Mi Amor Es De Peso 52
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Me detuve en el umbral de la pasarela. El auditorio estaba sumido en la penumbra, salvo por una tenue luz azul que recorría las filas de los asistentes. En la pantalla gigante, mi apellido resaltaba con fuerza: “Van Maarsen”.

Louis marcó el compás y la música de modelaje comenzó a sonar. El ritmo de la melodía aceleró los latidos de mi corazón y la adrenalina se apoderó de mis sentidos. El espíritu de la moda estaba presente en cada fibra de mi ser.

—Uno, dos, tres y cuatro —contó Louis en un susurro.

Salí a la pista. Llevaba el conteo en mi mente, traduciendo el ritmo en pasos firmes y estilizados.

Las luces se encendieron y el foco me envolvió por completo.

«Que nunca te falte actitud», solía decir mi madre.

El locutor anunció mi nombre como directora y diseñadora de la firma Van Maarsen, dando inicio a la colección de otoño e invierno.

La pasarela me pareció eterna, pero mi desplante fue el de una reina.

Mi cuerpo no define la clase de mujer que soy en un mundo que suele dejarse llevar por las apariencias.

Al finalizar el recorrido, Garrett se puso en pie para ayudarme a bajar los escalones.

De forma inesperada, me besó en los labios; los flashes de las cámaras estallaron a nuestro alrededor.

Me sentí abrumada por la exposición, pero profundamente cautivada por su gesto.

Nos sentamos y el desfile continuó con las modelos presentando la línea de ropa.

A medida que avanzaba el evento, observé los alrededores.

Divisé a muchas personas conocidas, pero mi mirada se detuvo en mi madrastra y sus hijas, quienes siempre parecían fuera de lugar en mis eventos.

Pensé en mi padre y en su delicado estado de salud.

De pronto, mientras supervisaba que todo fluyera correctamente, noté que un hombre vestido de negro se cruzó frente a la esposa de mi padre.

Llevaba la vestimenta característica de mi acosador.

La presentación estaba por concluir y deseaba que fuera perfecta, por lo que no podía gritar ni interrumpir el acto ante una sospecha.

Garrett acarició mi mano para atraer mi atención. Lo miré apenas un instante, pero cuando volví la vista hacia el lugar donde estaba mi madrastra, ella y el hombre habían desaparecido.

—Garrett —susurré con urgencia—. ¿Notaste que vino la bruja?

—Sí, lamentablemente estaba en la lista.

—Es que acaba de marcharse con un tipo muy extraño.

—¿Cómo dices?

De forma repentina, las luces y la música se apagaron, sumiendo al auditorio en una oscuridad total. Una luz intensa proyectó en la pantalla gigante ese sello que tanto habíamos evitado: el envase del perfume. En ese momento, sentí que todo mi mundo se desmoronaba.