban la agenda, atentos a que cada pieza del engranaje estuviera lista para el inicio del desfile.

Me observé en el espejo y experimenté un orgullo genuino.

No se debía solo a los pocos kilos que logré perder, pues comprendía que mi contextura nunca sería la de una modelo extremadamente delgada.

Soy quien soy y aprendí a amarme así. El proceso de cuidar mi alimentación y realizar ejercicio por salud transformó mi mentalidad.

Mi estómago ya no dolía ni se sentía pesado; la inflamación desapareció y, al verme y sentirme bien, mi mente alcanzó una paz desconocida.

No pensaba detenerme hasta consolidar esa felicidad propia.

Mientras tanto, Louis, fiel a su estilo, reprendía a las modelos para que se vistieran con mayor celeridad. Aquel hombre era un manojo de nervios.

—¡Louis! —exclamé—. Relájate, hombre. Respira.

Él soltó un soplido exagerado, al borde del colapso.

—Ay, Colette, siento que me dará un síncope. ¿No te percatas de que todos corremos peligro?

—Bueno, ya estamos aquí. ¿Qué podemos hacer? —Arqueé una ceja con fatalismo—. El que ha de morir, morirá.

—¡Por Dios, mujer! Calla, que mi corazón no lo resistirá —dijo dramáticamente, fingiendo un desmayo.

Nick rodó los ojos, mientras Garrett y Abby compartían una risa breve.

—¿En cuánto comenzamos, Garrett? —pregunté, buscando recuperar la formalidad.

—En cinco minutos damos inicio —informó él con seguridad.

Suspiré. Los nervios estaban presentes, pero mi sonrisa era auténtica; este era mi mundo, mi pasión.

Me miré por última vez y me sentí maravillosa, como una diva dueña de sus curvas.

Lucía un vestido color vino tinto que resaltaba mi cabellera rubia.

Garrett no pudo resistirse a mis encantos, y no lo culpaba; este cuerpo no estaba al alcance de cualquiera. Me guiñé un ojo a mi propio reflejo.

—¡Aquí vamos! —anuncié, aplaudiendo para dar inicio al espectáculo.