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La policía condujo a las tres mujeres a una sala de interrogatorios. Por mi parte, me dirigí a la cafetería con mis amigos y con mi novio, pues tras nuestra confesión en el hotel, los títulos ya no eran necesarios.
—¿Sospechas que alguna de ellas intentó envenenarlo? —preguntó Nick.
—Es la duda que me carcome. ¿Dónde estaban ellas cuando ocurrió? La enfermera confirmó que fue un empleado quien lo auxilió —respondí.
—Tengo entendido que tu padre posee una parte de tu empresa, ¿no es así? —recordó Garrett.
—Sí. Pero debido a su matrimonio y la adopción de mis hermanastras, si él fallece, su parte se divide entre ellas y yo, que soy su única hija biológica.
—¿Y no se supone que está en la quiebra? —intervino Abby.
—La que genera los ingresos mediante la empresa soy yo.
Todo lo que gano acaba beneficiándolo a él de alguna forma.
En teoría, trabajo para mantener su estilo de vida —expliqué—.
Mientras no me ceda su parte, sigo atada.
La propiedad intelectual era de mi madre; ella usó el apellido de él solo por una cuestión de elegancia comercial.
—Entonces la empresa les pertenecía a ambos y, al morir ella, te cedió su cincuenta por ciento. Dudo que él te entregue el resto, se nota que está bajo la influencia de su esposa —añadió Nick—. ¿Crees que ella llegó al extremo del envenenamiento?
—Bajo contrato, cada uno tiene su porcentaje, pero él jamás quiso cederlo totalmente a pesar de que yo realizo el trabajo completo. No sé si esto se vincula con las amenazas que he recibido, pero ella es la única beneficiaria directa de su muerte.
El médico a cargo apareció en la cafetería y me llamó. Los cuatro nos pusimos en pie y nos acercamos a él.
—Doctor Hamilton, a sus órdenes —se presentó.
—Buenas tardes, doctor. ¿Hay noticias?
—Debo informarles que su padre está estable, aunque permanece delicado e inconsciente debido a los fármacos.
—¿Lograron determinar cómo fue envenenado?
—Señorita Colette, ¿usted reside con él?
—No, ¿por qué lo pregunta?
—Al principio creímos que la sustancia estaba en la comida, ya que su esposa declaró que pidieron alimentos a domicilio. Sin embargo, el análisis reveló algo distinto.
—¿Lograron hallarlo?
—Sí. Su esposa aseguró que le compró un perfume como obsequio antes de una presentación. Al probarlo, minutos más tarde, se desplomó envenenado. ¿Tiene alguna idea de qué puede estar sucediendo?
Miré a los chicos y supe que compartíamos el mismo pensamiento. El perfume. El sello del acosador.
—Creo que tengo una respuesta —afirmé.
—Acompáñeme para hablar con los investigadores —indicó el doctor.
Durante mi declaración, relaté a los oficiales el acoso que había sufrido.
La policía procedió a incautar el frasco de inmediato.
No obstante, una duda persistía en mi mente: ¿Por qué su mujer encargó precisamente ese perfume?
¿Podía ser una coincidencia tan macabra?
Aquella mujer debía estar involucrada. Las incógnitas se acumulaban, pero sentía que, por fin, la verdad estaba al alcance de mi mano.