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—Eres mi todo.
¿Había escuchado bien? Una sonrisa se asomó a mis labios; una expresión entre la estupefacción y la desconfianza.
—¿Qué? —fue lo único que logré articular.
—¿Qué de qué? ¿Acaso pretendes que te lo demuestre ahora mismo? No tendría el menor inconveniente en hacerlo para que te quede claro lo que siento por ti.
Sentí que el mundo giraba.
—Garrett…
—No pronuncies mi nombre de esa forma, Colette, o no responderé de mis actos.
—Ya cállate, Garr… eh, tú —solté una risa seca, intentando disipar la tensión—. ¿Crees que soy una mujer fácil?
—En absoluto.
—¿Entonces? Si pretendes declararte así, rodeado de esa aura de sensualidad que emanas ahora mismo… —Indiqué su cuerpo con un gesto, pues aún me mantenía sujeta por las muñecas—. Pues la respuesta es no.
—Cuanto más difícil sea el desafío, mejor —respondió él, encogiéndose de hombros con una seguridad que me desarmaba.
—¿De verdad no estás ebrio?
—Que no, Colette. No desvíes el tema.
—¿Podemos hablar con seriedad? Se supone que a eso vine.
—¿Acaso tengo aspecto de estar bromeando? En ningún momento he usado un tono jocoso contigo.
Tiré de mis manos en un intento de liberarme.
Garrett cedió y me soltó, situándose a mi lado.
No negaré que sentí una punzada de rabia conmigo misma por dar tantos rodeos, pero él debía comprender que aquella situación me resultaba ajena.
No podía claudicar con ligereza; después de todo, si algo salía mal, la única damnificada sería yo.
Tantos años de amor silencioso no se borraban con una propuesta directa, por mucho que mis hormonas estuvieran revolucionadas.
—Eres distinta, Colette. Posees una locura racional que te impide cometer imprudencias sin antes analizarlas mil veces. Yo soy el polo opuesto a esa estructura.
—Y yo envidio tu impulsividad. Desearía dejar de pensar tanto antes de actuar —me quejé con frustración.
Garrett negó con la cabeza y soltó una risa breve. Aproveché el momento para servirme un poco más de whisky.
—¿Por qué ahora? —le cuestioné—. ¿Te percatas de que mi declaración ocurrió hace muchos años?
—Porque soy un idiota y el temor a perderte me golpeó de frente cuando te vi con Nick.
—Además de impulsivo, eres sincero. No albergo dudas sobre mis sentimientos, pero me aterra que esto destruya nuestra amistad.
—Lo sé, también fue mi mayor temor —admitió él, acortando la distancia para mirarme con fijeza—.
No deseo ser egoísta porque mereces la felicidad, pero creo con firmeza que te conozco mejor que nadie.
Para formar una pareja sólida, primero hay que ser grandes amigos.
Conozco tus gustos, tus miedos y lo que te indigna.
Sé cuál es tu comida predilecta y qué cosas te hacen llorar.
Conozco tus fechas importantes y lo difícil que ha sido tu vida sin tu madre.
Te conozco tanto que incluso sé que sufres porque Nick te instó a seguir una dieta.
Eres perfecta tal cual eres; él no tiene derecho a exigirte nada.
Me quedé perpleja. Hasta ese instante no fui consciente de las sutiles manipulaciones de Nick. Quizá sus intenciones eran buenas, pero yo me engañaba a mí misma para complacerlo, confundiendo la gratitud con el afecto.
Apuré el contenido del vaso y, por primera vez, mandé la racionalidad al olvido.
Lo aferré por la solapa de la camisa con ambas manos y lo besé.
Fue un impulso de «ahora o nunca». Garrett correspondió de inmediato; sus labios poseían una urgencia de la que no deseaba escapar.
Aquel contacto liberó el deseo contenido y el silencio de años, transformándolo en un beso apasionado que encendió un fuego oculto en mi interior.
Sin embargo, quise dejarlo con ansias de más. Me detuve con lentitud y retrocedí.
—¿A dónde vas? —susurró él, con la respiración agitada.
—A mi habitación —respondí, intentando recuperar el aliento.
—Entonces voy contigo.
—Garrett…
—Me llamas así y pierdo la resistencia.
Me rodeó la cintura y me empujó con suavidad hacia el sofá. Caí sobre él y un pequeño grito de sorpresa escapó de mi garganta.
—Además de todo, soy obstinado. De aquí no te marchas.
No hubo música ni pensamientos intrusivos que cruzaran mi mente; solo una certeza absoluta.
No existía escapatoria entre los brazos de Garrett.
Sus besos me arrastraron a perder la escasa conciencia que me restaba.
Hablaba en serio, más que nunca. Me poseyó de una forma delirante y ferviente; nos pertenecimos hasta sentir que la piel se fundía en un éxtasis compartido.